PARA PENSAR EL DOMINGO:
UNA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DOMINICAL
 
 
EVANGELIOS DEL CICLO LITÚRGICO A

 

1° Domingo de Adviento: Jesús pide lucidez ante la crisis del Reino
2° Domingo de Adviento: Dios habla en el desierto
3° Domingo de Adviento: «¿Qué salisteis a ver en el desierto?»
4° Domingo de Adviento: Una situación alternativa de honor
La Sagrada Familia: La familia de Jesús: familia de Dios
La Epifanía del Señor: Jesús de Nazaret: por encima del poder
El Bautismo del Señor: En su bautismo, Jesús recibe el aval de Dios
2° Domingo Ordinario: Jesús de Nazaret: desafío de Dios al poder
3° Domingo Ordinario: Una ciudad y una casa para el Reino de Dios
4° Domingo Ordinario: ¿Pobres de espíritu?
1° Domingo de Cuaresma: Fiel a sí mismo, fiel a Dios
2° Domingo de Cuaresma: «...y no vieron a nadie más que a Jesús solo»
3° Domingo de Cuaresma: «...se sorprendían de que hablara con una mujer»
4° Domingo de Cuaresma: Incluido en la luz de Jesucristo
5° Domingo de Cuaresma: Jesús de Nazaret frente a la muerte
Domingo de la Pasión del Señor: En Jesús de Nazaret, Dios desafía al poder
Jueves Santo: «Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!»
Viernes Santo: «...lo entregó para que fuera crucificado»
Domingo de la Resurrección del Señor: Dios como garante de la praxis de Jesús
2° Domingo de Pascua: El Espíritu de Jesús en sus discípulos
3° Domingo de Pascua: Jesús se hace presente en la mesa cotidiana
4° Domingo de Pascua: El pastor, el portero y el ladrón
5° Domingo de Pascua: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias»
6° Domingo de Pascua: Jesús con los suyos por la causa de Dios
La Ascensión del Señor: «Os conviene que yo me vaya...»
Domingo de Pentecostés: El Espíritu sopla donde quiere...
La Santísima Trinidad: Cuando Jesús habla de Dios...
8° Domingo Ordinario: Algunas recomendaciones de Jesús a los discípulos
9° Domingo Ordinario: El cimiento necesario del discípulo de Jesús
10° Domingo Ordinario: La comensalidad: fuente del perdón de Dios
11° Domingo Ordinario: "Vejados y abatidos como ovejas sin pastor"
12° Domingo Ordinario: Bajo la protección ilimitada de Dios
San Pedro y San Pablo: Pedro desde la mirada de Pablo
14° Domingo Ordinario: «Porque mi yugo es suave y mi carga ligera»
15° Domingo Ordinario: La tierra buena
16° Domingo Ordinario: Hablar de Dios como de una mujer...
17° Domingo Ordinario: Como un tesoro, como una perla...
18° Domingo Ordinario: El pan del reino de Dios
19° Domingo Ordinario: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis!»
20° Domingo Ordinario: Jesús defiende su identidad galilea
21° Domingo Ordinario: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»
22° Domingo Ordinario: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero?»
23° Domingo Ordinario: La justicia fraterna que Jesús propone
24° Domingo Ordinario: La dimensión y el significado del perdón de Dios
25° Domingo Ordinario: La insoportable justicia de Dios
26° Domingo Ordinario: ¿Quién cumple la voluntad de Dios?
27° Domingo Ordinario: Jesús rechaza la idea de Dios de la religión oficial
28° Domingo Ordinario: No ha de haber lugar vacío en la mesa del Padre
Domund: «Como el Padre me envió, también yo os envío»
30° Domingo Ordinario: Lo que Dios quiere
Los Fieles Difuntos: ¡Dame un lugar entre tus ovejas!
Dedicación de la Basílica de Letrán: Jesús y el Templo de Jerusalén
33° Domingo Ordinario: «A todo el que tiene se le dará y le sobrará...»
Jesucristo, Rey del Universo: La manera de reinar de Jesucristo
 

 

 
 
 
Jesús pide lucidez ante la crisis del Reino
 
1° Domingo de Adviento
2 de diciembre de 2007
 
Mt 24,37-44
«Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
 
 
Como parte de la extensa composición del evangelio de Mateo —capítulos 24 y 25— que ha venido a conocerse como “Discurso escatológico”, el texto que me ocupa, a partir de una comparación y una parábola breve, insiste en una tema que, sin duda, hubo de preocupar históricamente a Jesús de Nazaret en relación con sus discípulos: el estado de alerta, la atención, la lucidez pues, o como el mismo texto dice, el velar. Del latín vigilare, velar habla de hacer centinela o guardia por la noche, observar atentamente algo, estar sin dormir el tiempo destinado de ordinario para el sueño, continuar trabajando después de la jornada ordinaria, y más. Pero, ¿velar con relación a qué? ¿Hacia dónde dirigir la atención? ¿Qué situación exige, a juicio del Maestro Galileo, un esfuerzo extraordinario de lucidez por parte de sus discípulos?
 
La lectura tradicional del texto mencionado arriba, ha entendido que se refiera a la segunda venida de Jesús de Nazaret en gloria, esto es, a la parusía, término que significa presencia, venida, llegada y, aunque originalmente tiene un contenido político-religioso, su utilización en algunas líneas teológicas del Nuevo Testamento tiene la connotación ya mencionada: el regreso de Jesucristo como Señor para consumar la historia (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 1999). Vale, con todo, intentar una aproximación a los intereses del Jesús histórico en relación con la escatología, esto es, en relación con lo que se refiere a la dimensión definitiva, total y absoluta de la presencia de Dios en la historia del hombre, o a lo que él mismo llama el Reino de Dios. Y es que, si bien es verdad que el Maestro Galileo propone un horizonte metahistórico del Reino —«Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3—, no es menos cierto que los Evangelios dan cuenta de la dimensión presente del Reino de Dios en la praxis de Jesús: «La venida del Reino de Dios no se producirá aparatosamente, ni se dirá: ‘Vedlo aquí o allá’, porque, mirad, el Reino de Dios ya está entre vosotros» y «Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (cf. Lc 17,20-21 y 11,20).
 
Esta dimensión presente del Reino —tal y como la plantea Charles H. Dodd (Las Parábolas del Reino, Madrid 2001) con el concepto de “escatología realizada”— que no niega su dimensión atemporal, intenta remitir a la experiencia inmediata de Jesús y, correlativamente, puede sugerir una perspectiva harto estimulante para la praxis cristiana en el aquí y en el ahora. Así pues y en este sentido de escatología realizada, la exigencia de velar —o, lo que es lo mismo, de asumir una actitud de lucidez extrema— del Maestro Galileo a los suyos habrá que entenderla como la disposición de ánimo de alerta, de atención ante la crisis desatada a partir de la presencia del Reino en el mismo Jesús de Nazaret y en su praxis.
 
Y es que, dado que de los Evangelios puede inferirse que Jesús de Nazaret percibe su praxis por el Reino como la crisis suprema de la historia —entendiendo por crisis no únicamente una situación dificultosa y complicada que conlleva cambios bruscos, sino, más etimológicamente, un momento de discernimiento o juicio— las consecuencias no habrían de resultar nada cómodas tanto para el propio Jesús como para los suyos. Y es que Jesús, al proponer la presencia del Padre en la historia como el factor decisivo que ha de llevar la Creación a su plenitud en términos de justicia y fraternidad igualitaria, tocó, así fuera involuntaria pero necesariamente, los intereses de sus adversarios, y pudo esperar, dentro de toda lógica, una reacción violenta. Si se añade que la crisis provocada por Jesús no se da en un momento preciso, sino en un proceso que va llevando a quien está frente a él a definirse en torno a su persona y a su Evangelio, se entiende la pertinencia de llamar a sus discípulos a un estado permanente de vigilia: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Y el día llegó, sin duda, al cumplirse las previsiones de Jesús de Nazaret en cuanto a su persecución: cuando las autoridades de Jerusalén atacan a Jesús, los suyos no están preparados a pesar de que, incluso en el último momento, el Maestro insiste en la actitud de vigilancia ante la desgracia inminente: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo […] ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (cf. Mt 26,36-46).
 
La pertinencia del llamado de Jesús a la atención, a la lucidez ha conservado su vigencia a lo largo de la historia. Y es que los intentos de los discípulos de Jesús de continuar con la causa del Reino, en tanto que hayan sido honestos y coherentes con el Maestro Galileo, han provocado siempre —y habrán de seguir provocando— una crisis en tanto que, de por sí, el establishment de cada momento histórico habrá de ser puesto en cuestión. Y es que una de las necesidades constantes de los grupos que dominan y controlan el nervio económico del tejido social, es el embrutecimiento de las mayorías: el entorpecimiento de la razón acaba invadiendo hasta las esferas más íntimas de la cotidianidad. Es, justamente, a esto a lo que Jesús alude con la referencia a los tiempos de Noé con que inicia el texto en cuestión: lugar privilegiado por Dios para ser encontrado por el hombre, la cotidianidad corre el peligro de convertirse en un espacio de hastío y vacuidad.
 
En relación con lo anterior, viene a la mente el viejo recuerdo de una aseveración de Harvey Cox (El cristiano como rebelde, Madrid 1968): el cristiano se define por estar atento a dónde se da la acción del Espíritu de Jesucristo —que viene siempre, inesperado como un ladrón— para correr y apoyar su acción. En este sentido, la lucidez derivada del Evangelio —ese velar continuo que Jesús exige a sus discípulos— habrá de ser elemento de humanización en tanto que pone al hombre atento a la presencia de Dios en su historia, esto es, a todo lo que, aun a riesgo de poner en crisis el establishment, acabe siendo causa del bienestar y la dignidad humanos.

 
Dios habla en el desierto
 
2° Domingo de Adviento
9 de diciembre de 2007
 
Mt 3,1-12
Por aquellos días se presenta Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.» Este es de quien habló el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.
Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Pero viendo venir muchos fariseos y saduceos a su  bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión,  y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abrahán’; porque os digo que puede Dios de estas piedras suscitar hijos a Abrahán. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua en señal de conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará con  Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»
 
 
Hubo, sin duda, de suscitar diversas reacciones en el pueblo del Israel del siglo I ese presentarse de Juan el Bautista en el desierto de Judea. Y es que tuvo que haber sido identificado por sus contemporáneos como, ni más ni menos, un profeta, justo cuando el profetismo ha sido como silenciado, aunque nunca cabalmente acabado. En efecto, a la vuelta del destierro (537 a.C.) el profetismo resulta como asfixiado en su dimensión critica por el surgimiento del Templo y de la Ley como las instituciones de referencia teológica absolutas. Y es que a partir de un proceso de clericalización, son los sacerdotes del templo de Jerusalén quienes marcan la pauta para la lectura y la interpretación de la Ley, junto con los escribas —o doctores de la Ley—. Y aunque los primeros proceden de la aristocracia de Jerusalén y pertenecen al partido de los saduceos, y los segundos, miembros en su mayoría del partido de los fariseos y de extracción popular y, por consiguiente, más cercanos al pueblo llano, comparten todos entre sí una idea institucional y rígida de Dios que, como consecuencia, privilegia lo religioso formal tanto en el ámbito del culto como de la vida cotidiana (cf. H. Küng, El judaísmo, Madrid 1993).
 
Juan es, en efecto y dentro de la más pura tradición teológica de Israel, todo un profeta. Y es que en el Israel del Antiguo Testamento el profetismo alcanza su expresión más compleja, a diferencia de videntes, adivinos, augures y más históricamente consignados en la cultura grecorromana. Así y dejando de lado algunos antecedentes —profetas extáticos (1 Sam 10,5ss), profetas cúlticos (1 Re 1,8), y profetas monásticos (2 Re 2,3ss)— la irrupción del profetismo clásico, en el sentido más estructurado y propio, es paralela a la erección de la monarquía: «Y todos los profetas que desde Samuel y sus sucesores han hablado, anunciaron también estos días» (Hch 3,24). Efectivamente, Samuel media entre Yahvé y el pueblo para constituir un rey en Israel al tiempo que queda como la voz que critica al monarca (cf. 1 Sam), asentando así lo que habrán de ser las características propias del profetismo israelita: la crítica, en nombre de Yahvé, de la institución monárquica y, posteriormente, de la institución del Templo —de los poderes institucionales, pues, que operan en cualquier ámbito de la sociedad—, y la lectura teológica de la historia, esto es, el análisis del presente y la proyección —más que anuncio o vaticinio— del futuro (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 1999).
 
Y si bien Marcos y, correlativamente, Mateo según el texto que me ocupa, recuerdan algunos rasgos personales tales como la indumentaria y el tipo de alimentación como para subrayar el carácter de profeta del Bautista, los cuatro evangelios son unánimes al situar la predicación de Juan en el desierto, dato que por sí mismos remite a la calidad profética de Juan. En cuanto al lugar, Juan grita su mensaje en un cruce de caminos (Jn 1,28) donde se atraviesa el río Jordán en balsas, barcos o vados, y es ruta practicada tanto por los judíos que, desde el norte, suben a Jerusalén, como por las caravanas comerciales que, con el mismo destino, vienen de Oriente. Así, en este sitio particularmente transitado, la predicación de Juan, no solamente resuena en los oídos de quienes por allí pasan, sino que los viandantes llevan como noticia lo escuchado y lo visto (así H. Stegemann, Los esenios, Qumrán, Juan Bautista y Jesús, Madrid 1996).
 
En relación con su predicación, si bien Juan reprende al pueblo con dureza, a las autoridades las fustiga sin ahorrar crítica. En efecto, aunque ofrece su mensaje y su bautismo a cuanto israelita le escuche y le acepte como heraldo del tiempo nuevo, los fariseos y los saduceos —no tanto por las similitudes entre ellos, que no las hay, sino por su calidad de jefes de facto del pueblo— son víctimas de sus invectivas: camada de serpientes —bastardos de víboras, en el sentido más literal del texto— hubo de sonar como una insulto muy grave en el contexto de una sociedad en la que la posición social y el honor que la acompaña, recibidos por origen o adquiridos, son un bien intocable en tanto que decisivos para cualquier relación (así B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996). Y es que fariseos y saduceos resultan, precisamente, el prototipo de quien asienta en su relación con Dios su identidad: una identidad recibida que no es consecuencia de praxis alguna sino de un estatus ferozmente defendido por los privilegios que conlleva.
 
Pero no para ahí: el Bautista censura abiertamente a la autoridad política de Galilea. Y si bien es cierto que los testimonios de Marcos y Mateo se refieren únicamente al asunto marital de Herodes Antipas (cf. Mc 6,17-29; Mt 14,3-12), la crítica de Juan hubo de ir más allá. Flavio Josefo (Antigüedades Judías, XVII, 116-119, Madrid 1997) relata que: “…Juan, de sobrenombre Bautista, a quien efectivamente había matado Herodes, a pesar de que Juan era un hombre bueno […] Y como el resto de las gentes se unieran a él (pues sentían un placer exultante al escuchar sus palabras), Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara un levantamiento popular (puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía), optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera  una rebelión…”.
 
La memoria de Juan el Bautista es desafiante hoy como lo fuese en su momento histórico. Y no sólo por su dimensión profetico-crítica en relación con las instancias constituidas de autoridad, porque de criticar, cualquiera critica: el Bautista desafía por su pasión por el Reino de Dios tal como él mismo lo percibiera y por su desprecio al poder concentrado en cuanto oposición a Dios: pasión y desprecio llevadas a la última consecuencia, a la misma muerte. Además, el Bautista recupera el desierto como lugar teológico donde la voz de Dios resuena con toda su potencia; donde la voz de Dios no acaba ahogada por las muchas, muchísimas voces que reclaman la atención del hombre para servir a los intereses del poder, del dinero y del prestigio. Queda entonces, junto al recuerdo de Juan, el desierto como un espacio alternativo necesario para la experiencia cristiana: no es casual que el mismo Jesús de Nazaret, luego de recibir el bautismo de Juan, viviera una experiencia de desierto. Aceptando el desafío del Bautista, ¿sabremos los discípulos de Jesús construir, justo dentro del medio urbano, genuinos espacios de desierto, esto es, espacios incontaminados por el escándalo que necesita para existir la dinámica del consumo? ¿O habremos de agacharnos y ceder hasta el último rincón de la intimidad al imperio de la economía?

 
«¿Qué salisteis a ver en el desierto?»
 
3° Domingo de Adviento
15 de diciembre de 2007
 
Mt 11,2-11
Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»
Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante  de ti.
«En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él».
 
 
“Herodes, el tetrarca, reprendido por él por el asunto de Herodías, la mujer de su hermano, y por todas las malas acciones que había hecho, añadió a todas ellas la de encerrar a Juan en la cárcel”. Así sintetiza Lucas (3,19) lo que fuera el final del Bautista, y Flavio Josefo, por su parte, luego de dar cuenta de los temores de Herodes en relación con una revuelta política, apunta: “Entonces Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella”. (Antigüedades Judías, XVII,119). Es más que plausible —dado el temple de Juan que tanto los Evangelios como Josefo refieren— suponer que la preocupación final del Bautista no fuese tanto la suerte que habría de correr él mismo, cuanto el futuro por el que apostara y anunciara con, además, la convicción absoluta no sólo de su inminencia sino también del juicio radical que con él vendría y que habría de cumplir un otro, alguien que no es él mismo, un enviado de Dios que ¿podría ser Jesús de Nazaret? ¿Aquél galileo que aceptara su bautismo y que, luego que viniese a resultar preso, continuase el anuncio del reino de Dios? Y es que, como bien atestigua Marcos: “Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba  la Buena Nueva de Dios: «El tiempo  se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»” (Mc 1,14-15).
 
La duda del Bautista resulta más que fundada: de un aparte, hay, sin duda, una continuidad entre la actividad de predicación de Juan y aquélla de Jesús de Nazaret, aunque de otra parte si bien hay entre el Bautista y el Maestro Galileo una misma y única pasión por el futuro de Dios en la historia de los hombres, la idea de Dios de Juan y de Jesús de Nazaret es harto diferente, más aún, contrapuesta en más de un aspecto.
 
En efecto, la idea de Dios del Bautista recoge y sintetiza varías líneas teológicas del Antiguo Testamento forjadas en el contexto del desierto de la Judea del siglo I: aunque tanto la tradición sinóptica como aquélla del cuarto Evangelio son extremadamente parcas en información en relación con el Bautista, coinciden en relacionar a Juan, justamente, con el desierto (Lc 1,80). Así y sin desechar la posible relación del Bautista con el pensamiento esenio de Qumrán, vale recordar que, para entonces, el desierto cercano a Judea es lugar de varios movimientos de índole penitencial, en los que Juan pudo encontrar elementos teológicos para entenderse a sí mismo como profeta y testigo del cambio radical que viene de Dios (cf. E. Schillebeeckx, Jesús. Historia de un viviente, Madrid 1981).
 
Es así como Juan genera una doctrina propia: el juicio al que Israel será sometido para una purificación escatológica, esto es, para una discriminación última y total entre quienes se han mantenido fieles a Yahvé y aquellos que han abandonado las prácticas derivadas de la Alianza y que, además, se han instalado en la mera identidad de hijos de Abraham. Con todo, la amenaza del juicio puede conjurarse mediante la conversión —metánoia— y la práctica de la justicia.
 
En continuidad, Juan propone una ética consecuente con la idea de Dios que predica(cf. Lc 3,10-17). Así, la  primera propuesta de Juan a la gente aborda la cuestión social en términos de justicia subsidiaria y equitativa: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo». En la segunda sugerencia dada a los publicanos, esto es, a los representantes más conspicuos del sistema económico del mundo mediterráneo del siglo I, ocupado y dominado por el Imperio romano, el Bautista toca la economía: «No exijáis más de lo que os está fijado». Finalmente, la tercera propuesta del Precursor se dirige a unos soldados, o sea, a los agentes inmediatos del orden político, remitiéndose, en síntesis, al pensamiento del Antiguo Testamento que quiere que no haya ningún pobre en Israel (Ex 14,4), sí, pero que propone la obediencia y la sustentación del Rey a quien entiende como un caudillo militar que gobierna y hace la guerra en nombre de Yahvé (cf. 1 y 2 Sam).
 
El contraste con la idea de Dios de Jesús resulta más que palmario en tanto que el Maestro Galileo, en el ámbito del Reino de Dios, quiere, en la esfera social, que: «al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto», en una sugerencia de radicalidad que rebasa la subsidiaridad con la exigencia de la igualdad; en el ámbito económico, el rechazo de supeditación alguna cuando, mirando una moneda del tributo, ordena que: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios.» (Mc 12,17); y en la dimensión política, la renuncia a la violencia como condición de la fraternidad: «Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra.» (Mt 5,39), y «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán.» (Mt 26,52).
 
Con todo y según el texto que me ocupa, Jesús no escatima palabras de elogio a quien él mismo considera como precursor suyo, elogio que, por cierto y con la muy fina ironía propia del Maestro Galileo, conlleva una crítica mordaz en relación con el Tetrarca —rey vasallo de Roma— que tiene preso al Bautista. Y es que Herodes al acuñar monedas de su “reino” usa, en lugar de su efigie que hubiese ofendido la ya lastimada sensibilidad judía, una caña como insignia, de lo que Jesús se vale llamándole “caña agitada por el viento” dada la actitud acomodaticia del gobernante en cuestión respecto a sus amos de Roma. En cuanto a los que visten elegantemente y están en los palacios de los reyes, nada hay que decir dadas las costumbres pro romanas del Tetrarca (cf. G. Theissen, Colorido local y contexto histórico en los evangelios, Salamanca 1997). Sin embargo, el Maestro Galileo acaba dejando más que claro que la idea de Dios que él propone va muy por encima de aquélla del Bautista: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él».
 
Con esto Jesús de Nazaret hace una distinción más que pertinente entre su idea de Dios y cualquier ideología o mistificación vengan de quien vengan: aún de quienes, como el Bautista, su honestidad y congruencia ética, y su virtud personal estén fuera de duda. Es, pues, la idea de Dios de Jesús conservada en los Evangelios la que ha de prevalecer siempre y por encima de cualquier tradición, más aún, por encima de cualquier devoción así venga a ser ésta difundida y practicada por algunos de los discípulos del Maestro Galileo más significados social y/o eclesiásticamente. De este modo, como la pasión del Bautista por la causa de Dios merece el respeto de Jesús, las tradiciones piadosas generadas a lo largo de la historia de la Iglesia habrán de merecer, también, respeto en tanto que no pretendan sustituir, así fuera implícitamente, la idea de Dios que conviene a su Reino y que se conserva en el Evangelio de Jesucristo.
 
Una situación alternativa del honor
 
4° Domingo de Adviento
23 de diciembre de 2007
 
Mt 1,18-25
El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel,
que traducido significa: «Dios con nosotros».
Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.
 
 
En la antigüedad la infancia en sí misma es un período irrelevante, más todavía —particularmente en la Palestina del siglo I, culturalmente dominada por la imagen del varón— si se trata de una mujer. De ahí que el relato de la infancia de un varón venga a ser como una memoria redactada a posteriori sólo y únicamente en el caso de que haya tenido en su adultez algún peso social: entonces se recurre a estereotipos culturales para, por así decirlo, armar el recuerdo del niño en cuestión. Lo anterior es una premisa básica para la lectura de los relatos de la infancia de Jesús de Nazaret tal como vienen conservados en los evangelios de Lucas y Mateo; en este sentido, resulta harto indicativo que el evangelio de Marcos, no sólo el texto más antiguo de los cuatro sino el origen de lo que puede llamarse literariamente “género evangelio”, ignore o pase por alto tanto las circunstancias como los detalles del nacimiento y de la infancia de Jesús (cf. B. J. Malina, El mundo social de Jesús y los evangelios, Santander 2002).
 
Indicativo también en relación con lo arriba apuntado viene a ser el tratamiento que el cuarto evangelio da al origen de Jesús: en una tesitura totalmente diferente a los sinópticos, Juan llega en el prólogo de su evangelio a lo que puede considerarse la síntesis teológica más profunda del origen de Jesucristo. Vale mencionar que posteriormente —alrededor del siglo II d.C.— la piedad cristiana de algunos segmentos de la Iglesia intenta llenar lo que vino a considerar como un vacío en relación con la memoria de la infancia de Jesús de Nazaret con relatos por demás fantasiosos —aunque muy propios de entonces— conservados en los evangelios apócrifos, mismos que, con un sentido totalmente acrítico, nutren hasta ahora una especie de cristología más que popular, infantiloide y sentimental.
 
Con todo, los relatos de la infancia conservados en Lucas y Mateo no carecen, en modo alguno, de calidad teológica aún con sus diferencias palmarias. Y es que, mientras Lucas carga el acento del origen y la infancia de Jesús en María —quizá por su interés en acentuar la relevancia de la mujer en la praxis del Reino de Dios—, Mateo hace girar en torno a José, al varón pues, cuanto rodea al nacimiento y a los recuerdos primeros de Jesús —tal vez por el medio judío en el que surge este evangelio— tal y como se advierte en el texto que me ocupa. De este modo, si Lucas recuerda un diálogo entre Dios y María como lo decisivo en relación con el nacimiento del Mesías, Mateo propone que la aceptación por parte de José del embarazo de su ya esposa abre la presencia plena del Emmanuel en la historia del hombre.
 
La responsabilidad de José —y la importancia del rol que acaba aceptando— en relación con el nacimiento de Jesús se destaca de manera harto sugerente al contextuar los datos de Mateo en el horizonte del código honor-vergüenza que rige las sociedades mediterráneas del siglo I. Y es que en los esponsales de la Palestina del siglo I se juega, como en pocas situaciones, el honor y la vergüenza tanto de los cónyuges como de sus respectivas familias. En efecto, es entre dos familias extensas donde comienza el proceso de matrimonio que va de la promesa al desposorio y que parte de lo que se considera un desafío ritual positivo consistente en regalos de parte del padre del futuro novio a la familia de la futura novia. La familia de la novia responde al desafío con el don de la hija pretendida (cf. B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Ahora bien, vale insistir que, puesto que una vez que comienza el proceso de los esponsales entra en juego el honor de las familias involucradas, si llegase a disolverse el contrato la vergüenza acabaría cayendo, no sólo sobre la parte culpable de la ruptura, sino sobre toda la familia de quien fuese responsable. Dado lo anterior, se echa de ver la dimensión del problema que enfrenta José cuando encuentra a su esposa encinta: no cabe duda que, en este caso, la vergüenza acabaría cayendo sobre María y a su familia si José actúa como la Ley le exige. Y la Ley en esta cuestión es así clara: “Si un hombre se casa con una mujer y se llega a ella, pero luego le cobra aversión, le atribuye acciones torpes y la difama públicamente diciendo: «Me he casado con esta mujer y me he llegado a ella, pero no la he encontrado virgen,» […] si no aparecen en la joven las pruebas de la virginidad, sacarán a la joven a la puerta de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, porque ha cometido una infamia en Israel prostituyéndose en casa de su padre. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti” (Dt 22,13-21). Y, si como dice el texto en cuestión, José es un hombre justo, está constreñido a cumplir la Ley.
 
Aunque la lapidación no suele practicarse entonces, José, en una negativa franca al cumplimiento literal de la Ley, intenta una otra salida para librar a María de la situación de vergüenza trágica que le espera. La solución resulta un tanto complicada, pero factible: repudiar a su esposa en secreto no supone huir de Nazaret ya que esto no hubiera sino aumentado el deshonor de María. Por otro lado, el repudio, esto es, el divorcio consiste en entregar un libelo ante dos testigos, asunto que, por cierto, no tiene nada de secreto. Así pues y como opina Raymond E. Brown (El nacimiento del Mesías, Madrid 1982) es muy probable que, siguiendo las enseñanzas de rabí Hillel —cuya interpretación de la Ley era amplia y contraria al rigorismo de su contemporáneo Shammai— José adujese como causa de divorcio algunas razones que no implicasen un juicio a su esposa, y aunque no la librasen totalmente de la vergüenza, ésta resultase menor. De lo contario, de permanecer en silencio, hubiese sido el propio José quien, perdiendo todo honor, cargara una situación de vergüenza verdaderamente insoportable para un israelita que tuviese un mínimo de respeto por sí mismo.
 
La tensión del relato se resuelve cuando el mismo Dios revela a José que es él, por así decir, el culpable del conflicto. Y, no limitándose a informar al marido de la inocencia de su esposa, lo invita a entrar a una dimensión de honor que rebasa con mucho el honor conferido por el mecanismo socioeconómico cuando pide a José que asuma la paternidad legal de Jesús. Y es que desde su mero origen el Reino de Dios que viene con Jesús de Nazaret resulta ser el ámbito de un honor alternativo abierto a quienes, como José, se niegan a sujetarse a cualquier estructura legal que avergüence, lastime y excluya a cualquier ser humano.
 
La familia de Jesús: familia de Dios
 
La Sagrada Familia
30 de diciembre de 2007
 
Mt 2,13-15.19-23
Cuando ellos [los magos] se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel,  pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.» Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese lo dicho por los profetas: Será llamado Nazoreo.
 
 
“Generalmente la investigación bíblica sobre la narración de la infancia de Jesús en Mateo (Mt 1-2) no suele prestar atención al significado cultural y retórico…”. Se centra, en cambio, en cuestiones tales como la fiabilidad histórica del relato, sus fuentes, sus formas literarias, y más (así J. H. Neyrey, Honor y vergüenza. Lectura cultural del evangelio de Mateo, Salamanca 2005). La alternativa propuesta por autores como Neyrey —y otros que, sin pretensión alguna de agotar los métodos analíticos del Nuevo Testamento, forman parte de una corriente de estudio que ha venido a llamarse “Grupo del contexto”— resulta harto sugerente en cuanto que intentan aproximarse a partir de los códigos culturales —en el sentido más amplio del término cultura— del mundo mediterráneo del siglo I, precisamente al contexto propio de los escritos y, correlativamente, al ambiente que rodeara el itinerario existencial del Maestro Galileo recuperando así la dimensión más humana del Jesús histórico.
 
Dentro de esta perspectiva, el código honor-vergüenza que rige las sociedades mediterráneas del siglo I resulta ser una pieza fundamental en el análisis de los evangelios. Y es que del honor depende, por así decirlo, la existencia misma del individuo en sociedad en tanto que por tal se entiende “el estatus que alguien reclama en la comunidad, junto con el necesario reconocimiento de tal pretensión por parte de los demás” (así B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996). En efecto y en el caso del evangelio de Mateo, la honorabilidad de Jesús de Nazaret —y, por extensión, de su parentela— queda acreditada, como eje del evangelio en sí, desde la genealogía con que inicia el texto mateano al asentar el honor de Jesús en su estatus de “hijo de David”, esto es, como perteneciente a la familia real nacional. En un segundo momento del primer capítulo de Mateo, Dios salvaguarda el honor de Jesús al revelar a José su origen, conjurando así la posibilidad del divorcio que éste último contemplaba como solución al embarazo inexplicable de María: divorcio que, por cierto, habría sumido en la vergüenza tanto a la madre como al hijo.
 
En el segundo capítulo de Mateo, la reacción de Herodes el grande a la reiteración del honor del pequeño por parte de los magos pone en peligro la vida de éste y, de nuevo, Dios sale garante del honor de Jesús cuando le salva la vida de las maquinaciones del poderoso que, con la aquiescencia y la ayuda del imperio romano, se ha apropiado del trono de Israel. Ahora bien, Dios conserva el honor de Jesús por medio de José en tanto que éste ha aceptado ser padre legal del hijo de María al cumplir el encargo de poner el nombre al niño y ser, por tanto, el responsable de la suerte de su familia: en este sentido, Mateo —en contraste con Lucas— ofrece una aproximación histórica de mayor riqueza cultural en su relato de la infancia en cuanto que las decisiones en relación con la familia del Maestro Galileo son tomadas por su jefe natural.
 
Vale apuntar que la estructura familiar de Jesús no es nuclear —padre, madre e hijo, como podría inferirse de los relatos de la infancia tanto de Mateo como de Lucas— sino extensa o sea incluyente de varios grados de parentesco, mismos que se diluyen dado que las familias del medio rural de la Galilea del siglo I suelen vivir en casas compuestas de varias dependencias para las familias nucleares construidas en torno a un patio común donde se comparte la cocina, el espacio para estar donde los niños —todos— juegan y conviven como, literalmente, hermanos adquiriendo, de este modo, los derechos morales de un hermano consanguíneo (cf. J. Schlosser, Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005). Con todo, es el padre el responsable de los hijos varones y, por tanto, quien se encarga de su formación: es él quien les enseña los mandamientos de Yahvé (Dt 6,6-7) y quien les explica los ritos de la circuncisión, del sábado, de la oración cotidiana, pero sobre todo, de la Pascua (Ex 13,14).
 
Así pues, Dios se comunica con José en su calidad de padre legal para, en este caso, burlar el poder de Herodes acudiendo a un expediente harto familiar en el contexto bíblico: Egipto como escape. Y es que hay en el Antiguo Testamento una tradición bien asentada que tiene a Egipto como el lugar de refugio por excelencia: desde el relato de los Patriarcas que acaban estableciéndose allí por motivos económicos y gracias al éxito político de José hijo de Jacob (Gn 42-48), hasta varios fugitivos por asuntos políticos: 1 Re 11,17; 11,40; 2 Re 25,26; Jer 41,17; 26,21; 43,7 (cf. U. Luz, El Evangelio según san Mateo, Salamanca 2001). 
 
Dado que es el honor de Jesús el valor central que hay que salvaguardar, primero de la sevicia de Herodes con el exilio y luego del riesgo de Arquelao —el hijo de Herodes que hereda el gobierno de Judea y que, aunque acaba siendo depuesto por el poder romano a causa de su brutalidad e ineptitud, al momento del regreso de esta familia perseguida tiene en sus manos las riendas del poder— con la decisión de establecerse en Nazaret, se infiere que la familia nuclear de Jesús no es en modo alguno un tejido de relaciones que tiene su razón de ser en sí misma y, por consiguiente, vive orientada hacia una especie de auto contemplación de sus virtudes, sino una estructura organizada y orientada al servicio de una causa que, a su vez, la vincula estrechamente. Y es que el honor de Jesús no es otro que el honor del mismísimo Dios, premisa que el Maestro Galileo reivindica en su praxis del Reino en la que, precisamente, el honor acabará tomando una otra dimensión: ya no será consecuencia de la aceptación social, sino de la inclusión gratuita e indiscriminada en el ámbito del Reino
 
A su tiempo Jesús mismo —en su adultez independiente y marginal, y siempre al servicio de la causa del Reino— acabará formando y organizando su propia familia en función de defender el honor alternativo propio del Reino de Dios: “Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12,46-50).
 
 
Jesús de Nazaret: por encima del poder
 
La Epifanía del Señor
6 de enero de 2008
 
Mt 2,1-12
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.» Al oírlo el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocando a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, les preguntaba dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.’»
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 11 Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran a Herodes, se retiraron a su país por otro camino.
 
 
Si el honor —entendido en las sociedades mediterráneas del siglo I como “el estatus que alguien reclama en la comunidad, junto con el necesario reconocimiento de tal pretensión por parte de los demás” (así B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996— viene ora adscrito por herencia, ora adquirido por méritos o alguna forma de movilidad social, el honor de Herodes el Grande, Rey de Judea entre el 37 y el 4 a.C. por voluntad del Imperio Romano, resultó adquirido de muy mala manera y mantenido de peor forma. Su origen se remonta a 63 a.C., cuando Cneo Pompeyo Magno, general y político romano, es llamado a dirimir las diferencias de dos hermanos aspirantes al trono de Israel: Hircano II y Aristóbulo II, últimos príncipes, por así decir, de la dinastía de los asmoneos. Estos, los asmoneos, tienen un pasado harto glorioso y, correlativamente, harto honorable en tanto que vino a ser la familia que encabezara la resistencia a la dominación helenista que, a partir del siglo III, iniciara Alejandro y continuaran, de modo alterno, los tolomeos y los seleucidas, sucesores regionales del conquistador macedonio.
 
Para entonces, a la familia asmonea sólo le queda el recuerdo del honor de sus ancestros: no hizo falta hazaña militar alguna para que Pompeyo ocupase Jerusalén, nombrase sumo sacerdote a Hircano, desterrase a Aristóbulo y, sobre todo, dejase el poder fáctico en manos de un idumeo astuto: Antipátro, a quien sucede su hijo Herodes que, después de garantizar su sometimiento, pudo conseguir que el Senado romano lo reconociese como Rey de Judea.
 
Es particularmente Flavio Josefo —historiador judío del siglo I— quien da cuenta del gobierno de este rey vasallo del Imperio Romano. Excelente constructor de obra pública con la que mantuvo una cierta estabilidad económica, Herodes, llamado el Grande, resulta un personaje controvertido: en efecto, algunos autores lo consideran un buen rey en el contexto de la época (así E. P. Sanders, La figura histórica de Jesús, Estella 2001), aunque los más son unánimes al recordarlo como un autócrata sanguinario que no dudó en asesinar esposas e hijos por el temor de perder el poder, temor causado, por cierto, por el rechazo sistemático de los judíos que nunca dejaron de ver en él a un usurpador extranjero (cf. E. Shürer, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, Madrid 1985). Sus años finales, según consigna el mismo Flavio Josefo, resultaron, en todo sentido, terribles.
 
Frente a este intríngulis del poder, aparecen unas figuras que, a pesar de su connotación más bien mítica y un tanto misteriosa, vienen a ser como un elemento que subraya el contraste entre el tejemaneje en el que se mueven el Imperio y Herodes, y la sencillez que rodea a un niño, a un pequeño judío, meta y razón de estos así llamados magos que le buscan para, en reconociéndole su calidad de rey de los judíos, homenajear el honor del que el mismo Dios lo ha investido. La pesquisa de los magos provoca, para usar la hipérbole del texto que me ocupa, una gran conmoción: “Al oírlo el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén”. En todo caso, el “toda Jerusalén” pudo ser el grupo de validos del gobernante, incluyendo a sus intelectuales cortesanos, consultores que suplen la ignorancia del idumeo poniendo sus conocimientos de la Escritura al servicio de sus intereses.
 
Legendarias o no, las figuras de los magos no dejen de tener un significado teológico en el contexto propio del relato de la infancia de Mateo. Y es que el término mágoi habla, muy probablemente, de algunos miembros de una tribu mesopotámica conocidos como magos que, en la religión persa, desempeñan funciones sacerdotales y se ocupan del estudio de la astronomía y la astrología: vienen, quizás, de Babilonia, donde se ha desarrollado un calendario que permite marcar los tiempos de la producción agrícola y auxiliar a los viajero con el mapa celeste (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998). Vale apuntar que el término mago se amplía en la esfera cultural helenista, para designar a representantes de la teología oriental, de la filosofía o de la ciencia natural. Sea como fuere y según el tratamiento del texto, vienen a representar “lo mejor del saber y de la religiosidad pagana, que los llevó a encontrar a Jesús a través de la revelación natural” (así R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, 1982).
 
Está, pues, Jesús, según el relato en cuestión, entre dos instancias abiertamente contradictorias: de una parte, Herodes y su corte, dispuestos no sólo a negar sino a impedir a cualquier costo que el honor del mismo Jesús venga a ser reconocido no únicamente de manera pública sino con repercusiones que van más allá de Israel; y de otra parte, los magos que, inspirados por una estrella no tienen prejuicio alguno de aceptar, más aún, de adorar el honor de Dios que se manifiesta en el niño judío ante quien, al encontrarle, ponen a sus pies “dones de oro, incienso y mirra”, esto es, tres clases diferentes de resinas aromáticas que, al ser quemadas despiden olores fragantes. Y es que, en este caso, por oro hay que entender un tipo de perfume así llamado por quemarse ante el altar de oro (cf. Heb 9,4; Ap 8,3). Y si ofrecer dones es un gesto de honor, ofrecer perfumes —de por sí escasos y costosos— viene a resultar, para entonces, algo así como una de las formas más altas de reconocer y proclamar el honor del obsequiado.
 
Ahora bien, dado que es una estrella la que primero inspira el camino de los magos y luego les señala el lugar del encuentro con el deseado, y en el entendido que en el mundo mediterráneo del siglo I los fenómenos celestiales o cósmicos vienen a ser percibidos como manifestaciones divinas, hay que concluir que, en la estructura del relato y de acuerdo a los valores de entonces, es el mismísimo Dios quien, de manera abierta, señala dónde y cómo se ha de entender el honor a partir de su presencia definitiva en la historia en la persona de Jesús de Nazaret.
 
Es así que el honor en cuanto el factor decisivo que da valía al hombre ya no está, no, en los pasillos ni en las sedes del poder —que siempre viene acompañado por el dinero y el reconocimiento, hermanos trillizos que forman una especie de trinidad maléfica en continua oposición a la voluntad de Dios—. Y es que las exigencias del poder —cualquier poder, en cualquier dimensión, en cualquier ámbito— acaban cobrando la factura primero de la desigualdad y luego de la muerte. El honor del hombre, como don de Dios, se deriva ahora, a partir de Jesús de Nazaret, del Evangelio como cimiento de la igualdad, cimiento indispensable para la fraternidad de los hombres cuando —algún día— acaben de entenderse, de aceptarse y de mirarse como hijos de un Padre común: como hijos de Dios.
 
En su bautismo, Jesús recibe el aval de Dios
Mt 3,13-17
 
El Bautismo del Señor
13 de enero de 2008
 
Entonces se presenta Jesús, que viene de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. 14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Jesús le respondió: «Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó.
Una vez bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.»
 
 
La muy evidente cualidad de limpiar lo sucio y la realidad patente de   ser factor esencial para la vida, han hecho del agua un elemento constante y privilegiado de purificación —en formas múltiples de abluciones— a lo largo de la historia de las religiones. Lejos de ser excepción, la experiencia religiosa de Israel —tanto en la fase temprana del yavismo, como en la fase definitiva del judaísmo— tiene abundantísimos ritos de purificación: una mirada somera a la legislación conservada en el Pentateuco es suficiente para sostener lo arriba apuntado. El bautismo, entonces y en términos generales, viene a ser una variante de ablución religiosa que consiste —tal y como lo indica el verbo baptizein, raíz que es del vocablo— en la inmersión de una persona en el agua contenida en, por ejemplo, un estanque o bien en algún deposito acuático natural. En este último caso, los ríos resultan un recurso idóneo puesto que el constante fluir del agua acentúa con su movimiento tanto la capacidad de limpiar como la potencia vital arriba mencionadas.
 
Y como en otras culturas, Israel tiene en el río Jordán un lugar sagrado donde se manifiesta la presencia y el poder de Yahvé: baste recordar —2 Reyes 5,1-14— la curación del sirio Naaman, leproso que queda limpio después de sumergirse por siete veces en el agua del Jordán, según le ordena el profeta Eliseo. La referencia resulta particularmente interesante puesto que en ella el Jordán aparece no tanto como un elemento de mera purificación ritual, sino, dada la transformación existencial del enfermo, como un lugar teológico, aunque vale subrayar que no es por la cualidad del agua del río en sí, sino porque éste viene propuesto por el profeta como un espacio de encuentro con Yahvé.
 
Pues bien, hacia mediados del siglo II a.C. y, precisamente, en el valle del río Jordán se da un auge de movimientos bautistas de carácter penitencial que tienen como núcleo teológico la conciencia de la infidelidad de Israel al Yahvé que lo sacara de le esclavitud de Egipto para convertirlo en un pueblo libre, y la necesidad de volver a él por el cumplimiento de la Ley como respuesta al pacto contraído con el Dios liberador: tal es el contexto de la la praxis de Juan el Bautista (cf. E. Schillebeeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Madrid 1981). Así y todo, la predicación de Juan tiene rasgos harto peculiares: en un Israel fragmentado en grupos religiosos que reclaman para sí, y de manera excluyente, la categoría de “resto santo de Israel” a partir del cual Yahvé habrá de iniciar una era nueva, la invitación del Bautista a la conversión se dirige a la totalidad de los hijos de Israel sin distinción alguna. Más aún, Juan considera que hasta los cumplidores de la Ley —escribas y fariseos— han de someterse al signo del bautismo de arrepentimiento ante el juicio inminente y terrible de un Yahvé que, airado, habrá de poner fin a la corrupción socio religiosa mediante una intervención fulminante.
 
Vale, entonces, caracterizar el concepto central de la predicación del Bautista con el término griego de metánoia, cuya mejor aproximación en castellano resulta ser el término conversión. Y es que metánoia refiere una apelación al entendimiento —noeo—: se trata de cambiar de modo de pensar, cambiar de idea o de opinión, de cambiar de actitud a partir de un movimiento intelectual, con el correlato de lamentar y arrepentirse de la manera de pensar anterior (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H, Bientenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 2003).
 
Ante este profeta —que, por cierto, ha iniciado todo un movimiento teológico en torno a él con el correlato de la generación de un grupo de discípulos tan celosos e intransigentes como su maestro: cf. Mt 9,14-17— se inclina Jesús de Nazaret para pedirle que, él también, venga a ser sumergido de manos del Bautista en las aguas del Jordán. Esta decisión del Maestro Galileo —que el texto de Mateo que me ocupa extiende y matiza con el diálogo entre Juan y Jesús— vino a causar confusión en las primeras generaciones cristianas cuando éstas comprenden la realidad última de Jesucristo como hijo de Dios: ¿cómo explicar que el-sin-pecado por naturaleza se sometiese a un signo que, por su esencia, supone precisamente el reconocimiento de una situación de pecado y, por consiguiente, un movimiento de conversión? La cuestión se zanja, de alguna manera, en el cuarto evangelio que, omitiendo el relato de la inmersión de Jesús en el Jordán, insiste en la teofanía (Jn 1,29-34; 3,22-36) de la que los sinópticos dan testimonio unánime y que el evangelio de Juan desarrolla como desplazando el interés del hecho del bautismo en sí, a lo que vino a significar en el caso de Jesús de Nazaret (cf. J. Schlosser, Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005).
 
De cualquier manera y dado que los sinópticos conservan palabras harto elogiosas del Maestro Galileo en relación con el Bautista (cf. Mt 11,2-15) y, más aún, recuerdan a Jesús desafiando a sus adversarios tanto con la figura de Juan como con el bautismo que practicase (cf. Mt 21,23-27), una primera aproximación al bautismo de Jesús podría entenderse como la aceptación —y el consiguiente acuerdo— con la teología de Juan. Y es que con el contenido de su predicación, el Bautista mueve la calidad de la inmersión en el Jordán de la esfera pureza-impureza a la dimensión bien-mal, confiriéndole de este modo una dimensión ética a lo que se entiende entonces como un mero rito de, justamente, purificación que, para entonces, tiene además una inconfundible connotación cultual derivada del proceso de clericalización que vino a padecer el judaísmo a partir de la hegemonía religiosa que la institución del Templo de Jerusalén pretendiera ejercer en detrimento de la dimensión social de la teología del Antiguo Testamento.
 
Es, con todo, la teofanía que acompaña el bautismo de Jesús lo que le da su significado más acabado. Y es que en el Jordán se encuentran frente a frente dos ideas de Dios: la del Bautista, con toda la calidad ética ya mencionada, sí, pero no exenta de un cierto rigorismo moral, y la idea de Dios que habrá de ser el eje de la predicación del evangelio de Jesús de Nazaret: Dios como Padre, paciente, misericordioso, que, a partir del mismo Jesús, quiere reinar involucrándose en todos los ámbitos de la vida del hombre para procurar, en la horizonte de la cotidianidad, la experiencia de liberación de cuentos yugos sometan a su criatura, a esa imagen y semejanza suya desfigurada por la desigualdad y la injusticia. En este sentido, el bautismo de Juan es el lugar teológico donde Dios toma partido y avala la idea de Dios de Jesús que habrá de desarrollarse en la praxis del Reino: la plataforma que catapulta la buena noticia de que Dios hace vigente la dignidad humana por encima de cualquier instancia que quiera pisarla en beneficio de sus intereses.
 
Jesús de Nazaret: desafío de Dios al poder
 
2° Domingo Ordinario
20 de enero de 2008
 
Jn 1,29-34
Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.
«Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que ése es el Elegido de Dios.»
 
En la Palestina de principios del siglo I la expectativa de un cambio radical que viene de Dios y que ha de afectar todos los ámbitos de la vida humana es un rasgo que no sólo caracteriza el momento histórico, sino que acaba tiñendo la percepción misma del presente y del futuro. En efecto, la esperanza de la llegada de un enviado —un mesías, un cristo, un ungido— define, de algún modo, a los segmentos de la sociedad. Y es que si bien la expectativa es común, la forma, la manera, las características, en suma, del esperado varían según las diferentes lecturas de la Escritura que conforman los también diferentes pensamientos teológicos, que a su vez se expresan, en esta cuestión, en la definición de aquél que ha de venir.
 
Pues bien, hay toda una teología detrás del término cordero en relación con el mesías de Dios, término conservado escasa y únicamente en el cuarto evangelio. Y es que solamente por dos veces y en boca del Bautista, Jesús de Nazaret es llamado cordero, y más específicamente Cordero de Dios, según el texto que me ocupa. Vale, pues, un intento de aproximación al trasfondo teológico del concepto Cordero de Dios que, como muchos otros conceptos del evangelio de Juan, acabó como subsumido en la corriente que vino a prevalecer en el pensamiento mayoritario de la primera Iglesia derivado, como fue, de la tradición sinóptica (cf. S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del discípulo “amigo” de Jesús, Salamanca 1997).
 
Lo primero que hay que asentar es la calidad mesiánica del concepto Cordero de Dios. En este sentido hay que recordar el hecho de que Juan el Bautista genera en torno suyo un grupo de discípulos que, a más de haber recibido el bautismo, practican ayunos y tienen sus propias oraciones (Mc 2,18; Lc 11,1); estos discípulos del Bautista —que le continúan fieles después de su muerte (Mc 6,29; Hch 19,3)— viven una cierta rivalidad con los discípulos de Jesús (Jn 3,24; 4,1; así R. E. Brown, El Evangelio según Juan, Madrid 1999). Esto en cuenta, resulta harto significativo que una palabra del Bautista venga a ser decisiva para que algunos de sus discípulos le abandonen para seguir a Jesús. Y es que tal fue la reacción de Andrés y un otro discípulo innominado —que algunos autores identifican con aquél al que el cuarto Evangelio se refiere como el discípulo amigo o, como suele llamársele, el discípulo amado— al oír a Juan el Bautista llamar Cordero de Dios a Jesús: lo que sucede en seguida viene a revelar, específicamente, el contenido mesiánico del término en cuestión: Andrés anuncia a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías».
 
¿Qué relación hubo de hacer Andrés para asociar Cordero de Dios con Mesías? Una primera aproximación al contenido en sí del término cordero —amnós, en el cuarto evangelio, y arnión, carnero, en Apocalipsis aunque con una calidad teológica similar en cuanto que se refieren ambos vocablos a Jesús— remite a un animal de vellón hermoso y rizado, de color blanco, de carne y grasa abundantes, que proporciona alimento y vestido y que se caracteriza por ser extremadamente noble, tranquilo e indefenso (así H. Haag, Diccionario de la Biblia, Barcelona 1963). De aquí hay que continuar con el significado teológico que cualquier judío del siglo I pudo relacionar con cordero, y también en cierto sentido, con Cordero de Dios: la Pascua, la gesta libertaria de Yahvé en relación con el hatajo de esclavos sometidos en Egipto y de la que, justamente, el cordero queda como memorial: «…escogeréis entre los corderos o los cabritos […] Esa noche comeréis la carne. Tomaréis luego la sangre y untaréis las dos jambas y el dintel de las casas donde la comáis […] La comeréis así: con la cintura ceñida, los pies calzados y el bastón en la mano; y la comeréis de prisa. Es la Pascua de Yahvé. Esa noche yo pasaré por el país de Egipto y mataré a todos los primogénitos del país de Egipto, de los hombres y de los animales, y haré justicia con todos los dioses de Egipto. Yo, Yahvé. La sangre os servirá de señal en las casas donde estéis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo; y no os afectará la plaga exterminadora, cuando yo hiera al país de Egipto» (12,1-51).    
 
De lo anterior se siguen dos posibilidades: Jesús como Cordero de Dios es un Mesías de carácter sociopolítico, o bien es un Mesías de carácter sacrificial. En cuanto a la primera posibilidad, su factibilidad se relaciona con el hecho de entender al Cordero de la Pascua como signo del fin de la esclavitud impuesta por el faraón de Egipto: en consecuencia, el Cordero de Dios —Jesús de Nazaret— habría de ser el signo de la liberación del césar de Roma, más aún si se subraya que este Cordero de Dios quita el pecado del mundo. Y si por mundo hay que entender lo que se opone a Dios, quitar el pecado bien podría equivaler a la aniquilación de lo que es percibido por tantos judíos de entonces como la oposición por excelencia a la presencia santificadora de Dios: el Imperio Romano.
 
Prevaleció, empero, la lectura del Cordero de Dios en su carácter sacrificial, lectura derivada de una vertiente teológica Isaías bien expresada en el capítulo LIII, verso 7 del libro en cuestión: “Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca”. Este aspecto sacrificial viene a ser retomado y subrayado en el libro de los Hechos de los Apóstoles (8,26-40), pero sobre todo en la teología subyacente en la Primera Carta de Pedro: “…habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo…” (1,18). Resulta más que interesante, en relación con esta perspectiva sacrificial del Cordero de Dios, la opinión de Charles H. Dodd: en el evangelio de Juan “la idea de expiación está notablemente ausente y la obra de Cristo es presentada preferentemente en términos más positivos que la anulación del pecado (la donación de luz y vida, etc.).” (La tradición histórica en el cuarto evangelio, Madrid 1978).
 
Sea como fuere, las palabras —derivadas de la aclamación del Bautista: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»— que los discípulos de Jesús usamos entrañablemente cada vez que celebramos la Eucaristía, siguen siendo como un recordatorio de la decisión de Dios de enfrentar, más aún, de aniquilar cuanto en el mundo se opone a su decisión por el bienestar de sus criaturas a partir de la debilidad, de la fragilidad, de la mansedumbre de un cordero que, a su vez, queda como icono del desafío de Dios al poder: a cualquier tipo de poder.
 
Una ciudad y una casa para el Reino de Dios
 
3° Domingo Ordinario
27 de enero de 2008
 
Mt 4,12-23
Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaún junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido”.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»
Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron.
Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.
Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo
 
 
La tradición sinóptica recuerda a Galilea como el lugar del inicio ­—y de la mayor parte—del ministerio de Jesús de Nazaret; pero mientras los testimonios de Marcos y Lucas recuerdan la llegada de Jesús a Galilea como algo que sucede de modo inmediato a la experiencia que él mismo tuviera en el desierto de Judea (Mc 1,14; Lc 4,14), Mateo hace una acotación harto interesante al mencionar un como cambio de residencia: “Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaún junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí”. Pues bien, dado que tanto los lugares como los movimientos geográficos suelen tener en los evangelios un valor teológico, resulta interesante intentar una aproximación a la elección que Jesús hiciera —según el texto que me ocupa— de Cafarnaún como “su ciudad” (cf. Mt 9,1; Mc 2,1).
 
Así pues se impone la cuestión del porqué vino Jesús a escoger ésta y no otra ciudad como lo que podría llamarse su base de operaciones, ya que la necesidad de dejar Nazaret se explica por dos motivos muy posibles: primero, el pueblo donde Jesús creciera y que acabara dándole algo así como su apellido, resulta ser un espacio de movilidad muy restringida en tanto que se trata una aldea de, tal vez, unos 150 habitantes, mismos que, además y en segundo lugar, acabaron adoptando una actitud de hostilidad abierta y de franco rechazo en relación con Jesús (cf. Mc 6,1-8; Mt 13,53-58; Lc 4,26-30). En cambio Cafarnaún, aunque por su población —probablemente 1,500 habitantes— no justifique la categoría de ciudad, tiene un movimiento socioeconómico suficiente para facilitar las necesidades de trabajo consideradas por Jesús (así B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Y es que en el mundo mediterráneo de siglo I una ciudad media viene a ser como el centro regional donde converge la actividad económica de una zona rural determinada, donde vive y trabaja la mayoría de la población. Generalmente organizada en torno a un palacio donde la autoridad constituida imparte justicia  y a un templo que regula la práctica religiosa de la región, la ciudad tiene, como punto neurálgico también, una o varias plazas donde se da la actividad comercial de forma periódica, ora en forma de intercambio, ora de compraventa según la complejidad de la economía de la zona.
 
En este sentido, Cafarnaún, situada en la parte norte del lago de Genesaret, se caracteriza por ser un punto medio entre las actividades agrícola y pesquera, ambas de productividad considerable dada tanto la fertilidad de las tierras altas de Galilea como de la abundancia de peces del lago en cuya orilla se sitúa la ciudad que, en sí, responde al patrón de asentamiento típico de una población judía. Al contrario del trazo reticular que caracteriza a las ciudades de corte romano, en Cafarnaún las calles —de muy poca anchura— van rodeando de manera orgánica los bloques de viviendas que se arraciman de tres en tres, o de cuatro en cuatro, sin pavimento alguno, sino más bien de tierra y de escombro apisonados, polvorientas en la estación seca y lodosas en tiempo de lluvias. Entre estas calles —que mejor puede considerárseles pasadizos— se abren de trecho en trecho pequeñas explanadas que sirven ya para reparar barcas o redes, ya para disponer rediles de cabras u ovejas (cf. J. L. Reed, El Jesús de Galilea. Aportaciones desde la arqueología, Salamanca 2006).
 
Sin vestigios de edificios públicos importantes —una gran sinagoga, una basílica respetable para la impartición de justica, mucho menos las termas, los hipódromos, los anfiteatros y más que caracterizan a las ciudades de estilo romano, ya comunes entones en la región— las construcciones de Cafarnaún son, básicamente, casas habitación. Éstas están construidas de acuerdo a la manera típica de los asentamientos judíos de la Palestina del siglo I: se trata de complejos que constan de varias unidades adosadas y que rodean un patio común en los que los habitantes pertenecen a familias extensas. Las casas en sí, los almacenes, los muros y otras dependencias cercan la totalidad del patio al que se accede por una sola entrada. Por su parte, el patio mismo es el centro de la vida familiar: allí se cocina, se hila, se socializa en fin, además de ser espacio para guardar tanto loa aperos de labranza como los instrumentos de pesca. La construcción es modesta: unas filas de piedra sirven de cimiento paredes de barro apisonado que, a su vez, sostienen techumbres de vigas como base de un entramado de cañas aglutinado con, también, barro: los edificios de dos pisos son, por consiguiente, extremadamente frágiles y requieren un mantenimiento continuo (cf. J. L. Reed, op.cit.).
 
Tal es el escenario tipo de la actividad de Jesús: en este sentido, Marcos (1,14-39) ofrece, al inicio de su evangelio, una como reseña de un día de trabajo de Jesús en, precisamente, Cafarnaún. Pero Cafarnaún no acaba siendo solamente uno de los lugares privilegiados de la praxis del Maestro Galileo: allí  tiene, además, su casa (Mc 2,1; 9,33). Y es que, sin negar la calidad de predicador itinerante que elige para el anuncio del Reino (cf. G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca 2005), Jesús tiene su propia casa donde él mismo es anfitrión de excluidos: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos» (cf. Lc 15,2). Una casa como plataforma del trabajo y, ¿por qué no?, espacio de descanso y de privacidad necesarios en medio de la correrías que emprendiese con los suyos.
 
Una casa en Cafarnaún a la medida de la praxis del Reino. Porque el Maestro Galileo no vino a elegir la espléndida Tiberíades que construyese Herodes Antipas al estilo helénico-romano, ni mucho menos Séforis que, aunque nunca mencionada en los evangelios, hubo de brillar en Galilea por su lujo: ambas ciudades, sí, de elegante trazo ortogonal, ambas dotadas de edificios públicos construidos con piedra labrada, estucados y ornamentados, adornados de pinturas, con drenaje y calles pavimentadas con losas. Séforis y Tiberíades, por mencionar solo estas dos ciudades en toda la extensión de la palabra y en las categorías de entonces, con casas de ventanas amplias para, teatralmente, contemplar la riqueza de sus moradores, con un triclinio para comer en forma, con un atrio donde honrar al huésped, y más.
 
Quedan, entonces, la ciudad y la casa elegidas por Jesús de Nazaret como peguntas abiertas a la manía de lo superfluo que caracteriza a un mundo que vive de espaldas a la fraternidad igualitaria querida por Dios; pero, por sobre todo, como una cuestión que escuece a los discípulos del Maestro Galileo que pretenden continuar la causa de Reino en medio de espacios y edificaciones que en sí mismas niegan, por su suntuosidad, la sencillez propia del Evangelio.
 
¿Pobres de espíritu?
 
4° Domingo Ordinario
3 de febrero de 2008
 
Mt 5,1-12
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
 
 
De un modo análogo a la subida de Moisés al monte donde recibiera de Yahvé la Ley para Israel, así Jesús de Nazaret sube a un monte para decir una palabra crucial para la praxis del Reino de Dios. Pero mientras Moisés sube al monte obedeciendo una llamada de Dios y como mero depositario de su voluntad (cf. Ex 19,1ss), Jesús sube al monte por decisión propia para enseñar, a partir de sí mismo, lo que habría de considerarse el código ético esencial de los discípulos del Maestro Galileo. La diferencia, más que la analogía, entre la Ley de Moisés y el Sermón del Monte de Jesús tendría que ser suficiente para, a partir del Evangelio, orientar la conducta cristiana tantas veces deudora como es de los Diez Mandamientos en lugar de derivarse del pensamiento del fundador del cristianismo: de ahí que siempre resulta pertinente una aproximación al Sermón del Monte según la versión de Mateo que me ocupa, teniendo siempre a la vista el texto paralelo del Sermón del Llano, según la versión de Lucas (6,17-49).
 
Ambas versiones abren el discurso de Jesús con las Bienaventuranzas que vienen, por tanto, a ser como la puerta de entrada a lo que hay que considerar como la quintaesencia de la predicación del Maestro Galileo. Y dentro de ellas —de las Bienaventuranzas— habrá que detenerse una y mil veces en la primera, en tanto que resulta ser la clave de este conjunto de dichos de Jesús. Y es que de la mejor comprensión del término pobre, usado tanto por Lucas como por Mateo —aún si éste último añade el matiz “de espíritu”—  habrá de depender la lectura del Sermón del Monte o, en su caso, del Llano y, correlativamente, la mejor praxis que pueda seguirse a esta propuesta de Jesús.
 
De las tres posibilidades de la lengua griega para referirse a la pobreza, tanto la redacción de Mateo como de Lucas escogen ptojós que significa literalmente “el que se agazapa o se oculta” y, por extensión, el pobre, el mendigo, el humilde. Más que hablar de quien carece de dinero, el termino en cuestión remite al oprimido, miserable, sojuzgado y humillado: en una palabra, a quien vive sumido en la calamidad y que, contemplado desde la perspectiva del honor como valor central en las sociedades del mundo mediterráneo del siglo I, está sumido dramáticamente en una situación de vergüenza (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo I, Salamanca 2001).
 
Vale, entonces, caracterizar lo que por pobre se entiende en Israel y, específicamente, en la Galilea del siglo I. Ante todo, hay que apuntar que la voluntad de Yahvé es que nunca haya pobres en Israel: la pobreza contradice de por sí no sólo la elección de un pueblo, sino la gesta de la liberación de Egipto. Con todo, desde los orígenes de Israel como nación, van apareciendo diferencias económicas por, básicamente, el afán de incrementar la propiedad: contra esto surge toda una legislación en la que se plasma un mecanismo formidable de redistribución de la riqueza para garantizar la igualdad original que ha de signar al pueblo de Dios entre las otras naciones: tales las leyes tanto del año sabático como del año jubilar (cf. Ex 21,2-6; 23,10-11; Lv 25; Dt 15). Con todo, la observancia de esta legislación nunca resultó del todo satisfactoria; más todavía, desde el inicio de la monarquía —y con ella, de la expansión urbana— el aumento de la brecha socioeconómica crece: junto al rey, y con él la clase militar, la burocracia, la aristocracia urbana, los sacerdotes del templo y los notables, aparece el pueblo sencillo, el así llamado pueblo de la tierra: los am ha’hares. La protesta de los profetas en relación con la desigualdad creciente más que factor de cambio real, queda como testimonio de la burla franca a la voluntad de Yahvé, pero también y sobre todo como motivo de esperanza y estímulo de la memoria histórica que, para el tiempo de Jesús, cobra una dimensión de expectativa harto efervescente. Y es que a partir de la ocupación romana de Palestina en 63 a.C. la concentración de la tierra en manos de unos pocos latifundistas va in crescendo con el correlato del surgimiento de una clase desposeída y reducida, en el mejor de los casos, a la venta de su fuerza de trabajo como jornaleros y, en el peor, hundida en la mendicidad.
 
A esta realidad Jesús de Nazaret responde con una aclamación inaudita: los pobres han de considerarse, paradójicamente, felices. Y lo hace usando una fórmula común no sólo en la literatura bíblica sino también en la de Oriente Antiguo, conocida como macarismo —del griego makários: bienaventurado, dichoso, feliz— y que suele estar relacionada con el pensamiento apocalíptico de la época que, a su vez, se caracteriza por expresar la convicción de un cambio radical de la situación humana, signada por la injusticia y la calamidad, merced a una intervención escatológica, esto es, definitiva de Dios en los ámbitos socioeconómicos y políticos (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H, Bientenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 2003).
 
Ahora bien, resulta más que interesante añadir a lo anterior la perspectiva que propone Jerome H. Neyrey (Honor y vergüenza. Lectura cultural del evangelio de Mateo, Salamanca 2005) cuando sugiere que el término bienaventurado ha de ser entendido como honorable en el contexto del ya mencionado código honor-vergüenza. En este sentido, con las bienaventuranzas —y con el contenido todo del Sermón del Monte o del Llano—, el Maestro Galileo ofrece una inclusión al honor derivado del Reino, o lo que es lo mismo, al honor derivado de Dios: “Jesús, por tanto, cambió la forma en la que se realizaba el juego del honor y redefinió su fuente, es decir, el reconocimiento de Dios y no de los vecinos” (así. J. H. Neyrey, op.cit.).
 
Tomando en cuenta lo arriba expuesto, el añadido de Mateo “de espíritu” a la realidad socioeconómica contenida en el término “pobre” ha de entenderse, no tanto como la tal “pobreza espiritual” —entelequia con nulo fundamento exegético, aunque con gran poder de mistificación y utilísima para justificar la posesión y el uso de abundantes bienes materiales suntuarios y superfluos con tal de que no haya apego a los mismos— cuanto como un desplazamiento en sentido ético orientado a ampliar el alcance de la bienaventuranza a los que eligen ser pobres, esto es, a aquéllos que, habiendo aceptado seguir a Jesús como discípulos, habrán necesariamente de renunciar al reconocimiento social —con todo lo que esto supone— abrazando una situación existencial equivalente a aquélla propia de la vergüenza de entonces, y que bien puede traducirse con todo tipo de exclusión contemporánea, a cambio de recibir el honor —la bienaventuranza— otorgado por Dios en el horizonte del Reino que iniciara Jesús de Nazaret.
 
Fiel a sí mismo, fiel a Dios
 
1° Domingo de Cuaresma
10 de febrero de 2008
 
Mt 4,12
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.»
De nuevo le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.» Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto.»
Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.
 
 
Tanto Mateo como Marcos y Lucas recuerdan a Jesús de Nazaret, luego de ser bautizado por Juan y antes de comenzar propiamente su trabajo por el Reino de Dios, ayunando en el desierto. Y si bien Mateo y Lucas desglosan las tentaciones que enfrentara el Maestro Galileo, Marcos se limita a informar la presencia de Jesús en el desierto y el hecho de haber padecido lo que el verbo griego peirazo entiende como ser puesto a prueba o, mejor, ser desafiado, más que ser inducido a obrar mal, tal y como suele entenderse el término tentación o el hecho de ser tentado.
 
No ha de pasar inadvertido que la presencia de Jesús en el desierto viene relacionada con el bautismo de Juan y que éste, el Bautista, aparece justamente en el desierto donde, según Lucas, estuvo hasta que se manifestó públicamente: “El niño crecía y su espíritu se fortalecía y vivió en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lc 1,80). Hay, pues, entre Juan el Bautista y Jesús de Nazaret un como movimiento inverso: mientras Juan viene del desierto a predicar la conversión y ofrecer como signo de la metánoia el ser sumergido en las aguas del Jordán, Jesús va al desierto después de que, durante su bautismo, es proclamado por Dios como el elegido: hay que decir que algunos estudiosos han inferido de lo anterior el discipulado de Jesús en relación con el Bautista. Con todo, y sea como fuere, el desierto en sí —y, correlativamente, la experiencia de desierto— tiene un valor tanto antropológico como teológico que conviene explorar.
 
Aunque la imaginería popular piensa el desierto como un lugar donde la vida, tanto vegetal como animal y más todavía humana, está ausente en cuanto que se trata de extensiones yermas, más bien por desierto hay que entender un espacio deshabitado por el hombre, sí, pero que más que caracterizarse por la ausencia de vida, se significa por la soledad y el silencio. Son, entonces, estos dos rasgos, soledad y silencio, los que dan valor a un lugar determinado donde el hombre puede sobrevivir —no necesariamente de modo precario— y, sobre todo, donde se dan las condiciones óptimas para el encuentro consigo mismo y, de así buscarlo, el encuentro con Dios. En este sentido el desierto ha sido apreciado no sólo desde la perspectiva religiosa sino también como un lugar donde el silencio ayuda a restaurar las fuerzas psicológicas y la soledad propicia un análisis profundo tanto del yo como del entorno social y, consiguientemente, permite tomar empuje para emprender ora un cambio radical en la propia vida, ora un proyecto de alcance colectivo.
 
En cuanto a Jesús de Nazaret, se trata del desierto de Judá, extensión situada en la Cisjordania y colindante con el Mar Muerto, y que, en unos 80 km. de norte a sur y unos 30 km. de ancho, reproduce de modo particularmente intenso las condiciones desérticas más acusadas al punto de ser considerado como una de las regiones más inhóspitas de todo el planeta. Ahora bien, esta geografía viene a ser como la plataforma de un lugar teológico —teñido como está de la memoria histórica del Antiguo Testamento— en cuanto que el desierto es un lugar privilegiado donde llega la palabra de Dios (Lc 3,2) manifestando su cercanía, a la vez que, paradójicamente, resulta ser la palestra para la confrontación con el adversario. En efecto, durante la travesía por el desierto, el pueblo que Yahvé se ha escogido experimenta, alternativamente, la fidelidad y la rebelión en lo que vino a ser considerado como el período formativo de aquél hatajo de esclavos en Egipto en una nación autónoma y libre .
 
Pero también el desierto es, en la tradición bíblica, lugar de refugio como bien ilustra la huida del profeta Elías perseguido como fuera por defender la causa de Yahvé frente a la invasión religiosa organizada por la reina pagana Jezabel (1Re 19,1-18). Además, el desierto resulta espacio alternativo para quienes, inconformes, rompen con el establishment y generan un modo de vida paralelo como los esenios de Qumrán, o, inician un movimiento mesiánico como los zelotas que buscando “innovaciones y cambios […] incitaron a la multitud a actuar […] y la llevaron al desierto con la idea de que allí Dios les mostraría las señales de su liberación” (así Flavio Josefo, La guerra de los judíos, II, 259, Madrid 1999). Finalmente, el desierto de Judá en tiempos de Jesús es escenario de varios movimientos penitenciales que, desde el horizonte apocalíptico de una intervención inminente de Dios, proponen —como el Bautista— una metánoia, una conversión consistente en un cambio de la manera de pensar y de actuar en función de la salvación (E. Schillebeeckx, Jesús. Historia de un viviente, Madrid 1981).
 
Es, entonces y según el texto que me ocupa, en el desierto con su calidad de soledad y silencio pero también con la carga teológica arriba apuntada, donde Jesús de Nazaret se retira por un largo tiempo —cuarenta días resulta ser un número redondo que significa, en este caso, un lapso muy considerable: hasta “cuando oyó que Juan había sido entregado”— para pensar en el proyecto del Reino de Dios que habría de iniciar, y tomar las decisiones absolutas que habrían de signar su praxis. Para esto —y dentro de la tradición de la piedad judía— Jesús se sitúa en un estado de ayuno que favorece la oración y, desde luego, la concentración y la lucidez. Lucidez con la que enfrenta al adversario y le permite decir un no rotundo a las sugerencias de recurrir al poder —«di que estas piedras se conviertan en panes»—, al reconocimiento derivado del prestigio social —«tírate abajo» del alero del Templo de Jerusalén—, y al dinero acumulado en forma de riqueza —«Todo esto te daré si postrándote me adoras»—  (cf. C. H. Dodd, El fundador del cristianismo, Barcelona 1974).
 
Así pues, el desierto es para el Maestro Galileo lugar y tiempo privilegiados donde se mantiene fiel a sí mismo y, correlativamente, fiel a la voluntad del Padre. Así vino a ser, sin duda, entendido por tantas generaciones cristianas que han hecho del desierto ya un modo de vida —tal el monacato—, ya tiempos eventuales de soledad y silencio. En el entendido que de ningún modo hay que considerar que “cualquiera tiempo pasado fue mejor” no deja de extrañarse, en una sociedad dominada por toda especie de ruidos, donde se huye de la soledad como si de una maldición se tratase, lugares alternativos de genuino desierto en medio de la barahúnda urbana. ¿No habríamos de ser los discípulos de Jesús de Nazaret quienes, buscando la máxima sobriedad en nuestros espacios, ofreciéramos a quien lo busque la soledad y el silencio necesarios para consolidar la fidelidad a sí mismo y la honestidad para con el Evangelio de Jesucristo?
 
“…y no vieron a nadie más que a Jesús solo”
 
2° Domingo de Cuaresma
17 de febrero de 2008
 
Mt 17,1-9
Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» Ellos alzaron sus ojos y no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.»
 
 
Cuando los Evangelios remiten de manera unánime a un recuerdo de Jesús de Nazaret, hay que pensar que se trata de algo que vino a calar hondo en la memoria de los discípulos y, correlativamente, en su predicación y, finamente y desde luego, en la redacción de los mismos Evangelios. Así, el bautismo de Jesús viene relatado detalladamente en los sinópticos y como dado por supuesto en el cuarto evangelio. Así, lo que ha venido a llamarse la multiplicación de los panes y los peces resulta atestiguada por seis veces en los cuatro evangelios. Así también en la tradición sinóptica el pasaje conocido como la transfiguración, cuya versión de Mateo me ocupa. Esta reiteración acaba situándonos ante hitos en el itinerario vital del Maestro Galileo, o bien ante situaciones que vienen a ser como síntesis de rasgos propios de la praxis del Reino, aunque vengan relatadas en forma de acontecimientos: tal el caso de la transfiguración.
 
El escenario es, como en otros textos, un arquetipo: “En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador” (así J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, Bogotá-México, D.F. 2007). A esta buena síntesis de Ratzinger conviene añadir que los lugares altos resultan comunes en la historia de las religiones como sitios de encuentro con los dioses en tanto que suele considerarse la presencia de la divinidad como muy por encima de la realidad humana, al punto que es cosa común la construcción de templos en forma piramidal, como una especie de reproducción humana de las elevaciones naturales.
 
Resulta obligado recordar que en el pensamiento del Antiguo Testamento —del que necesariamente participara tanto Jesús como sus discípulos tanto como para ser, en cierto sentido, el telón de fondo de los Evangelios— la calidad  teológica por antonomasia del monte se deriva del Sinaí donde Moisés recibiera de Yahvé la Ley de Israel en medio de los rasgos propios de una teofanía: “El tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un fuerte sonido de trompeta. Todo el pueblo, en el campamento, se echó a temblar.” (cf. Ex 19,16-25; 24,1ss). Así pues, se echa de ver claramente el origen de algunos rasgos del relato de la transfiguración. Con todo, y como sugiere Joseph Ratzinger en relación con lo dicho por el Padre como punto central del relato de la transfiguración, el “sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo»” (cf. J. Ratzinger, op. cit.). De donde se infiere que la transfiguración está orientada a la consolidación de los discípulos del Maestro Galileo como tales, más que a una especie de preparación y consolación anticipadas para enfrentar el escándalo de la pasión, con algo así como una muestra fugaz de la divinidad de Jesús.
 
Y es que por encima de todo, el discípulo es el que escucha: es, justamente, en la voz del maestro y en la escucha del discípulo donde se da, no sólo la transmisión del conocimiento, sino una genuina formación que, en el caso del Maestro Galileo y de los suyos, tiene como razón de ser la praxis del Reino de Dios. En este sentido, Lucas ofrece una de las imágenes más acabadas de un discípulo de Jesús de Nazaret cuando, al narrar la visita que el Maestro Galileo hiciera a dos mujeres amigas, una de ellas, María: “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (cf. Lc 10,38-42).Ahora bien, hay testimonios en los evangelios que permiten inferir que esta relación maestro-discípulo en los términos que ilustra la actitud de Marta viene a ser cosa habitual entre Jesús y los suyos. En efecto y en más de una ocasión, hay como dos niveles en la predicación de Jesús: aquél que lo muestra hablando a la multitud de las cosas del Reino, y otro que parece ser más personal, más íntimo, cuando el círculo más próximo al Maestro Galileo disfruta literalmente de una enseñanza pormenorizada o resuelve en corto los problemas que van surgiendo al paso del trabajo compartido por el Reino de Dios.
 
Así y en relación con el sentido de alguna enseñanza: “Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo» (Mt 13,38). O bien:  “Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola” (Mc 7,17). Hay también enseñanzas sobre el cómo hacer las cosas del Reino en relación con el adversario la guarda, también: “Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración»” (Mc 9,28). Pero también en privado, Jesús resuelve con los suyos los conflictos derivados del aprendizaje del discipulado: “Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor” (Mc 9,33-34). Así mismo en corto, Jesús se permite alguna crítica no exenta de ironía con la que transmite a los suyos la actitud más que relativa que guarda con la institución religiosa oficial: “Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?»” (Mt 17,25).
 
Puede, entonces, deducirse la muy particular manera de ser maestro de Jesús y, correlativamente, la muy especial experiencia de sus discípulos: la relación entre ellos está signada por la familiaridad: no de balde Jesús ve en los suyos a su propia familia (Mc 3,31-35). No es, por tanto, aventurado suponer que el relato de la transfiguración remite a una experiencia más bien cotidiana en la que los discípulos disfrutaron la belleza intelectual del Maestro Galileo: la escucha en la intimidad de la casa de las palabras de Jesús viene a ser, también, una experiencia harto placentera como para no querer moverse de allí: de ahí que en el relato paradigmático de la transfiguración “Pedro querría dar un carácter estable al evento” (así J. Ratzinger, op. cit.). Como de un modo análogo, quienes pretendemos hoy ser discípulos de Jesús de Nazaret tendríamos que recuperar la dimensión de belleza, la fascinación, pues, por la escucha del Evangelio, sepultada tal vez por la avalancha de moralinas e inanidades de algunos predicadores.
 
“…se sorprendían de que hablara con una mujer”
 
3° Domingo de Cuaresma
23 de febrero de 2008
 
Jn 4,5-42
Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.»
Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo;  ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.»
Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla.» Él le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.» Respondió la mujer: «No tengo marido.» Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad.» Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.»
Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo.» Jesús le dice: «Yo soy, el que está hablando contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?» o «¿Qué hablas con ella?» La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» Salieron de la ciudad e iban hacia él.
Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come.» Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis.» Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?» Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga.»
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» Cuando llegaron a él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras,  y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»
 
 
En las sociedades de mundo mediterráneo del siglo I, el honor no es, no, un adorno social al servicio de la vanagloria personal. Es, en cambio, una cualidad existencial necesaria para cualquier tipo de relación humana ora en el ámbito sociorreligioso, ora en la esfera politicoeconómica en tanto que es el referente por antonomasia para entender la ubicación real de una persona en el estrato que le corresponde en el entramado social. Adscrito o adquirido — esto es, heredado u obtenido— el honor no es cosa definitiva y, por tanto, estática en la persona: varía el honor correlativamente a la movilidad social, poca por cierto, pero sobre todo el honor aumenta o disminuye o, de plano, se pierde según se administre, se cuide y se defienda.
 
En relación con lo anterior, existe como un juego —al que siempre está sometido el varón en cuanto portador no sólo del honor propio sino del honor familiar— conocido como desafío-respuesta: consiste en someter a un sujeto a una prueba —las más de las veces verbal— de la que saldrá airoso solo y siempre que su respuesta no únicamente supere al desafío del adversario sino que acabe poniendo a éste último en una situación de vergüenza. Vale apuntar que el juego desafío-respuesta solamente tiene sentido cuando se da entre iguales (cf. J. H. Neyrey, Honor y vergüenza, Salamanca 2005 y B. J. Malina, El mundo del Nuevo testamento, Estella 1995).
 
Es frecuente, entonces, encontrar a Jesús de Nazaret en los sinópticos sometido al juego desafío-respuesta en el que siempre acaba dejando en vergüenza a sus adversarios. Y es que el Maestro Galileo acepta los desafíos en tanto que para él lo que está en cuestión no es tanto su honor personal, cuanto el honor de la causa del Reino de Dios, con el que se identifica, con el que, de algún modo, se funde. Así y todo, resulta harto sorprendente encontrar a Jesús enfrascado en el juego desafío-respuesta con ¡una mujer, y samaritana, además! tal como lo muestra el cuarto evangelio en el texto que me ocupa.
 
Y es que resulta ser un genuino desafío la respuesta de la mujer a Jesús que le pide de beber: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». No es extrañeza sino ironía el trasfondo de las palabras con las que la samaritana desafía al Maestro Galileo. Y es que los samaritanos se saben despreciados por los judíos a pesar de compartir la fe monoteísta en el mismo Dios. El origen de tal desprecio se remonta al siglo VIII a.C., cuando Asiria, invade Samaria  y sustituye a la mayor parte de la población autóctona por colonos asirios dando lugar a una mezcla tanto de razas como de costumbres religiosas. Así. al emprender la reedificación del templo de Jerusalén en 539 a.C., los judíos  niegan a los samaritanos tomar parte en la construcción y en el culto, orillándolos de este modo a la erección de su propio centro de culto en el monte Garizín. Como consecuencia de lo anterior y con ayuda del prejuicio, el término samaritano viene a significar para los judíos del siglo I un grave insulto: ni más ni menos que endemoniado (Jn 8,48; cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Así y retomando el diálogo entre Jesús y la samaritana, el Maestro Galileo responde al desafío de la mujer con una respuesta que, en su hondura, rebasa la dimensión cotidiana de el ir por agua, tan propio de las mujeres de entonces. La mujer desafía de nuevo con, si cabe, más ironía: «¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Y, de nuevo, la respuesta de Jesús va más allá de lo venerable que pueda resultar el patriarca en cuestión y el pozo mismo. No sin insolencia, la samaritana arremete desafiando otra vez a Jesús al pedirle que le releve de por vida del deber enojoso de acarrear el agua. «Vete, llama a tu marido y vuelve acá.» es el contra desafío con el que el Maestro Galileo toca, ya no la condición de género sino la mismísima realidad existencial de la samaritana que, a su vez, intenta una respuesta para dejar como sin efecto el desafío de Jesús: «No tengo marido». A partir de ahora, el Maestro Galileo va adelante en el juego desafío-respuesta: casada cinco veces y en unión libre una sexta —seis varones: uno menos que siete, o sea, a punto del último grado de la desgracia personal—  la samaritana ha buscado la felicidad sin encontrarla, cosa que Jesús advierte a partir de su percepción finísima de la realidad humana. Y aunque algunos exégetas han visto en los cinco maridos los libros del Pentateuco, únicos libros sagrados de los samaritanos, o un catálogo de dioses paganos, según Raymond E. Brown: “No hay motivos para suponer que la conversación entre Jesús y la mujer acerca de la vida de ésta tenía mayor alcance del que obviamente se desprende de las palabras” (así en El Evangelio según Juan, I, Madrid 1999).
 
Con todo, el temple de la samaritana no se doblega y contraataca llevando el desafío al ámbito teológico —en el que llamar a Jesús profeta quizá se desprenda de Dt 18,15 donde Moisés dice: «Yahvé tu Dios te suscitará, de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo: a él escucharéis»— . con una de las cuestiones más controvertidas entre judíos y samaritanos: el espacio cultual de la adoración a Dios. Otra vez la respuesta de Jesús va más allá de la materialidad y rompe el motivo esencial de animadversión entre ambos grupos. Literalmente arrinconada, la samaritana desafía aún, aunque débilmente ya: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo». La respuesta taxativa del Maestro Galileo pone fin al juego: «Yo soy, el que está hablando contigo».
 
A pesar de resultar vencida, la samaritana acaba encontrando una dimensión nueva del honor: aquélla que se deriva de ser ahora una discípula de Jesús: “La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?»”. Una dimensión de honor expresada por sus coterráneos: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».
 
Y es que uno de los rasgos de los genuinos discípulos del Maestro Galileo es ser facilitadores del encuentro con Jesús al punto de acabar, como la samaritana, en menos que un segundo plano. Y es que, si bien Jesús, hombre de su tiempo y de su cultura, vino a moverse en el código honor-vergüenza y, correlativamente, hubo de participar del juego desafío-respuesta, acabó dando un vuelco al concepto tradicional del honor: ya no es la aceptación sociorreligiosa ni politicoeconómica del establishment, sino la inclusión en la esfera del Reino de Dios: el honor, pues, derivado de la aceptación del mismo Dios en el hombre Jesús, al punto que vale preguntar ¿a qué viene la locura de algunos discípulos de Jesús que se empeñan en buscar el honor en el aplauso del mundo?  
 
Incluido en la luz de Jesucristo
 
4° Domingo de Cuaresma
1 de marzo de 2008
 
Jn 9,1-41
Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.»
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). Él fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate.’ Yo fui, me lavé y vi.» Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» Él respondió: «No lo sé.»
Lo llevan a los fariseos al que antes era ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes signos?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» Él respondió: «Que es un profeta.»
No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.» Sus padres decían esto por miedo a los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso  y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.
Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.»
Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos,
no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’, vuestro pecado permanece.»
 
 
Todo está en orden. Un ciego, si discapacitado hoy, cuánto más en la Palestina de siglo I: ha de recurrir, por tanto, a la mendicidad como modus vivendi para él y como justificativo social de uno de los pilares de la piedad judía de entonces: la limosna. Y es que ceguera y pobreza van de la mano —de hecho, cualquier limitación física supone, en principio, una situación de pobreza: parálisis, cojera, mutilación y más— cuando por pobreza se entiende no solo una cuestión económica sino un estado de infortunio total que debe ser socorrido por quienes tienen la fortuna de poseer bienes. Si a lo anterior se añade que el infortunio enfermedad-pobreza viene como justificado por una ideología seudorreligiosa que considera la desgracia como consecuencia del pecado, esto es, como un castigo patente que viene de Dios, entonces, insisto, todo está en perfecto orden (cf. B. J. Malina y R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
De ahí el revuelo que se arma alrededor del ciego sanado, según el texto que me ocupa. Y es que, de algún modo, Jesús viene a subvertir el orden al curar al ciego en tanto que, al recuperar la vista no sólo recupera la salud sino, sobre todo, la posibilidad de venir a ser rehabilitado en términos tanto religiosos como socioeconómicos porque en el mundo mediterráneo del siglo I cualquier disfunción orgánica viene a ser considerada como dolencia, más que como enfermedad. Y es que a diferencia de la comprensión contemporánea de la enfermedad como, justamente, una disfunción orgánica sujeta a curación por tratamiento biomédico con la expectativa de que el afectado vuelva a funcionar, la dolencia remite a un estado personal devaluado y que afecta al ser humano cuando su entramado social se ha venido abajo o ha perdido significado. Estando, pues, en juego el estado de la persona más que su capacidad de funcionar, la curación resulta más un asunto de valores culturales que una cuestión médica: supone la reintegración al estado perdido por la enfermedad por encima de la mera rehabilitación fisiológica, de donde puede decirse que, encarnado en su cultura, Jesús curó dolencias más que enfermedades.
 
Resulta, pues, comprensible que en el entorno inmediato del ciego rehabilitado se produzca una reacción que va del asombro a la confusión y que se traduce más en disgusto que en la alegría que habría de esperarse de un colectivo cuando uno de sus miembros experimenta un cambio para bien: si esto no sucede es porque la percepción económica de entonces es de que los bienes son limitados. En efecto y también a diferencia de la percepción  actual que parece suponer que la producción de bienes es ilimitada en tanto que a mayor demanda la producción puede aumentar sin tope alguno, en la Palestina de entonces se considera que los bienes son finitos y ya han sido distribuidos, de modo que no se considera que un elemento social excluido por definición —tal el caso de un mendigo ciego— pueda venir a ser incluido en el proceso producción-consumo sin que suponga un detrimento en los bienes de un otro, cosa que habrá de afectar, valga insistir, el orden ya establecido. No está demás apuntar que, para entonces, por bienes no solo se consideran aquéllos materiales, sino también el honor, la amistad, el amor, el poder, la seguridad y el estatus (cf. B. J. Malina, El mundo del Nuevo testamento, Estella 1995).
 
Es por lo arriba expuesto que el antes ciego acabe por ser llevado ante el Gran Sanedrín de Jerusalén para que tal instancia conozca y resuelva el problema, más socioeconómico que religioso, derivado de su curación. Y es que, si bien el texto dice: “Lo llevan a los fariseos al que antes era ciego”, en la tradición del cuarto Evangelio la oposición a Jesús de Nazaret viene englobada bajo los términos fariseos o judíos —indistintamente y a diferencia de la tradición sinóptica que distingue a los distintos grupos actuantes en tiempo del Maestro Galileo— a causa de la distancia, tanto en tiempo y en espacio, que separa la redacción del Evangelio de Juan del núcleo histórico propio de Jesús: en efecto, el Evangelio en cuestión es compuesto cuando, después de la destrucción de Jerusalén, son los fariseos el único grupo superviviente y, ahora sí, ferozmente opuesto a los cristianos. Con todo, las comparecencias del ciego recuperado remiten, sin duda, a lo que entonces tuvo que haber sido el Sanedrín de Jerusalén (cf. R. E. Brown, El Evangelio según san Juan, I, Madrid 1999).
 
Y es justamente allí, frente a la instancia suprema del poder judío donde el ciego da muestras de una rehabilitación que sobrepasa cualquier expectativa: y es que el mendigo ciego no solamente adquiere el sentido de la vista, sino que, en lo que viene a ser todo un proceso, va aquilatando la realidad humana cada vez con mayor profundidad en la medida que se va liberando de los prejuicios ideológicos de una religión anquilosada (cf. X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan, II, Salamanca 2000). Así, en una primera comparecencia testimonia la calidad profética de su curador, entendiendo por profeta en tal contexto a un hombre de Dios, cosa que repugna a la idea de Dios propia del pensamiento teológico oficial que ha reducido al Yahvé de Israel en un Dios más interesado por el cumplimiento obsesivo de la Ley más que por el bienestar de sus criaturas. En una segunda comparecencia —luego de ser, de algún modo, negado por su propia familia— el ex ciego desafía de plano a los detentadores del poder no sin un acento de ironía: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» . La respuesta de los juzgadores —tan propia de cualquier autoridad que se tiene como fin a sí misma y, por consiguiente, solo se ocupa de su permanencia— es la exclusión: antes excluido por su ceguera y su pobreza, el ahora vidente resulta excluido por su autonomía desafiante, cosa intolerable para la rigidez del poder más si éste se asienta sobre dogmas arbitrarios, pero necesaria para quien camina por el itinerario de la libertad.
 
Entonces, paradójica y felizmente, el ahora dueño no solo de su vista sino de su visión está listo para ser incluido en el horizonte existencial que abre Jesús de Nazaret, única inclusión que acaba valiendo todo: “Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.
 
Jesús de Nazaret frente a la muerte
 
5° Domingo de Cuaresma
9 de marzo de 2008
 
Jn 11,1-45
Había un enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él.»
Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle.» Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará.» Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño.Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos allá.» Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.» Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.» Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.» Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.»
Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.» Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue hacia él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos, que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.» Jesús derramó lágrimas. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.» Pero algunos de ellos dijeron: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?» Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.» Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»
Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal afuera!» Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.
 
 
A diferencia de la tradición sinóptica que llama milagros —más exactamente manifestaciones de poder: dynameis—a los hechos de Jesús de Nazaret a favor del hombre, el cuarto evangelio se refiere a ellos como signos (semeia) en tanto que la lectura de éstos no se da tanto en el hecho en sí, cuanto en el significado teológico de los mismos: vienen, en efecto, los signos de Jesús conservados en el evangelio de Juan acompañados ora de un discurso, ora de comentarios referentes al acontecimiento entreverados en el relato del signo mismo. Tal la así llamada resurrección de Lázaro que me ocupa y que habrá que entender, mas bien, como una resucitación o una reanimación —aunque las connotaciones médicas de estos términos sugieran hablar de un retorno a la vida— dado que, teológicamente, el concepto de resurrección corresponde al paso de la muerte a la realidad definitiva y absoluta de la vida en Dios (cf. X. Léon-Dufour, Los milagros de Jesús, Madrid 1979).
 
Vale apuntar, ante todo, que hay un amplio contexto religioso-cultural traducido en varios relatos de muertos que retornan a la vida: sólo por citar los conservados en la Sagrada Escritura, por un lado, en el Antiguo Testamento, la resucitaciones del hijo de la viuda de Sarepta por intervención de Elías (1Re 17,17-24) y la del hijo de la sunamita obrada por Eliseo (2Re 4,18-37); y por otro, aquellos de la tradición sinóptica que recuerda a Jesús levantando de la muerte a la hija de Jairo (Mc 5,22-24.35-43), y al hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17). Más todavía, al contestar Jesús las dudas del Bautista menciona que «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva…» ( Lc 7,18-23). Por último, hay que mencionar que, en alguna ocasión, al mismo Jesús se le consideró como Juan Bautista redivivo (Lc 9,7-9; Mc 8,27-30).
 
En cuanto al contexto inmediato del relato, vale suponer que se trata de un grupo familiar de discípulos carismáticos terciarios en el entendido de que puede considerarse a Jesús como un predicador carismático itinerante, esto es, de alguien que enseña con “autoridad sin basarse en instituciones y funciones previas” al margen de lo establecido y sancionado por el consenso de un colectivo dado, y que, además, genera en torno a sí una como red concéntrica de discípulos en la que, siendo Jesús el carismático primario, los carismáticos secundarios resultan los discípulos que lo acompañan, y los carismáticos terciarios vienen a ser los discípulos que, manteniendo la estabilidad en sus casas, funcionan como soporte de los itinerantes en sentido estricto en cuanto brindan a éstos últimos el apoyo material necesario para el trabajo de la predicación (cf. G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca 2005). El relato de la visita de Jesús a casa de Marta y María conservado en Lc 10,38-42 no hace sino confirmar esta posibilidad: de ahí el recado a Jesús: Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». De ahí, también, el reclamo que se torna en reproche airado cuando, llegado Jesús a Betania, Lázaro lleva ya cuatro días en el sepulcro —precisión para afirmar lo definitivo de la muerte, ya que es creencia común, entonces, que el espíritu del difunto ronda por tres días su cadáver—. Y es que el diálogo entre Jesús y Marta deja traslucir la entonces inusual familiaridad de Jesús con las mujeres: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá».
 
Ahora bien y como en el caso de la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41), lo que está en juego, el meollo de la cuestión pues, es la gloria de Dios —entendiendo por tal la reputación y el honor de Dios que vienen a ser puestos en cuestión por la muerte— sin que esto suponga, no, un desinterés en la suerte del hombre. Y es que en el lenguaje propio del Cuarto Evangelio, gloria refiere, en primera instancia, la presencia de Dios y, en segunda instancia, las consecuencias de tal presencia. Y la consecuencia por excelencia de la gloria de Dios es la vida y el bienestar del hombre. En este sentido, Jesús glorifica al Padre en cuanto que lo hace presente en la vida de los hombres y en beneficio de los mismos, y el Padre, a su vez, glorifica a Jesús en tanto manifiesta su presencia en Él que, insisto, cuida de la reputación y el honor de su Padre al trabajar por la vida del hombre en su dignidad total y absoluta (cf. X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan II, Salamanca 2000).
 
Hay, entonces, que advertir que la gloria de Dios se da, a partir de Jesús de Nazaret, en el más hondo y entrañable contexto humano: el relato en cuestión no sólo muestra el duelo de las hermanas y de los amigos del difunto, sino al mismo Jesús participando del dolor y de la pena que la muerte suele producir como reacción natural —y, por tanto, totalmente comprensible—  en el hombre. En efecto, ante la muerte del amigo querido, “Jesús derramó lágrimas” y luego “se conmovió de nuevo en su interior” —esto es: “gimiendo interiormente” o “reprimiéndose con una sacudida”—. Con todo, ya junto al sepulcro, el interés de Jesús es hacer presente a Dios con su palabra: «¡Lázaro, sal afuera!». Una palabra que es, ni más ni menos, la protesta solidaria del Creador ante la calamidad de sus criaturas, más aún, es la afirmación de que el destino final del hombre no es el lugar de los muertos: la gloria de Dios es, sí, que el hombre viva, pero no con un vivir limitado al ejercicio precario de las funciones vitales. La siguiente palabra de Jesús en relación con Lázaro ya no va dirigida al antes difunto, sino a quienes lo rodean: «Desatadlo y dejadle andar», esto es, que si es Dios quien da y preserva el don de la vida, habremos de ser sus hijos —más todavía si pertenecemos al círculo de los discípulos del Maestro Galileo— quienes trabajemos por una vida sin ataduras, por una vida autónoma: trabajar por la vida como Jesús de Nazaret que, frente a la muerte, no calla: grita con voz fuerte, y la destruye.
 
En Jesús de Nazaret, Dios desafía al poder
 
Domingo de la Pasión del Señor
16 de marzo de 2008
 
Mt 21,1-11
Cuando se aproximaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?», decían. Y la gente decía: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.»
 
 
Nunca habrá de ser poco el cuidado con el que se aborde la cuestión de la historicidad de los Evangelios: habrá que tenerse en cuenta que es desde la perspectiva occidental contemporánea donde se analiza un hecho sucedido cerca de dos milenios atrás, y en un muy otro contexto cultural. Esto en cuenta y en relación con la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén según la versión de Mateo que me ocupa, vale subrayar algunos aspectos en busca de una posible aproximación.
 
Conviene, ante todo, definir el arco de tiempo del ministerio de Jesús de Nazaret: el esquema de la tradición sinóptica que tiene su origen en el evangelio de Marcos propone, implícitamente, un año a lo sumo como lapso de duración del ministerio del Maestro Galileo con, correlativamente, una única visita de éste a Jerusalén: aquélla final y decisiva de su pasión. La tradición del cuatro evangelio sugiere, de modo más plausible, que el ministerio de Jesús hubo de haber durado unos tres años con unas tres —por lo menos— estancias del Maestro Galileo en la Ciudad Santa. De ser así, hay que suponer que Jesús tiene en Jerusalén un grupo de discípulos que junto con una facción de simpatizantes suelen enfrentarse a otro grupo de detractores o, de plano, adversarios: en unos y otros la presencia y la actuación de Jesús han hecho mella y, consiguientemente, ha provocado más de una controversia (J. Gnilka, Jesús de Nazaret. Mensaje e historia, Barcelona 1995).
 
Controversias de las que da buena cuenta el, por ejemplo, capítulo siete del cuarto evangelio: “Los judíos, durante la fiesta, andaban buscándole y decían: «¿Dónde está ése?» Entre la gente había muchos comentarios acerca de él. Unos decían: «Es bueno.» Otros decían: «No, sino que engaña al pueblo»” (vv. 11-13). “Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que este es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es»” (vv. 25-27). “Y muchos entre la gente creyeron en él y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más signos que los que ha hecho éste?» Se enteraron los fariseos que la gente hacía estos comentarios acerca de él y enviaron guardias para detenerle” (vv. 31-32). “Muchos entre la gente, que le habían oído estas palabras, decían: «Este es verdaderamente el profeta.» Otros decían: «Este es el Cristo.» Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?» Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano” (vv. 40-44).
 
Tal es, pues, el ambiente ideológico que contextúa la entrada última y definitiva de Jesús en Jerusalén. En este punto, resulta interesante observar la relación planteada entre Jesús de Nazaret y David y que, de formas y en momentos diferentes, se recuerda tanto en la tradición sinóptica como en aquélla del evangelio de Juan. Y es que David, rey de Israel hacia el año 1000 a.C., es una referencia potentísima de la cuestión mesiánica en tiempos de Jesús y en relación con él mismo.
 
Sin duda idealizado, David es un como paradigma que encarna el deseo mesiánico en tanto que se le recuerda como el liberador por antonomasia de Israel como nación. Desde que Yahvé lo elige por medio del profeta Samuel, David remite, de algún modo, a esa como ruptura de la lógica humana que hace evidente la lógica de Dios: «No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. No es como ve el hombre, pues el hombre ve las apariencias, pero Yahvé ve el corazón». Esta es la palabra de Yahvé a Samuel cuando los atributos de Eliab, hermano mayor de David, hacen pensar al profeta que aquél es el elegido. Hay que traer al hermano más pequeño, que cuida lejos el rebaño, para que Dios decida en contra, insisto, de la lógica humana (1 Sam 16,1-13). Ya en funciones de rey, David consolidó la monarquía aglutinando a las tribus de Israel —siempre prontas a la división— en una nación a la que vino a dotar de un ejército profesional, a más de una capital: Jerusalén, eje administrativo y, a partir del traslado del Arca de la Alianza, centro religioso en una fusión politicorreligiosa genial. Pero, por sobre todo y en términos políticos, David es el gran libertador de Israel en tanto que vencedor de los filisteos, enemigos constantes de entonces (J. A. Soggin, Nueva historia de Israel, Bilbao 1997).
 
No resulta aventurado suponer que lo arriba expuesto flota en el ambiente que rodea esta llegada del Maestro Galileo a, justamente, la ciudad que David fundara, aunque desde entonces se considere a la aldea de Belén como la ciudad de David, lugar teológico del nacimiento de Jesús. Y es que, en sus aclamaciones, el grupo de galileos que acompaña a Jesús y, probablemente, sus simpatizantes jerosolimitanos, hacen según el texto en cuestión —que sigue literalmente a Marcos, mientras Lucas y Juan lo dejan suponer— una referencia abierta a David para subrayar el carácter del mesianismo real que esperan del Maestro Galileo, también contra toda lógica dado el talante que éste ha mostrado a lo largo de su ministerio. Mesianismo real: mesianismo francamente político: como David liberase a Israel de los filisteos, así, análogamente, Jesús de Nazaret habría de eliminar la presencia del Imperio romano. Hay, entonces, una como presión por parte de los seguidores y simpatizantes de Jesús para que éste se involucre francamente en las cuestiones del poder.
 
La respuesta del Maestro Galileo es todo un signo profético que viene iluminado con una referencia del libro de Zacarías (9,9): la elección de un burrito como cabalgadura resulta ser un contrasigno que contesta las esperanzas de un Mesías guerrero —que habría montado un caballo— aunque, sin embargo y de algún modo, acepta la calidad mesiánica en forma pacífica, sí, aunque no apolítica. Y es que en ese como juego de Jesús de aceptar por un lado las aclamaciones como mesías y por otro lado negarlas, hay todo un desafío al poder tanto de las autoridades de Jerusalén como del ocupante romano: a diferencia de ambos que recurren sistemáticamente a la violencia para ejercer el poder, Dios —a partir de Jesús y en él— se proclama como el legitimo detentador y dueño del poder en un horizonte de paz y servicio en pro del bienestar del hombre. La respuesta del poder al desafío de Jesús habrá de ser, ya se sabe, la muerte con la intención de poner el punto final a esta cuestión. No fue así: en un contradesafío a los poderes fácticos de entonces, pero abierto a la historia del poder, es Dios quien ha dicho la última palabra al rehabilitar a Jesús como el Resucitado.
 
«Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!»
 
Jueves Santo
20 de marzo de 2008
 
Jn 12,20-36
Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre».
Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré».
 
 
Una lectura excesivamente simple del itinerario existencial de Jesús de Nazaret —y muy particularmente de su pasión, muerte y resurrección— acabaría arrojando algo así como la percepción de un combate entre el bien, encarnado en Jesús, y el mal, significado por sus adversarios que, en su totalidad, no serían otra cosa que una mera síntesis de la oposición a Dios: sobra decir que semejante lectura no es más que una variante del viejo dualismo que, presente con cierta constancia en la historia de las religiones es, sí, la antítesis del monoteísmo. Ahora bien, es justamente el monoteísmo judío —la expresión, por cierto, más decantada de la fe en un único Dios—el horizonte teológico donde se mueve el Maestro Galileo, llevándolo además a dimensiones inéditas en tanto que el Dios único no es solo ni tanto objeto de culto y explicación primigenia del origen de las cosas, sino un Padre involucrado hasta lo indecible en la historia del hombre para, junto a él, llevar a su plenitud cuanto ha sido creado consiguiendo la unidad fraterna de todos los componentes de la Creación: Dios como el aglutinante lógico y natural del hombre y el cosmos.
 
Hay que decir, entonces y en relación con lo anterior, que el lenguaje del cuarto evangelio tomado en su literalidad y sacado de su contexto propio, supone un riesgo en cuanto que podría percibirse la presencia de Dios en el mundo en una como lucha entre el bien y el mal significado, por ejemplo, en la contradicción que hay entre la luz y las tinieblas. En este sentido, hay que apuntar que no se trata de elementos dualistas sino antitéticos: en efecto, la oposición a la obra de Dios en la que Jesús ha de trabajar —llámese tinieblas, mundo, judíos y más— se limitan a jugar el papel de antítesis para significar con mayor hondura la gloria de Dios, esto es, la presencia de Dios en Jesús, en su obra y en el mundo, destinatario éste ultimo del amor de Dios que lo libera de manera genuina (Jn 3,16; cf. C. H. Dodd, Interpretación del cuarto evangelio, Madrid 1978).
 
En este sentido el evangelio de Juan muestra a Jesús en un enfrentamiento con sus adversarios por la causa de Dios que va in crescendo y que culmina, como en la tradición sinóptica, en la pasión y, particularmente, en Getsemaní, cuando Jesús enfrenta la posibilidad real de seguir adelante con la causa del Reino de Dios —la obra de Dios, como se refiere el cuarto evangelio a la praxis del Reino— o dar marcha atrás negociando un modo de librarse de la ejecución, tomar a sus discípulos, volver a Galilea y mantener la boca callada (cf. E. P. Sanders, La figura histórica de Jesús, Estella 2001).
 
Ahora bien, lo que la tradición sinóptica ha conservado como la oración del huerto, elemento central de la agonía en Getsemaní, vine omitida en el evangelio de Juan: éste, en efecto, se limita a narrar el prendimiento de Jesús con, empero, un elemento que, por su parte, omiten los sinópticos: la presencia en el huerto de una cohorte de soldados romanos. Independientemente de que se tratase efectivamente de una cohorte —speria— del ejército romano que vendría a suponer unos 600 soldados, o bien de un manípulo de 200 elementos, o, simplemente, de una patrulla de unos pocos mílites, su sola presencia en Getsemaní supone el entendimiento previo del Sanedrín con el Procurador romano (cf. R. E. Brown, El Evangelio según san Juan II, Madrid 1999), entendimiento que, a su vez, sugiere que “Caifás y Pilato pensaban que [Jesús] tenía en mente un reino de este mundo y que sus seguidores estaban a punto de atacar al ejército romano” (así E. P. Sanders, op. cit)
 
Percepción ésta de Caifás y Pilato un tanto aventurada, cierto, aunque no del todo gratuita: tanto entre los seguidores como entre los simpatizantes del Maestro Galileo hay activistas radicales que apuestan por imponer el Reino de Dios mediante un movimiento armado: la presencia de espadas en Getsemaní acaba confirmándolo con un testimonio harto valioso en tanto que conservado en los cuatro evangelios (Mc 14,47; Mt 26,51-53; Lc 22,49-51; Jn 18,10-11).
 
Esta percepción de Jesús como líder de un movimiento armado no hace sino acentuar, como elemento de contraste, la manera que el Maestro Galileo entiende este momento: para Jesús ha llegado su hora. Esta hora que viene varias veces mencionada en el cuarto evangelio como el momento del enfrentamiento decisivo y, para Jesús, fatal entre la obra de Dios y los poderes del mundo. Esta hora a la que, según el esquema del evangelio de Juan, Jesús anuncia llegada cuando, luego de haber sido ungido en Betania y entrado a Jerusalén, viene a ser buscado por unos griegos —presumiblemente prosélitos judíos, habitantes de algún lugar de la cuenca del Mediterráneo a los que ha llegado ya alguna noticia del Maestro Galileo— que dirigiéndose a Felipe manifiestan: «Señor, queremos ver a Jesús». Es, entonces, la presencia de estos griegos como una señal del tiempo ya cumplido ante la cual Jesús reacciona con palabras que vienen a ser el equivalente de la oración de Getsemaní de la tradición sinóptica: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre […] Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,20-28).
 
La hora de Jesús de Nazaret, la hora de su glorificación: «Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré». Y si por gloria hay que entender la presencia de Dios ore en el hombre Jesús, ora en el mundo, cuando él pide a su Padre que lo glorifique habrá que entender que pide a su Padre que se haga presente. Presente, pues, Dios como Padre en el enfrentamiento final de Jesús de Nazaret con el adversario, con el maligno, nada abstracto por cierto: la copa que ha de beber el Maestro Galileo una vez tomada la decisión de llevar hasta las últimas consecuencias su decisión y su adhesión a la causa de Dios, la copa que ha de apurar —«La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»— no es otra que enfrentar a ese diablo que ha puesto “en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle” y que tiene un rostro y un nombre bien concreto: es Caifás, en quien se sintetiza la religión que, pervertida, se pone al servicio del poder; es Pilato, que representa la miseria ética de los pocos poderosos que lo son a costa de los más.
 
Para sus discípulos, la hora de Jesús continúa aún: la copa todavía está servida. ¿No la vamos a beber?
 
«…lo entregó para que fuera crucificado»
 
Viernes Santo
21 de marzo de 2008
 
Jn 19,1-22
Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; 3 y, acercándose a él, le decían: «Salve, rey de los judíos.» Y le daban bofetadas.
Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.» Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre.» Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo no encuentro en él ningún delito.» Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.»
Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.»
Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César.» Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro rey.» Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!» Les dice Pilato: «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César.» Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos.» Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy rey de los judíos’.» Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito.»
 
 
Los evangelios sinópticos son sobrios —se diría que elegantemente sobrios— cuando hablan de la crucifixión de Jesús de Nazaret: no lo es menos el cuarto evangelio cuando, con parquedad, relata: “Entonces [Pilato] se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron…” (Jn 19,16-18).
 
Es cierto que para cualquier habitante del mundo mediterráneo del siglo I resulta más que suficiente escuchar el término crucifixión para entender de qué se trata: y es que Roma vino a adoptar este tipo de ejecución —probablemente originado en Persia o en Egipto varios siglos atrás y caracterizado por una crueldad refinada— para acabar con cualquier habitante de los países ocupados por el imperio que de alguna manera se opusiera a él, siempre y cuando no fuse ciudadano romano: a estos estaba reservado el ¿honor? de morir por espada. Tomando en cuenta, además, el numero elevadísimo de crucifixiones ocurrido en la Palestina de entonces por, justamente, un también elevadísimo número de inconformes con la dominación romana, o de plano rebeldes a ella, se entiende que los evangelios resulten estar más interesados por las causas y las circunstancias que rodean a la crucifixión del Maestro Galileo y, posteriormente, por la interpretación teológica que se derivase de lo que acabó siendo la muerte del Mesías, impensable, por cierto, en un primer momento.
 
Hay que ir, entonces, al cuarto evangelio para una primera aproximación histórica de la muerte de Jesús. Y es que el evangelio de Juan, aún siendo el último en ser redactado y por consiguiente sujeto a mayor interpretación de los hechos de Jesús de Nazaret, conserva, paradójicamente si se quiere, algunos rasgos más cercanos a lo sucedido en relación con el Maestro Galileo (cf. C. H. Dodd, La tradición histórica en el cuarto evangelio, Madrid 1978). En efecto y en el capítulo undécimo (vv. 45-54) del evangelio de Juan se dice que: “Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.»  Pero uno de ellos, Caifás, que era el sumo sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.» […] Desde este día, decidieron darle muerte. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y allí residía con sus discípulos”. Lo anterior refiere los motivos de las autoridades religiosas de Jerusalén que, de un modo por demás nada casual, vienen a coincidir con los intereses de Pilato o, lo que es lo mismo, con los intereses del imperio romano.
 
Ahora bien, este Pilato es conocido, aparte de los relatos evangélicos, tanto por una carta que Filón de Alejandría (20 a.C.-50 d.C.) enviase al emperador romano denunciando: “los sobornos, los robos, los insultos, los atropellos y daños sin motivo, las reiteradas ejecuciones sin juicio, la crueldad continua y sumamente severa” del procurado de marras (Embajada a Gayo, 302), como por Flavio Josefo (37-101 d.C.) que informa que acabó siendo destituido de su cargo a causa de ejecuciones masivas e imprudentes (cf. Antigüedades judías 18,88s). Así se decidió —¿qué juicio hubo?— la crucifixión de un judío más: ¿acaso un administrador romano, sobre todo en las fronteras del Imperio, no trataba a los miembros de la nación sometida como le diera la gana? (cf. E. P. Sanders, La figura histórica de Jesús, Estella, 2001). Es, pues, el hecho que “los romanos fueron últimamente los que hicieron morir a Jesús, y de que la acusación formulada contra él fue de carácter político: alterar el orden político y público que el Estado romano debía garantizar. Porque todas las crucifixiones de que tenemos noticia, desde la época de los procuradores hasta la guerra judía en Palestina, se hicieron por razones políticas.” (así. J. Gnilka, Jesús de Nazaret. Mensaje e historia, Barcelona 1995).
 
Vale entonces preguntarse si la insistencia, a partir del dolor de Jesús crucificado, en el sufrimiento como un valor en sí —alimentado por un recuerdo insano de los detalles más ínfimos del suplicio de la cruz— no es consecuencia de una mistificación para ignorar el contexto sociopolítico de la pasión del Maestro Galileo por las implicaciones que, con plena vigencia, tienen todavía en intereses muy semejantes a los que entraron en juego en la muerte de Jesús.
 
Dios como garante de la praxis de Jesús
 
La Resurrección del Señor
23 de marzo de 2008
 
Mt 28,1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.’ Ya os lo he dicho.» Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos.
En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Salve!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»
Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Éstos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos.’ Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones.» Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.
 
 
Si bien es cierto que en el relato de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret los cuatro evangelios guardan similitudes particulares, no es menos cierto que cada evangelio aporta al relato en cuestión el matiz teológico propio que hace que cada una de las redacciones sinópticas, y más todavía aquélla del cuarto evangelio, resulten diferentes. En el caso de Mateo se advierte un interés marcado por explicitar la presencia del Dios de Israel —del Dios único— con, por ejemplo, las así llamadas citas de cumplimiento en las que se asocia algún rasgo de la praxis de Jesús de Nazaret con textos del Antiguo Testamento acompañados, casi siempre, con la frase “para que se cumplieran las Escrituras”, o bien “para que se cumpliese lo dicho por el profeta”, y así, buscando, insisto, evidenciar que tanto lo dicho como lo hecho por el Maestro Galileo responde a la decisión, a la voluntad de Dios. La explicación de esta particularidad quizá se deba, como sostienen aún muchos estudiosos, al hecho de que el evangelio de Mateo tiene como destinatarios a judeocristianos en los que la fe monoteísta está ya cimentada, o bien que se generó en comunidades de origen judío, que dejan así el testimonio de su comprensión de Jesús (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo I, Salamanca 2001).
 
De ahí que en la narración de la pasión de Jesús según Mateo, en un correlato de su esquema teológico, el nombre de Dios —y, por consiguiente, su involucramiento con lo que sucede al Maestro Galileo— se lea, también, con más frecuencia. Así, en Getsemaní, en el momento del prendimiento, al reconvenir a quien atacase con una espada a alguno de los captores, Jesús hace mención de “más de doce legiones de ángeles” que su Padre pondría a su disposición para defenderlo: si no lo hace es, justamente, para que se cumplan las Escrituras. Luego, durante el juicio del Sanedrín, el Sumo Sacerdote apela al Dios vivo para instar alguna respuesta de Jesús. Cuando, posteriormente, los juzgadores agreden a bofetadas a Jesús, se dirigen a él como Cristo, así fuese en son de burla. Ya ante Pilato, Dios, que suele hablar a los hombre en sus sueños, lo hace por medio de la esposa del procurador mientras éste juzga. Por último, en las befas al crucificado, alguien dice: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,43).
 
Está, pues, en la misma lógica el que la resurrección de Jesús venga relatada en Mateo envuelta en, precisamente, una teofanía. Y es que, a diferencia de los otros tres evangelios que narran el hallazgo del sepulcro vacío sea por varias mujeres —tal Marcos y Lucas—, sea por María Magdalena —así Juan—, las mujeres, que en el relato de Mateo no van con intención de ungir el cuerpo de Jesús sino solo de visitar su tumba, presencian como, en medio de un terremoto, rueda la piedra que sella el sepulcro por obra de un ángel del cielo con aspecto del “relámpago y su vestido blanco como la nieve”. Sentado luego en la piedra del sepulcro, el ángel anuncia un mensaje de parte de Dios: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.’ Ya os lo he dicho.»
 
No hay duda, evidentemente, que se trata de una teofanía: las manifestaciones de la presencia directa e inmediata de Dios en el horizonte teológico de la Biblia vienen, desde el Antiguo Testamento, acompañadas por fenómenos tales como terremotos, voces, relámpagos, luces de gran intensidad y más. Añádase que, para el siglo I, el desarrollo del concepto de ángel —aggelos: mensajero— tiene una gran importancia en cuanto que viene a llenar la enorme brecha que la sacralidad del judaísmo oficial ha puesto entre Dios y el hombre, a tal punto que, cuando se trata de un ángel en el Nuevo Testamento, puede entenderse que se trata de un como sustituto para referirse al mismísimo Dios (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998). Así, cabe afirmar que la visión que contemplan las mujeres en el sepulcro de Jesús es, ni más ni menos, de Dios que personalmente, por así decir, remueve la puerta de la muerte para evidenciar vacío el lugar de los muertos donde fuera puesto el cuerpo de Jesús.
 
Ahora bien, vale recordar que Mateo entrevera en su relato de la muerte y resurrección de Jesús una historia sobre algunos soldados que las autoridades judías piden a Pilato en previsión que los discípulos robasen el cuerpo del Maestro Galileo, asunto que habrán de sostener posteriormente con base en el testimonio que estos guardias falsearan por soborno, ya que durante la teofanía “los guardias, atemorizados ante él [ángel], se pusieron a temblar y se quedaron como muertos” (cf. Mt 27,62-66; 28,4.11-15). En el entendido de que los tales guardias fuesen soldados romanos y por acabar siendo representantes de las dos instancias —autoridad judía y romana— que condenasen y ejecutasen a Jesús, resultan privados de participar de la visión de la resurrección y, por tanto, del testimonio de ella.
 
Es así que —como en Marcos, Lucas y Juan— en Mateo son las mujeres judías las testigos privilegiadas de la reivindicación que Dios hace de una manera particularmente franca del crucificado: testimonio que, validado por los discípulos, dado que en el horizonte cultural del mundo judío del siglo I sólo cuenta el testimonio de los varones, afirma y sostiene que Dios mismo en forma directa e inmediata se hace garante de la praxis de Jesús de Nazaret, como diciendo: cuanto ha hecho el Maestro Galileo en mi nombre, cuanto ha dicho de mí, es la palabra última y definitiva, la única palabra verdadera sobre Dios, muy por encima de cualquier otra, al punto de que los Evangelios resultan ser el lugar propio desde donde los discípulos de Jesús leen las demás Escrituras, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, sin concederles un valor igualitario a aquél propio de los mismos Evangelios; desde donde los discípulos de Jesús de Nazaret cuestionan cuanto del Maestro Galileo se diga desde cualquier tradición —aún la más piadosa y santa— si ésta no coincide con el Evangelio del que Dios es garante; desde donde los discípulos de Jesucristo dicen al mundo una palabra ora de crítica, ora de inspiración y esperanza.
 
El Espíritu de Jesús en sus discípulos
 
2° Domingo de Pascua
30 de marzo de 2008
 
Jn 20,19-31
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Dícele  Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
 
 
En la tradición del cuarto evangelio, el don del Espíritu Santo sucede —dentro de la lógica no solo del evangelio según Juan, sino también dentro de la lógica de la realidad cristológica del mismo Espíritu Santo— el día de la Resurrección, según el texto que me ocupa. Todo indica que el relato en cuestión conserva una tradición más antigua que, por ejemplo, aquélla narrada en Hechos de los Apóstoles (2,1-13) donde se articula en diferentes elementos y episodios la realidad unitaria de Resurrección-efusión del Espíritu. Y es que, como expresa la fórmula trinitaria —que surge muy posteriormente al Nuevo Testamento como un intento de aproximación a la revelación de Dios— se trata de una única e indivisible realidad .
 
Es, precisamente, el evangelio de Juan el que más habla del Espíritu relacionado con Jesús: desde el testimonio del Bautista al principio del texto: “Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él» (Jn 1,32), pasando por la  exclamación del Maestro Galileo recordada en la fiesta de las Tiendas: “El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: «Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva.» Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39), siguiendo por las promesas del Espíritu en los llamados discursos de despedida en los capítulos 14 a 17 del texto en cuestión, hasta, finalmente, el soplo del Resucitado sobre los suyos al reencontrarlos en, insisto, el mismo día de la Resurrección.
 
Jesús, pues, no sólo es portador del Espíritu, sino que lo confiere: es necesario para experimentar un nacimiento nuevo (Jn 3,5); a partir de Jesús, el Espíritu es la referencia para la relación entre Dios y el hombre (Jn 4, 23); y, por último, el Espíritu es el poder que actúa en la continuidad de la praxis del Maestro Galileo al tiempo que fuente de la autoridad recibida por los discípulos: para decirlo con palabras de Charles K. Barret: “Jesús personalmente se comunica y se entrega a sus discípulos en la persona del Espíritu Santo” (cf. El evangelio según Juan, Madrid 2003).
 
Ahora bien, el don del Espíritu en la tradición del cuarto evangelio tiene una intencionalidad muy específica: la continuidad de la obra del Maestro Galileo, sí, pero con las mismas características con que él mismo la hiciera y que se sintetizan en el mandato que acompaña el envío que Jesús hace de los suyos: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Conviene, pues, una aproximación a lo que el evangelio de Juan entiende por pecado, perdón y retención con, desde luego, referencia a la praxis del propio Jesús.
 
El término griego que la lengua castellana traduce como pecado es hamartía y se refiere, en el sentido más amplio, al yerro cometido por el hombre ora por error, ora por culpa, tomando en cuenta, además, las condiciones del yerro en sí. Hay ciertamente toda una evolución del concepto en la teología del Nuevo Testamento que acaba relacionando el yerro como un acto contrario a la voluntad de Dios, aunque con la tendencia a justificar, en cierta forma, a quien lo comete: y es que el perdón de Dios se hace presente en forma continua, pronto a rehabilitar a quien cae en algún error. Vale apuntar que no está presente aún el pensamiento que relaciona el pecado tanto como una ofensa directa a Dios, cuanto como una situación que, además de afectar al hombre en sí, acaba lesionando el buen funcionamiento del colectivo al que pertenece al punto que podría decirse que Dios toma como suya la ofensa en tanto que se hace solidario con la suerte de sus criaturas (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Correlativamente, el término griego que dice perdón —afiemi— significa, en una primera aproximación, dejar ir, permitir, soltar, deshacer. Y es que el perdón es entendido, más que como el pago de la culpa y su consiguiente cancelación, como el desatar, el soltar las amarras que atan al hombre al pecado, como devolverle su calidad de criatura —de imagen y semejanza del creador— como, insisto, una rehabilitación, por cierto gratuita de parte de Dios y a la que es instada a participar la comunidad afectada: «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14).
 
Hay, empero y muy particularmente en Jesús de Nazaret, una invitación fortísima al hombre de parte de Dios de ponerse en camino de conversión a partir del reconocimiento de sus ataduras —sus pecados—. Reconocimiento que se deriva no tanto de un acto de la voluntad, sino de un acceso al estado de lucidez que produce el conocimiento y la relación con Jesús: en tanto que revelador de la genuina voluntad de Dios, Jesús de Nazaret revela, también, la realidad más profunda del hombre abriendo a éste un camino de liberación de cuanto le ata para ser pleno en sí y fraterno con los demás. Cabe, lamentablemente, una negativa humana a aceptar la realidad propia maniatada: en tal caso, habrá que retener el yerro humano en espera de la conversión. Ahora bien, ese retener —krateo— no supone tanto una condenación cuanto una denuncia: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16; cf. H. Balz y G. Schneider, op.cit.).
 
Y es precisamente esto, la retención —la denuncia— de los yerros que inhiben el bienestar que Dios quiere para sus criaturas, la parte más difícil del encargo de Jesús a sus discípulos que, sin embargo, es imposible soslayar. Habrá entonces que mirar cuidadosamente cómo el Maestro Galileo retiene el pecado, cómo lo denuncia y, por sobre todo, qué es lo que él retiene y denuncia para no caer en un subjetivismo ético y declarar como pecado imperdonable lo que incomode ya al establishment sociorreligioso, ya a un cierto moralismo pacato que suele tener raíces en alguna deficiencia psicológica. 
 
«Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Una mirada, así sea somera, al capítulo octavo del cuarto evangelio —y, desde luego, a los evangelios todos, y al conjunto del Nuevo Testamento— ha de proporcionar a los discípulos de Jesús la orientación más precisa de qué es lo que hay que retener para cumplir a cabalidad la encomienda del Maestro y denunciar como inadmisible todo, absolutamente todo, lo que se oponga al Evangelio: sea lo que sea y esté donde esté.
 
Jesús se hace presente en la mesa cotidiana
 
3° Domingo de Pascua
6 de abril de 2008
 
Lc 24,13-35
Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: «¿De qué discutís por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido.
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos.  Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.
 
 
No es difícil constatar que la comida es un elemento constante en el culto a lo largo de la historia de las religiones: sea como oblación consumida por el fuego, sea como sacrificio que, luego de ofrecido a la divinidad, viene a ser tomado como alimento por los oferentes. De suyo, en el Antiguo Testamento hay recuerdos de tales rasgos religiosos: “Caín hizo a Yahvé una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño y de la grasa de los mismos” (Gn 4,3-4)). Hay, empero, paralelo al surgimiento del yahvismo —esto es, al nacimiento de la conciencia de un único Dios: del monoteísmo más puro de Israel, pues— una ceremonia harto particular que, sin ser estrictamente un rito, remite a la memoria del Dios único empeñado en la gesta liberadora del Éxodo: se trata de la comida de la Pascua, en la que los alimentos no tienen tanto carácter de ofrenda a Yahvé, cuanto componentes de una comida que al tiempo que festiva, está preñada de un profundo sentido teológico en cuanto memorial de la acción de Dios que fuera la razón de ser de Israel.
 
La genialidad teológica de la cena de Pascua consiste, entonces, en la desacralización de los actos humanos referidos a Dios: en tanto que memoria histórica de una parte y, por otra parte, fiesta familiar nacional por antonomasia, la celebración de la Pascua toma distancia de lo que, en términos generales, se entiende por culto a lo sagrado-divino para pensar en Dios —y festejarlo— como el radicalmente involucrado con la suerte del hombre. La potencia teológica de la cena pascual vino a resultar de una dimensión tal que, hacia el siglo I a.C., la institución del Templo —por instancias ¿y conveniencias? de la monarquía— con su correlato de culto y sacerdocio y la consiguiente sacralización de Dios, nunca pudieron sustituir la cena pascual: ésta, de índole familiar y en cierto sentido laica —por oposición al sacerdocio judío— vino a seguir siendo la celebración cumbre del Dios de Israel. Más aún, una vez destruido el Templo, que en relación con la Pascua se limitaba a ser el lugar del sacrificio del cordero, el judaísmo ha continuado la comida pascual como, no cabe duda, el aglutinante y el soporte de su identidad sociorreligiosa (cf. R. Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, Madrid 1999).
 
Tal es el contexto de las muchas comidas en las que Jesús de Nazaret participara ora como comensal, ora como anfitrión, según recuerdan los Evangelios. Tal es, también, el contexto de la comida que el Resucitado compartiera con los discípulos de Emaús, según el texto que me ocupa.
 
En la Palestina del siglo I —como muy probablemente en todo el mundo mediterráneo de entonces— se estila tomar dos comidas al día: una más bien ligera, al comenzar el día, y otra, la principal, de contenido más fuerte, por la tarde, después de la caída del sol. Se come, al uso helénico-romano, recostando el cuerpo sobre el lado izquierdo, sosteniendo en, precisamente, la mano izquierda un plato y dejando la mano derecha libre para tomar los alimentos y llevarlos a la boca. El mobiliario y el espacio para las comidas varía, lógicamente, según los recursos: las clases acomodadas y, más aún, las adineradas, disponen de una sala llamada triclinium por, precisamente, los muebles donde se acomodan los comensales: se trata de una especie de divanes generalmente agrupados de tres en tres y con diferentes alturas, siendo el diván central del triclinio el lugar principal. Los triclinios se acomodan en torno de una mesa central, circular de unos 50 cms. de diámetro donde los sirvientes van colocando, sucesivamente, los alimentos que, a su vez y junto con las jarras para servir las bebidas, se acomodan en otra mesa, ésta adosada a una pared y sostenida por una columna.
 
Las clases menos favorecidas que, en general, habitan en las aldeas de la zona rural, toman los alimento del mismo modo, pero acomodados en esteras puestas sobre el piso y alrededor de otra estera a modo de mesa donde se colocan los alimentos sobre tortas de pan que hacen las veces de platos. La calidad y el tipo de los alimento y las bebidas, como es de suponerse, varían según el segmento social: dejando a salvo las prescripciones en relación con la pureza, van dese carne de corderos, reses y aves hasta el tradicional guiso a base de lentejas, unas pocas verduras y algo de queso. El vino es de uso más común: presente habitualmente en las mesas ricas, para los pobres es bebida de fiesta: todos, empero, suelen tomarlo rebajado con agua a causa de su aspereza y los grumos que suele tener (cf. J. González Echegaray, Arqueología y evangelios, Estella 1994).
 
Es harto razonable suponer que Jesús de Nazaret supo participar de ambos tipos de mesa.
 
Hay, con todo, un rasgo que viene a ser observado por todos los judíos, independientemente del grupo social al que pertenezcan: la bendición de la mesa, o más precisamente, la bendición inicial del pan hecha ya por el paterfamilias, ya por el anfitrión: “Al comienzo de la comida se levanta el padre de familia, coge una torta de pan (casi siempre aplanada y blanda) y pronuncia sobre ella una bendición, [luego] parte un trozo de esa torta de pan para cada uno, que pasa de mano en mano para ser entregada a los que están sentados lejos. Luego parte un trozo de pan para sí mismo y come: es la señal para que todos comiencen la comida […] El trozo de pan ofrecido a cada uno […] representaba la transmisión salvífica de la bendición a todos los comensales”. (así H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Hay entonces que inferir que, así como Israel llena del contenido teológico de la dimensión liberadora del Yahvé del Éxodo lo que fuera en otras religiones una mera comida sagrada subrayando así el involucramiento de Dios en la historia del hombre, así Jesús de Nazaret —con una fuerza más intensa de desacralización de los signos que relacionan al hombre con Dios— hace de la fracción del pan que inicia la comida de entonces el signo de su presencia, como lo descubrieran los de Emaús, que conlleva necesariamente la presencia del Evangelio, según el cual el Yahvé de Israel —a quien el Maestro Galileo llama y enseña a llamar Padre— no sólo está involucrado en la historia del hombre sino en su mismísima cotidianidad. Queda a la responsabilidad de los discípulos de Jesús mantener la diafanidad del signo sencillo y bello que el Maestro dejara para estar presente en el mundo: no sea que algún interés quiera encerrar al Resucitado en la esfera de lo sacro para alejar su presencia inspiradora y crítica de la vida de los hombres.  
 
El pastor, el portero y el ladrón
 
4° Domingo de Pascua
13 de abril de 2008
 
Jn 10,1-10
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador;  pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.
Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.»
 
 
Es cosa de ver, en una aldea mediterránea, la llegada de las ovejas al caer la tarde. Y es que cuando se trata de un colectivo pequeño, al comenzar el día, los distintos rebaños salen juntos, guiados por uno de los pastores que, por turnos, apacienta a todas las ovejas. Al caer la tarde los balidos anuncian el retorno de los rebaños: entonces cada uno de los amos, como pastor-portero, puesto de pie y un lado de la entrada, abre la puerta del redil y, de un modo fascinante para los ojos de un extranjero nada familiarizado con la cría de corderos, las ovejas van entrando a su propia casa, por así decir, a su redil, sin equivocarse casi y, en todo caso, la voz del pastor-portero acaba guiándolas a su puerta. 
 
Es también cosa de ver, junto a la ribera de un río mediterráneo, al pastor y su rebaño caminando juntos, siempre acompañado por uno o dos perros ovejeros que, ora brincando y ladrando de modo festivo, ora gruñendo con una muy fingida mala catadura, a veces cansinos, ayudan al pastor a cuidar que las ovejas no se dispersen ni se rezaguen. Cuando el pastor, que siempre marcha al frente del rebaño, se detiene para un descanso —o para responder las preguntas de alguien que, ignorante de las artes del pastoreo, quiere, con avidez, saberlo todo— ovejas, perros y pastor se mezclan, cerca unos de otros, muy juntos, se diría que como amigos, más aún, como una familia, como seres que se saben conocidos y queridos, unidos de manera sencilla y natural por el caminar cotidiano en busca de los mejores pastos para el rebaño: entones y para hacer honor al Evangelio, el pastor dice algún nombre que viene a ser respondido por un balido.
 
Y aunque es cierto que las imágenes arriba descritas corresponden apenas al siglo pasado, bien pueden contextuar el capítulo décimo del cuarto evangelio, del cual un fragmento me ocupa hoy. Y es que la gente que trabaja en el medio rural tiene un sentido de continuidad histórica raro, o de plano perdido, en los urbanitas. Acusados tanto por la izquierda marxista como por la derecha capitalista —o neoliberal, que se oye menos feo— de conservadores y, correlativamente, reacios al cambio, llamados estorbos del progreso y destinados por las teorías económicas de ambos signos a ser subsumidos en los procesos de producción en serie y, correlativamente, condenados al consumo irracional, los campesinos, insisto, más que conservar por inercia, continúan —con una sabiduría que desafía cualquier modernidad— formas y métodos de trabajo que, además de cuidar el medio ambiente por un conocimiento derivado de su mirada fraterna a la tierra, a las plantas y a los animales, enriquecen la mirada al pasado: en este caso a un pasado vivido por Jesús de Nazaret y del que toma referentes para hablar de sí mismo y de Dios.
 
Resulta casi obligada la referencia al capítulo 34 del Libro del Profeta Ezequiel cuando, en el evangelio según Juan, se escucha a Jesús hablando de sí mismo ya como puerta del redil, ya como pastor. Y es que en el texto de Ezequiel viene, después de una denuncia harto severa contra los malos pastores, el anuncio esperanzador de que habrá de ser el mismísimo Yahvé quien, haciendo las veces de pastor, cure las heridas que a Israel han causado sus dirigentes inicuos y le devuelva el bienestar que éstos le han robado. Porque es, ni más ni menos, contra los dirigentes del pueblo a quien va dirigida la protesta y la censura de un Dios que, no sólo no soporta la injusticia, sino que está siempre decidido a ponerle fin (cf. G. von Rad, Teología del Antiguo Testamento II, Salamanca 1973).
 
Ahora es Jesús de Nazaret quien se hace cargo del rebaño de Dios con un sentido que rebasa el nacionalismo propio del Antiguo Testamento. El recuerdo de esta toma de posición del Maestro Galileo inicia en los versículos 1-5 del capítulo mencionado con lo que viene a ser la única parábola llamada como tal en el cuarto evangelio, aunque vale apuntar que el término usado no es el parabolé de la tradición sinóptica, sino paroimia que hay que entender como proverbio, sentencia metafórica o palabras enigmáticas (así H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998). Sea como fuere, la comparación queda bien establecida con la comparación  entre el pastor y el ladrón, con la que Jesús denuncia al estilo profético —como lo hiciera Ezequiel— a los malos dirigentes del rebaño de Dios para, luego, proponerse a sí mismo como la referencia absoluta: la manera con que Jesús se relaciona con sus discípulos y con el mundo viene a ser el único paradigma válido de la relación entre los cristianos, sí, pero también entre los hombres todos. Y es que la mirada del Maestro Galileo no se limita a sus seguidores: su interés, como bien lo subraya el evangelio de Juan, es el mundo (cf. C. H. Dodd, La interpretación del cuarto evangelio, Madrid 1978).
 
Hay, empero, un criterio harto interesante y bien explicito para definir al buen redil y su portero, pero sobre todo al pastor y al ladrón: la respuesta de las mismas ovejas. Es, justamente, la actitud que las ovejas toman lo que permite distinguir al pastor legítimo del ladrón o del pastor asalariado —más interesados éstos últimos ya en los beneficios que puedan arrebatar, ya en el dinero de la paga, que en el bienestar del rebaño—: es, de algún modo, la escucha de la voz del pastor y el seguirlo lo que le da legitimidad como pastor. Siendo así, habrá que estar atento a todas, absolutamente todas las ovejas: no sólo a aquellas que por su gordura o por su abundancia de lana prometen una recompensa apetecible: también los balidos de las ovejas más pequeñas, más inadvertidas, más pobres y canijas son parte del rebaño.
 
Es cierto que la comunidad de los discípulos de Jesús de Nazaret no es una democracia —la Iglesia es, con mucho, más que una mera forma de gobierno, mucho más que el mero ejercicio de la autoridad— pero la actitud, la respuesta de las ovejas es definitoria: es lo que, a fin de cuentas y dentro de la praxis concreta y cotidiana del Evangelio, confiere legitimidad a los responsables o, mejor, a los servidores: a los pastores que, lejos de medrar o regodearse en el manejo o la manipulación del rebaño, lo sirvan al punto de dar la vida por él. Y la vida se da, no únicamente derramando la sangre en combate con el lobo, sino sobre todo día a día, en la relación fraterna, cercana, cotidiana, natural y sencilla al punto de confundirse con las ovejas. Así y en la medida que los pastores y el rebaño de Jesucristo reflejen el evangelio, podrán ser una propuesta crítica al ejercicio del poder en cualquier ámbito de la vida humana.
 
«En la casa de mi Padre hay muchas estancias»
 
5° Domingo de Pascua
20 de Abril de 2008
 
Jn 14,1-12
«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.»
Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.»
Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.»
 
 
Tal vez no pueda afirmarse que la idea de la vida después de la muerte es tan antigua como el hombre mismo. Con todo cuando, entre 70,000 a 50,000 años a.C., aparece el así llamado hombre de Neandertal se encuentran, junto con otros vestigios de su vida cotidiana, tumbas o enterramientos que tienen que ser entendidos como un testimonio fáctico de la creencia de la vida después de la muerte: los muertos son, entonces, cuidadosamente inhumados en pequeñas cámaras de piedra, en postura durmiente y acompañados de utensilios de piedra, quizá armas de materia orgánica a más de trozos de carne como ¿provisiones de viaje?
 
Solamente es posible especular, a partir de los hallazgos arriba mencionados, la idea de ultratumba subyacente a los tales enterramientos: ¿se trata, acaso, de una especie vida en el inframundo, en las profundidades de la tierra, donde tiene su asiento alguna deidad? Lo que es cierto es que en la medida que la cultura humana va sumando más elementos —aumentando en complejidad, pues— el fenómeno religioso, como correlato o como motor, se va enriqueciendo con, también, elementos más complejos no sólo ni tanto materiales, cuanto en el ámbito de la ideas (cf. H. Küng, ¿Vida eterna?, Madrid 2000).
 
El surgimiento del monoteísmo en Israel marca, sin duda, un hito sin precedentes en el pensamiento religioso en tanto que la idea de un único Dios viene a ser más un salto cualitativo que la consecuencia lógica de la evolución del pensamiento humano. El correlato del monoteísmo en lo que se refiere a la idea de la vida después de la muerte resulta ser, en cambio, un largo proceso harto atestiguado en el Antiguo Testamento: a partir de la idea de que la vida humana no termina con la muerte, el pensamiento bíblico camina desde el concepto del sheol —un como inframundo donde el hombre, sin ser aniquilado, pierde la cualidad que lo hace humano en plenitud— hasta la idea de la resurrección como una continuidad de la vida presente en otra dimensión (cf. R. Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, I y II, Madrid 1999).
 
Vale apuntar que, para el tiempo de Jesús de Nazaret, el desarrollo del concepto de resurrección como vida después de la muerte está en plena efervescencia : más aún, es el punto de controversia decisivo entre fariseos y saduceos, grupos dominantes que son en el pensamiento teológico de entonces:”Se le acercan unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaban…” (cf. Mc 12,18-27). Sobra decir que el Maestro Galileo abrazó la corriente teológica que sostiene la resurrección y ¡qué duda cabe! vino a enriquecerla en tanto que la lleva a dimensiones que, como el caso del monoteísmo en Israel, suponen un salto cualitativo del pensamiento, punto privilegiado donde, por cierto, se habla teológicamente de revelación. Pues bien, uno de los recuerdos más entrañables de Jesús hablando de la vida después de la muerte que los evangelios conservan es, justamente, el texto que me ocupa donde el Maestro Galileo habla de la resurrección como un habitar en la casa del Padre.
 
En cuanto a la primera referencia, la casa en la Palestina del siglo I varía —como en todo lugar y tiempo— de acuerdo a las posibilidades del propietario. Así, campesinos, pescadores, artesanos y, en general, gentes de zonas rurales, viven en complejos que constan de varias unidades adosadas y que rodean un patio: las casas en sí, los almacenes, los muros y otras dependencias dejan lugar a una sola entrada por la que se accede al patio que viene a ser el centro de la vida familiar: allí se cocina, se hila, se socializa en fin. La construcción es modesta: unas filas de piedra sirven de cimiento paredes de barro apisonado que, a su vez, sostienen techumbres de vigas como base de un entramado de cañas aglutinado con, también, barro.
 
En un punto medio están las construcciones de dos plantas de piedra basáltica sin revocar. En la primera suele haber dos cuartos: uno de usos múltiples donde se cocina, se come y se está;  y el otro, donde se almacenan aperos o artilugios de pesca. Al segundo piso se accede por una escalera de madera: en él está la estancia común donde se duerme sobre jergones. Finalmente están las casas de corte romano organizadas en torno a un peristilo o patio central alrededor del cual se sitúan las estancias. La dependencia  principal, mayor con mucho que las demás, es el comedor— triclinium—. Las otras estancias son alcobas, salas de baño, despensas y más. La construcción es de piedras sillares de buen tamaño, estucadas y adornadas con temas florales o geométricos. No es raro que el comedor luzca un mosaico de buena factura (cf. J. L. Reed, El Jesús de Galilea, Salamanca 2006).
 
Sea como fuere, la casa remite al espacio cotidiano donde se desarrollan las relaciones humanas más próximas y sensibles: desde la intimidad del matrimonio hasta la fraternidad de los hermanos pasando por las relaciones paternas-maternas y filiales. La casa es, también, el lugar de acogida por excelencia: la participación en la mesa acaba generando la experiencia de la comensalidad, experiencia que, por cierto y según la tradición sinóptica, vino a ser como el rasgo distintivo de Jesús en la praxis del Reino de Dios.
 
Con todo, la referencia central es el padre, que en la Palestina de entonces es el centro indiscutido de la familia. Merecedor de todo respeto, el padre tiene la responsabilidad total del bienestar de los suyos: se ha de ocupar no sólo de la manutención de los suyos, sino de la educación en los términos que correspondan a ya a los hijos, ya a las hijas, aunque de éstas últimas se responsabiliza  más bien la madre. El padre ha de velar del honor de la familia y encauzar a los hijos a una profesión digna y dotar a las hijas lo necesario para conseguir un buen matrimonio (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Tomando en consideración el uso que Jesús de Nazaret hace del término Padre para referirse a Dios que, aún tenga algunos precedentes en el Antiguo Testamento, no deja de ser inusual por su connotación de intimidad, la idea de la casa del Padre como horizonte final y absoluto del hombre rebasa con mucho cualquier expectativa de vida después de la muerte, no sólo en el tiempo mismo de Jesús, sino en una actualidad signada por elaboraciones teológicas que remiten más a conceptos filosóficos que al Evangelio en sí. Y puesto que la idea del destino final del hombre impacta su realidad socioeconómica inmediata en tanto que, en muchos sentidos, el respeto a su dignidad depende de la idea que se tenga de su futuro absoluto, habrá que insistir en la dimensión de la dignidad que confiere el mero deseo de Jesús de Nazaret de que los suyos vivan para siempre en la casa del Padre: «para que donde esté yo estéis también vosotros». Y es que no es lo mismo un alma inmortal, que un comensal sentado para siempre en la mesa de Dios.
 
Jesús con los suyos por la causa de Dios
 
5° Domingo de Pascua
27 de abril de 2008
 
Jn 14,15-21
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»
 
 
No cabe el menor asomo de duda de que para Jesús de Nazaret la causa de Dios —que además él mismo vino a fusionar con la causa del hombre al punto de hacerlas indistinguibles— es su razón de ser, más todavía, es lo que hace de él un ser humano unitario, sin resquicio alguno: el paradigma más acabado, la referencia absoluta del anhelo constante del hombre fragmentado. Llamada Reino de Dios en la tradición sinóptica y obra del Padre en la tradición juanina, la causa de Dios en la que, insisto, Jesús imbrica la causa del hombre, orienta los hechos y las palabras —la praxis, pues— del Maestro Galileo tal como vienen conservadas en los Evangelios. Pero también signa las relaciones que Jesús hiciera con sus contemporáneos ora de modo circunstancial, ora de manera permanente tal el caso de la elección de sus discípulos.
 
En relación con esto último Marcos conserva un dato harto revelador: “Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”. (Mc 3,13-14), donde vale subrayar la secuencia “estar con él” y “enviarlos a predicar” en tanto que revela la percepción de Jesús en relación con el discipulado. Con una connotación de mayor intimidad, el cuarto evangelio refiere el encuentro de Andrés y un otro discípulo con el Maestro Galileo: “Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir ‘Maestro’— ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día.” (Jn 1,35-39).
 
Todo lo anterior es para sostener la afirmación de que Jesús de Nazaret, al elegir a los continuadores de su causa, no busca simples ejecutores de un programa dado, menos aún funcionarios y, mucho menos, empleados asalariados: la relación entre el Maestro Galileo y sus discípulos viene vinculada por el amor, entendido éste no tanto como un sentimiento cuanto como una decisión: no es eráo con significado de intimidad sexual y atracción por lo bello, ni filéo que refiere el afecto familiar y el gusto por las cosas, sino agapáo que dice la relación serena de aprecio y aceptación amistosa, y en cuanto viene a traducir el hebreo dabaq, que literalmente significa “pegarse a”, tiene connotación de adhesión y de fidelidad, el verbo usado en el texto que me ocupa (así H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Pues bien, el amor a Jesús —en términos de adhesión a su causa—, es mencionado unas pocas veces en el Nuevo Testamento: el Evangelio de Juan refiere el amor a Jesús en 8,42; 16,27; 21,15-17 y, por dos veces (14,15.21), en el texto en cuestión. Vale subrayar que cuando aquí se habla del amor a Jesús —en un espléndido paralelo con Dt 7,9: «Has de saber, pues, que Yahvé tu Dios es el Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su favor por mil generaciones con los que le aman y guardan sus mandamientos…»—, lo hace en relación con guardar sus mandamientos ya que “Juan no deja que el amor degenere en puro sentimiento o emoción, sino que siempre debe expresarse en acción y manifestarse en la obediencia” (así. C. K. Barret, El evangelio según san Juan, Madrid 2003).
 
Ahora bien, la praxis que pide Jesús a los suyos se deriva de la suya propia que, a su vez, se origina en la obediencia a su Padre y en el cumplimiento de lo que éste le ha mandado: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.» (Jn 15,10), y «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.» (Jn 17,4), en un contexto de familiaridad: «…como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre…» (Jn 10,15). De modo análogo, el guardar los mandamientos de Jesús supone, por parte de sus discípulos, conocerlos, comprenderlos y cumplirlos (cf. C. K. Barret, op. cit).
 
Esta praxis resulta condición para recibir a un otro Paráclito, es decir, a quien ha de suceder a Jesús en estrecha continuidad con su praxis. Y, si bien es cierto que el término paráclito aparece únicamente en el discurso de despedida del cuarto evangelio —y en una mención de 1Jn 2,1— y que el valor semántico de la palabra no es totalmente claro, atendiendo a su etimología puede traducirse y comprenderse como “el llamado al lado de uno”, esto es, advocatus en latín, o sea defensor, y que el Evangelio de Juan identifica con el Espíritu de la Verdad o Espíritu Santo (así X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de Juan, III, Salamanca 1998). La función del Paráclito-defensor es estar con los discípulos para siempre (Jn 14,16); enseñar todo y recordar todo lo que Jesús ha dicho (Jn 14,26); dar testimonio de Jesús (Jn 15,26); convencer al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio (Jn 16,7-11); guiar a la verdad completa y anunciar lo que ha de venir y glorificar a Jesús (Jn 16,13-15): en suma reemplazar la ausencia física de Jesús de tal modo que sus discípulos no queden huérfanos, no tanto en el sentido del hijo que se queda sin padre, sino del discípulo que se ve privado de su maestro (así C. K. Barret, op. cit.).
 
Hay, pues, una como adhesión mutua entre Jesús y los suyos orientada a la continuidad de la causa de Dios: el guardar la palabra del Maestro de una parte y, de otra, la decisión de Jesús de permanecer junto a sus discípulos en el don del Paráclito, del Espíritu Santo “que no es otro que Dios mismo, en cuanto está próximo a los hombres y al mundo como potencia y fuerza que, inaprehensible, aprehende, que indomeñable, regala, que vivifica y al mismo tiempo juzga.” (así H. Küng, Ser cristiano, Madrid 1996).
 
Puede, finalmente, inferirse que el continuar la causa del Maestro Galileo en los términos de relación por él planteados, tiene la cualidad de humanizar a los mismos discípulos en cuanto que los libra de caer ya en una simple estructura burocrática organizada en función de la mera eficiencia, ya en una organización estructurada a partir de figuras de autoridad que tienen como razón de ser el ejercicio del poder: una vez más, la Iglesia fiel y honesta en relación con el Evangelio puede, además de cumplir el trabajo que le es propio, ser inspiración y crítica de los organismos politicoeconómicos al servicio del hombre.
 
«Os conviene que yo me vaya…»
 
La Ascensión del Señor
4 de mayo de 2008
 
Mt 28,16-20
Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17 Y al verlo le adoraron; algunos sin embargo dudaron.18 Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»
 
 
Dado que la realidad nueva en la que se mueve Jesús de Nazaret después de su resurrección es una realidad metahistórica, esto es, fuera ya de las coordenadas de tiempo y espacio, hay que suponer que su muerte, su resurrección y su exaltación son un único e indivisible acontecimiento, además de inédito. Es, pues, justamente la ausencia de precedente alguno tanto en la experiencia como en el pensamiento bíblicos lo que obliga a los testigos a generar formas para la transmisión de esta realidad última del Crucificado-Resucitado que, por cierto, confiere una dimensión también insospechada a lo que fuera la praxis del Maestro Galileo. En este sentido, el texto de Mateo que me ocupa conserva la tradición más antigua en relación con lo que, con más propiedad por cierto, ha de llamarse la Elevación o la Entronización de Jesús de Nazaret. En efecto, en el relato de Mateo, Jesús se presenta ante los suyos como el elevado a quien se le ha otorgado todo poder que deriva de su entronización, esto es, del estar sentado a la derecha del Padre, expresión que considera la muerte y resurrección de Jesús como la transferencia del poder de Dios al Hijo del hombre revelado ya como Cristo y Señor (así H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Más todavía, tanto en la tradición sinóptica como en aquélla del cuarto evangelio cuando relatan los encuentros —o apariciones— del Resucitado con los suyos, nadie pregunta de dónde viene o a dónde va este Jesús que siendo el mismo, es, también, distinto: como que se presupone que la realidad nueva y última del Resucitado consiste en estar sentado a la derecha de Dios partiendo del salmo 110,1, en el que “derecha”, signo de honor, significa la calidad mesiánica cumplida: “Oráculo de Yahvé a mi Señor: «Siéntate a mi diestra, hasta que haga de tus enemigos estrado de tus pies»”. Ahora bien, dado que el título “Señor” conviene al rey en el contexto del salmo en cuestión hay que inferir que el texto en cuestión habla de Jesús como Señor del Universo que delega en sus discípulos el continuar la causa por la que vivió, murió y resucitó: el Reino de Dios (cf. H. Balz y G. Schneider, op.cit.).
 
Queda, empero, la tradición lucana de la ascensión, única en el pensamiento neotestamenterio, pero que ha tenido un gran peso en la cristología tradicional. Y es que en su obra, Lucas —apartándose de los demás testigos— separa en el tiempo resurrección y exaltación: a partir de una nota final en el tercer evangelio (Lc 24,50-53) donde plantea de manera sucinta la ascensión de Jesús resucitado, en el libro de los Hechos de los Apóstoles desarrolla el tema en cuestión con más amplitud (Hch 1,1-11). Qué haya detrás de este esquema lucano es asunto que discuten los exégetas: ya sea el subrayar la corporeidad del Resucitado que en el contexto del pensamiento griego pudiera tomarse como un mero espíritu, ya sea por frenar las expectativas de algunas comunidades en relación con una segunda venida inminente de Jesús como Señor y, consiguientemente, orientar la praxis de la Iglesia naciente a la continuidad del trabajo por el Reino de Dios, ya sea como reafirmación de un señorío del Resucitado que, críticamente, no admite junto a sí ningún otro señor.
 
Sea como fuere, Lucas se vale tanto del pensamiento del Antiguo Testamento como de la mitología grecorromana para estructurar su esquema teológico. Son, en efecto, relativamente comunes los relatos de raptos en la teología veterotestamentaria: tal sucede con Henoc (Gn 5,24; Eclo 44,16), pero sobre todo, con Elías (2 Re 2,1-18; Eclo 48,9.12). Pero a diferencia de Elías que es arrebatado de una manera en cierto modo aparatosa — “…de pronto un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro. Elías subió al cielo en la tempestad.”— Jesús “fue llevado al cielo” o bien “fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos”. No es difícil notar el trasfondo de la cosmovisión bíblica que entiende el universo como una plataforma rodeada de agua y cubierta por una cúpula sólida y semiesférica donde están fijadas las estrella y corren su curso el Sol y la Luna, además de contar con esclusas que Dios abre para enviar la lluvia. Y es que por sobre la techumbre del cosmos están las aguas de arriba y, por encima de ellas, Dios sentado gobierna el universo y cuida de su creación:  “…como una tienda extiendes el cielo, levantas sobre las aguas tus moradas […] Riegas los montes desde tu alta morada, con la humedad de tus cámaras saturas la tierra…” (cf. Sal 104): tal es, desde la perspectiva bíblica,  el destino del Resucitado al ascender a los cielos.
 
Hay, empero, otra vertiente en el esquema lucano: de una parte, historias de desaparecidos en el mundo helenístico: héroes y jefes tales como Hércules, Empédocles, Ifigenia, Platón, Aristóteles y más, y de otra parte el que en el Imperio romano “la desaparición prodigiosa del emperador era considerada requisito para su divinización y, al mismo tiempo, resultaba un buen instrumento de propaganda con finalidad política. Sólo se divinizaba a un emperador si el senado romano lograba testigos que declarasen haberlo visto subir al cielo. Así sucedió con Augusto, Claudio y Drusila; los testigos juraron haber visto con sus propios ojos cómo subían al cielo desde las llamas de la pira crematoria” (así J. Roloff, Hechos de los Apoóstoles, Madrid 1984).
 
Ahora bien, si en el Antiguo Testamento la presencia de Dios por encima del cosmos habla de su grandeza y de su señorío sobre el cosmos, de su calidad de creador y, por contraste, de la cualidad humana de criatura; si en el mundo romano la divinización tiene como finalidad el culto en sí —con un obvio correlato politicoeconómico—, la ascensión de Jesús Resucitado, siguiendo el esquema de Lucas, está de algún modo en función del don del Espíritu a los discípulos con vista a la continuidad de la causa del Maestro Galileo. No deja, entonces, de haber en la ascensión una desacralización de la idea de Dios del Antiguo Testamento, pero sobre todo, una crítica a las pretensiones de divinización de los emperadores romanos: desacralización y crítica que conservan, como todo el Evangelio, vigencia plena.
 
Y es que la desacralización de la idea de Dios supone una experiencia teológica de proximidad tal y como Jesús de Nazaret mostrara al Padre involucrado en los ámbitos más cotidianos de la vida humana: «En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). Y en cuanto a la divinización, invita a los discípulos del Maestro Galileo a negarse rotundamente a dar culto —cualquier clase de culto— a ser humano alguno por más encumbrado que esté ora en el ámbito religioso, ora en la esfera socioeconómica.
 
El Espíritu sopla donde quiere…
 
Domingo de Pentecostés
11 de mayo de 2008
 
Jn 20,19-23
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros.
Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
 
 
Como bien se sabe, hay en el Nuevo Testamento dos tradiciones en relación a lo que ha venido a llamarse el don del Espíritu Santo: una conservada en el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-13) y la otra, que me ocupa, en el evangelio de Juan: la primera puede considerarse como perteneciente a la tradición sinóptica en cuanto que Hechos forma con Lucas una sola obra en dos libros (cf. R. E. Brown, Introducción al Nuevo Testamento, Madrid 2002), mientras que la segunda pertenece, obviamente, a la tradición propia de los escritos juaninos. Aunque finalmente el núcleo teológico subyacente acabe coincidiendo, puesto que tanto la tradición de Hechos como aquélla de Juan acaban entendiendo la presencia del Espíritu Santo como un don recibido por la Iglesia no tanto para sí misma cuanto para servicio del mundo, no pueden obviarse las diferencias sustanciales de ambas tradiciones.
 
Vale apuntar que en el pensamiento tradicional de la Iglesia, el relato de Hechos a sido privilegiado con mucho por sobre aquél de Juan, cosa que al fin y al cabo resulta comprensible puesto que el texto de Hechos relaciona el don del Espíritu con el nacimiento y el inicio de la Iglesia de un modo un tanto espectacular, en tanto que el cuarto evangelio asocia el Espíritu desde una perspectiva más cristológica con el discipulado en sí y con las responsabilidades que le son inherentes a los seguidores de Jesús de Nazaret, en un contexto de discreción, casi íntimo aunque de gran hondura.
 
Es cierto, por otra parte, que hay algún intento de hacer como una síntesis de los dos relatos, sugiriendo que el don del Espíritu el día de la Resurrección, tal y como lo plantea el evangelio de Juan, vendría a ser algo así como un anticipo del Espíritu ad intra —al interior de la Iglesia— en espera del día de Pentecostés donde se da la eclosión del Espíritu ad extra —en la Iglesia, sí, pero de manera pública— tal y como propone la tradición de Hechos. Este intento —desafortunado, como tantos otros que pretenden, forzando, conjugar textos paralelos o semejantes en contenido pero diversos y hasta contrapuestos en cuanto a forma— obedece a la tendencia del pensamiento único, harto recurrente cuando una autoridad central —y, por supuesto, única— necesita someter la reflexión intelectual de cualquier índole a sus intereses de uniformidad: y es que la autoridad concentrada suele identificar pluralidad con disidencia.
 
Es, empero y justamente, consecuencia de la pluralidad natural, fuertemente presente en las primeras etapas del crecimiento de la Iglesia, la existencia de las dos tradiciones en relación con el don del Espíritu. En cuanto a la tradición de cuarto evangelio, todo parece indicar que surge en una comunidad pequeña que se origina y se desarrolla en Palestina de un modo independiente a la expansión de otras comunidades en la cuenca del Mediterráneo y que, conocedora de la tradición sinóptica, genera una teología propia con un agudo sentido crítico tanto en relación con la esfera política como con la naciente tradición eclesial. Víctima de sus propias disensiones, la así llamada comunidad del discípulo amigo de Jesús acaba siendo subsumida en lo que vino a ser la Iglesia en la ecúmene de entonces (cf. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado, Salamanca 1966).
 
Por su parte, en la narración de Hechos hay una elaboración de Lucas a partir de lo que parecen ser diversas experiencias de inicio en la comunidad cristiana. Según Jürgen Roloff (Hechos de los Apóstoles, Madrid 1984) el referente primero hubo de ser una tradición que relata el retorno a Jerusalén de los discípulos que, luego de la crucifixión de su Maestro, huyen a Galilea donde experimentan el reencuentro con Jesús Resucitado: es, precisamente, la experiencia de la Resurrección lo que habría estimulado el retorno de éstos a la Ciudad Santa para buscar y reunir a los otros discípulos dispersos. Una vez reconstruido el grupo, aprovecha la fiesta de Pentecostés —fiesta judía siguiente a la Pascua— para predicar públicamente el Evangelio a partir de la conciencia de haber heredado el mismo Espíritu de Jesús de Nazaret: la fuerza de Dios que orientase la praxis del Maestro Galileo. Ahora bien, ¿por qué en Pentecostés? Como recuerda Roloff  (op. cit.)citando a Flavio Josefo, si bien Pentecostés es para entonces la fiesta más modesta de las grandes fiestas de Israel, tiene una cierta connotación política que acaba traduciéndose en motines y manifestaciones como la que ocurre poco después de la muerte de Herodes el Grande: “El pueblo se congregó, no para celebrar el servicio religioso del día festivo, sino para dar rienda suelta a sus iras. Un gentío impresionante afluía desde Galilea, Idumea, Jericó y hasta de Perea, al otro lado del Jordán” (así Flavio Josefo, Antigüedades judías, XIII, 254).
 
En tal contexto se va planteando una cierta convergencia entre las dos tradiciones en cuestión que hay que buscar no tanto en los fenómenos —que tanto han llamado la atención— de hablar en diferentes lenguas, de un carácter extraordinario de audición, de glosolalia, y más, y que por cierto en el mismo relato resultan un tanto confusos y difíciles de armonizar, cuanto en el discurso que Pedro pronuncia  inmediatamente después de la eclosión del Espíritu. Este discurso tiene una dimensión harto crítica: «Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo […] vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de unos impíos» y «Sepa, pues, con certeza todo Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado», junto con una vertiente, por demás acusada, de inspiración: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (cf. Hch 2,14-41).
 
Hay, pues, en la tradición de Hechos los movimientos de perdonar y de retener los pecados, de un modo similar y en la misma tesitura de continuidad de la causa de Jesús dentro del mismo contexto de inspiración y crítica con que la tradición del cuarto evangelio entiende el don del Espíritu: “Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,21-23).
 
Semejante pluralismo que converge de manera natural en cuanto que está unido por la misma causa, acaba siendo —como suele ser todo cuanto se deriva del Evangelio de Jesucristo— un desafío a, insisto, cualquier intento de imposición de cualquier pensamiento único: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8).
 
Cuando Jesús habla de Dios…
 
La Santísima Trinidad
18 de mayo de 2008
 
Jn 3,16-18
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.
 
 
Fueron necesarios unos cuatro siglos de reflexión teológica en la Iglesia para llegar —por así decir— a la fórmula tradicional con la que se habla de Dios como Trinidad: tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— en una sola naturaleza; y no se crea, no, que vino a ser una reflexión fluida: una verdadera lucha bordada de disputas teológicas precede al concilio de Nicea en 325 convocado —¿y presidido?— por ¡el emperador Constantino! (cf. K. Schatz, Los concilios ecuménicos, Madrid 1999).
 
Y es que no habiendo en el Nuevo Testamento referencia alguna a Dios como Trinidad, es en el siglo II cuando el término griego trías aparece mencionado por el apologeta Teófilo de Antioquia para, posteriormente, en el siglo III, surgir el equivalente latino trinitas en los escritos de Tertuliano. Tras un proceso especulativo por demás complicado, el concepto de la Trinidad entendido como tres personas en una sola naturaleza viene elaborado en el siglo IV por Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianzeno, y propuesto como doctrina en el ya mencionado concilio de Nicea (cf. H. Küng, Ser cristiano, Madrid 1996).
 
Con todo y sin negar en modo alguno las fórmulas teológicas históricas, propuestas además como parte de la fe católica, cada generación o cada época cristiana tiene la responsabilidad de repensar lo que en el pasado fuera dicho con, lógicamente, las categorías propias del pensamiento entonces vigente, para generar una aproximación a la realidad de Dios lo más inteligible posible no sólo para los discípulos de Jesucristo que conforman la Iglesia, sino también para el mundo que, en muchas ocasiones, espera de la misma Iglesia una palabra referida a la realidad del Dios único. Es así que, de la amplitud teológica del Nuevo Testamento, resulta sugerente una aproximación a partir de la lectura del evangelio de Juan al que pertenece el texto, privilegiado por cierto, que me ocupa y que sintetiza lo que el mismo evangelio entiende como la obra de Dios realizada por Jesús: la transmisión de mismísima vida de Dios al mundo, entendido éste como el objeto del amor de Dios.
 
Pues bien, en el cuarto evangelio Jesús habla de Dios como Padre en unas 100 ocasiones, dato por demás interesante si se toma en cuenta que Marcos recuerda solamente 3 referencias en el mismo sentido, Lucas unas 8 y Mateo unas 37. Pero no es tanto lo cuantitativo lo que realmente importa, sino la manera con la que Jesús se refiere a Dios como Padre. Vale en este punto mencionar lo que parece ser una inflación teológica, por así llamarla, que ha insistido en algo así como una intimidad sentimental entre Jesús y Dios a partir de una referencia de Marcos (14,36) que recuerda al Maestro Galileo dirigiéndose a Dios como Abbá en el contexto de su plegaria en Getsemaní, referencia conocida por Pablo que la menciona de idéntica forma en dos ocasiones (Rom 8,15 y Gal 4,6), pero en relación con la realidad de los cristianos como hijos de Dios. Han corrido ríos de tinta, pero sobre todo, ha hablado una multitud inmensa de predicadores ponderando emocionadamente la ternura que supuestamente encierra el término en cuestión y que muchos gustan traducir como “papá” o bien “papito”, “papaíto” o alguna voz similar que en la cultura actual remita al expresarse de un niño pequeño en relación con su padre. Sin dudar de la calidad del testimonio de Marcos y sin poner en cuestión la intimidad inusual de Jesús de Nazaret con el Dios de Israel, los textos en sí parecen insuficientes para aproximarse a la idea de Dios del Maestro Galileo.
 
Es cierto que la tónica de los sinópticos en relación con la imagen de Dios como Padre apela más al cuidado amoroso y personal de Dios hacia sus criaturas: «¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos» (Lc 12,6-7). Muy a diferencia de la tradición sinóptica, aquélla del cuarto evangelio recuerda a Jesús como quien está unido a Dios en el trabajo para sacar adelante una causa común: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» y «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar» (cf. Jn 5,17 y 9,4). En la imposibilidad de un análisis exhaustivo de textos, habré de mencionar el capítulo decimoséptimo del evangelio de Juan donde Jesús pide al Padre que se ocupe de los suyos en cuanto continuadores de su trabajo. En una palabra: la imagen que el cuarto evangelio proyecta del Padre remite al Dios Creador con quien Jesús tiene una relación más dinámica que mística: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada” (Jn 1,1-3).
 
En cuanto al Espíritu Santo, la tradición sinóptica —significada particularmente en este tema en la obra de Lucas— considera como causa de la acción de Jesús a lo largo de su ministerio, y luego de las acciones de sus discípulos, a diferencia del evangelio de Juan que lo entiende como un don del Resucitado —“Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,39)—; don en función de la continuidad de la causa de Dios que Jesús iniciara: “Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,21-23).
 
Por último, el cuarto evangelio entiende la realidad de Jesús como íntima e indisolublemente ligada a la realidad del Padre — «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,9-11)— al punto de recordarlo diciendo de sí mismo una palabra que, inequívoca y provocadoramente, remite a la mismísima realidad de Dios: “«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, Yo Soy.» Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo” (Jn 8,58-59; cf. 8,24.28; 13,19). Y es que ese “Yo Soy” remite a uno de los textos sobre los que se asienta el monoteísmo revelado a Israel: Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14).
 
Considero, entonces, que la idea de Dios que se desprende de la tradición del cuarto evangelio resulta extraordinariamente sólida además de desafiante: quizá la mejor palabra que la Iglesia de hoy pueda decir al mundo en cumplimiento, insisto, de su responsabilidad de hablar de Dios de manera inteligible para el hombre de hoy.
 
Algunas recomendaciones de Jesús a los discípulos
 
8° Domingo Ordinario
25 de mayo de 2008
 
Mt 6,24-34
«Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.
«Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.»
 
 
“Hay pocos textos evangélicos que hayan suscitado una crítica tan dura como éste. Cualquier ‘gorrión muerto de hambre’ refuta a Jesús, y tanto más cualquier situación de hambre y cualquier guerra. El texto parece simplista en extremo: procede como si no hubiera problemas económicos, sino éticos, y es un buen símbolo de la ingenuidad económica que ha caracterizado al cristianismo en el curso de la historia”. Así —y con más— comienza Ulrich Luz (El evangelio según san Mateo I, Salamanca 2001) su comentario al texto que me ocupa: hay que aclarar que Luz está citando la opinión común de varios exégetas a los que se dispone a refutar, pero que desde una lectura literal del pasaje en cuestión parecerían estar en lo justo.
 
Lo primero que hay que decir es que el texto en cuestión ha de ser leído como una propuesta ética que, en clave sapiencial, Jesús ofrece a sus discípulos. Sapiencial, porque es evidente que, hasta donde se sabe, los pájaros no acostumbran sembrar, cosechar ni almacenar, y las flores no estilan el uso del telar: en una palabra, la atribución de actos humanos a los animales y a las plantas es un rasgo característico del lenguaje usado en la literatura sapiencial del Oriente Antiguo.
 
¿Hacia dónde, pues, va la recomendación de Jesús? En una primera instancia y como propone Luz (op. cit.) parecería una como crítica a la angustia, a la ansiedad que viene como consecuencia de alguna esclavitud interior, o bien a la obsesión que la codicia y la avaricia generan en relación con la esfera de lo material, con, además, la propuesta de relativizar la posesión de las cosas —en tanto que pasajeras— frente a la realidad trascendente del hombre. Hay que reconocer que semejante perspectiva resulta harto pertinente en cualquier época debido a la naturaleza humana y su tendencia a la posesión: el consumismo irracional no es, en modo alguno, un vicio característico del momento actual.
 
Dado lo anterior, el sentido del texto podría ser algo así como: ustedes no se angustien: si Dios provee de lo necesario a los pájaros y a las flores que no trabajan, cuanto más cuidará de ustedes —los seres humanos, sus hijos, sus criaturas— que sí trabajan. El asunto queda bien y acabaría siendo encomiable y convincente si Jesús de Nazaret fuese un maestro cualquiera de vida espiritual que se dirige a la humanidad. No es, empero así. El Maestro Galileo ha generado en torno a sí un grupo de discípulos para quienes tiene una enseñanza muy específica que corresponde a la causa —muy específica, también— del Reino de Dios: son, pues, en función de la praxis del Reino las palabras de Jesús, y van dirigidas a los discípulos que le siguen. En este punto, el mismo Ulrich Luz remite al trabajo de Gerd Theissen (Estudios de sociología del cristianismo primitivo, Salamanca 1985) donde éste último afirma que “No se puede interpretar este dicho introduciendo en él la disposición de un paseo familiar dominguero. No se trata aquí de la alegría por los pájaros, flores y praderas”.
 
Y es que Theissen se ha ocupado de analizar el movimiento que Jesús de Nazaret desde las características socioeconómicas y religiosas propias de la Palestina del siglo I, para proponer que se trata de un movimiento en torno a un predicador carismático itinerante, entendiendo por tal a quien ejerce “autoridad sin basarse en instituciones y funciones previas [puesto que] el carisma consiste en una interacción entre la influencia y el reconocimiento”  al margen de lo establecido y sancionado por el consenso de un colectivo dado (así G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca 2005). En este contexto, las palabras de Jesús no son, no, una invitación a la holgazanería, sino una exigencia de realismo a quienes lo acompañan y le siguen en calidad de carismáticos secundarios, y que junto con el Maestro Galileo —carismático primario— han puesto la cobertura de sus necesidades básicas en manos de los así llamados carismáticos terciarios, esto es, los discípulos que desde una vida sedentaria y con la estabilidad económica que le es correlativa, han asumido ser el soporte económico de los itinerantes que, además y según el texto, vienen a ser tanto discípulas como discípulos: varones y mujeres.
 
Y es que, volviendo a los trabajos atribuidos a los pájaros y a las flores, en el mundo mediterráneo del siglo I el sembrar, el cosechar y el almacenar es propio del varón, mientras que el hilar es una actividad reservada a la mujer. Añádase que Jesús habla a gente que pertenece al estrato social campesino donde, precisamente, se dan como cosa común las actividades mencionadas, donde el rastrojo se usa como combustible. Y, con además, la precisión de que los suyos no habrán de tener la conducta de los gentiles, en quienes encuentra comprensible y natural la angustia por el mañana.
 
Es, en efecto, a sus discípulos a quienes Jesús les pide la tranquilidad y la paz de un pájaro bien alimentado y de una flor, si sencilla, de belleza admirable: ellos —discípulos y discípulas— tienen que saber que es Dios, y no el dinero, quien garantiza su futuro. Es posible, entonces y en este punto, asociar todo lo antes expuesto con los versos precedentes que enfrentan al discípulo de Jesús de Nazaret ente la disyuntiva radical entre Dios y el dinero. Porque son los gentiles, esto es, quienes se mantienen fuera del ámbito del Reino de Dios, quienes apuestan a la acumulación de la riqueza como garante de un futuro apacible: una minoría aristocrática, o mejor, plutócrata que desde su abundancia viven en una seguridad que, en otros momentos, se hizo merecedora de la mofa del Maestro Galileo: cf. 12,13-21.
 
No deja, entonces, de ser fascinante la invitación de Jesús a los suyos a adoptar la misma actitud despreocupada de los ricos en dinero a partir de la conciencia de que, por el mero hecho de ser discípulos, esto es, de hacer suya la causa del Maestro Galileo, la causa del Reino, Dios habrá de ocupar con creces el puesto y el valor del dinero, que viene por el tejido fraterno precisamente del discipulado. Tal es, a fin de cuentas, el horizonte económico que Jesús de Nazaret recomienda a sus discípulos: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura», donde la búsqueda del Reino de Dios no se da en la pasividad, y mucho menos en la así llamada esfera espiritual, sino en el esfuerzo cotidiano y realista —tantas veces no exento de riesgos— de trabajar por la justicia de Dios.
 
El cimiento necesario del discípulo de Jesús
 
9° Domingo Ordinario
1 de junio de 2008
 
Mt 7,21-27
«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel Día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’
«Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»
 
 
Lo primero que hay que apuntar en relación con el texto que me ocupa es que se trata de un como remate del Sermón de la Montaña, en cuanto que viene a cerrar el espléndido, largo y complejo discurso de Jesús de Nazaret según está compuesto en los capítulos que van del 5 al 7 del Evangelio de Mateo y que, por cierto y a tener en cuenta, se abre con las Bienaventuranzas: tal es el contexto primero de estas palabras de Jesús. Vale apuntar, también, que, como plantea Ulrich Luz (El evangelio según san Mateo I, Salamanca 2001), “el sermón de la montaña no es […] «teología», sino «precepto»”, o sea que está orientado a normar la praxis del discípulos de Jesús de Nazaret con base, no en una casuística, sino en líneas maestras meramente sugeridas: el énfasis en la praxis se infiere de las mismas palabras de Jesús: «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica…» (Mt 7,23). Y si, como es opinión de más de un estudioso, el Sermón de la Montaña —y su paralelo en Lucas: el Sermón del Llano (Lc 6,17-49)— viene a ser para el cristiano lo que la Ley de Moisés para el judío, se trata, sin duda alguna, del cimiento indispensable para ser discípulo del Maestro Galileo en cuanto que este texto privilegiado  ha de entenderse como la síntesis del pensamiento de Jesús en relación con la praxis del Reino de Dios.
 
En efecto, el texto en cuestión abre con una queja de Jesús respecto a quienes, siguiéndole, no han sabido o, peor, no han querido ser honestos para con lo que el Maestro Galileo enseña, aún cuando le llamen insistentemente Señor. Vale apuntar que Lucas, como suele hacer con muchas palabras de Jesús que refiere con mayor proximidad histórica, conserva una forma más breve, pero cargada de mayor fuerza: «¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’ y no hacéis lo que digo?» (Lc 6,46).
 
Tanto el término latino dóminus que traduce el griego kyrios remiten al semítico adón que, en una primera acepción habla del dueño, del señor que tiene control y dominio tanto sobre personas como sobre cosas con facultad y derecho a decidir sobre ellas: los evangelios lo usan en relación con el dominio ora de casas, terrenos, animales y herencias, ora de sirvientes, administradores y esclavos. El vocativo kyrie suele usarse como tratamiento común, además del siervo hacia el amo, del hijo hacia el padre u otros casos en los que se quiere subrayar el respeto a la persona a tratar. En el caso de Jesús, los usan los candidatos al discipulado y los mismos discípulos y discípulas, aunque el tratamiento común es más bien “maestro”. Ahora bien, en el texto en cuestión se trata de discípulos de Jesús de Nazaret que se dirigen a él sorprendidos al encontrarse fuera de la esfera vital del Reino, sin acertar a entender el porqué de su exclusión: el término Señor repetido es particularmente expresivo y, sobre todo, suplicatorio (cf. U. Luz, op. cit.) al caer en cuenta de que han entrado en conflicto con Jesús como maestro y que éste les reclama su incoherencia. Los acusados muestran perplejidad alegando en favor suyo su propia praxis hecha en el nombre del mismo Jesús: en efecto, los discípulos reprobados protestan por ser desechados a pesar de haber profetizado, exorcizado y hecho milagros en nombre de Jesús: ¿cuál es, entonces, el problema si han puesto sus esfuerzos en lo que parece una praxis semejante a la del Maestro?
 
La cuestión, en efecto, es la praxis; y en este punto vale recordar que por praxis hay que entender todo cuanto se diga y se haga en función de cambiar o transformar una realidad específica, tal y como lo hace Jesús de Nazaret según lo recuerdan los Evangelios. Pero la praxis de Jesús no se reduce, ni remotamente, a un cambio de la realidad por el cambio mismo, ni a un hacer el bien por pura filantropía, y menos aún por labrarse un prestigio traducido en reconocimiento o que le reditúe algún beneficio. La praxis de Jesús de Nazaret tiene una orientación definida y expresada en las Bienaventuranzas: generar las condiciones para el futuro que viene de Dios y que éstas anuncian. En este sentido, el Sermón de la Montaña viene a ser como una glosa programática de las Bienaventuranzas que va dibujando, como si de un boceto se tratara, los rasgos esenciales de la voluntad de Dios en relación con el hombre y con el mundo. Correlativamente, la praxis del discípulo de Jesús de Nazaret tendrá que traducir —con la sensibilidad derivada de la familiaridad con el Maestro— la esencia de esta voluntad de Dios en hechos adecuados a la situación concreta de cada época, pero con la misma orientación de la praxis de Jesús (cf. H. Küng, Ser cristiano, Madrid 1996).
 
Entonces, para que el discípulo de Jesús venga a ser reconocido como tal por su Maestro, no ha de limitarse al hacer por el hacer, así se trate de un bien objetivo, sino de un hacer franca y claramente orientado por el Evangelio, abierta y directamente referido a Jesús de Nazaret. Urge, pues, revisar la motivación última del quehacer propio del cristiano. Y es que, luego de dos milenios de historia, muchas veces en la Iglesia la orientación de la praxis cristiana se deriva más de la lectura del Evangelio de algunos cristianos significados que del Evangelio de Jesucristo en sí —las así llamadas espiritualidades de, por ejemplo, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Domingo de Guzmán, Teresa de Ávila, y otros más con menos sustancia, y que, en el mejor de los casos, podrían ser un auxiliar para la comprensión del pensamiento del Maestro Galileo, pero nunca, jamás, un sustituto—. No ha de extrañar, pues, que cubiertas las palabras del Maestro por hojarasca piadosa, o mistificado el mensaje de Jesús por más de una ideología al servicio del poder y del dinero, o de plano dejado de lado el Evangelio por el protagonismo de algunos predicadores, la resistencia del cimiento tanto de la praxis cristiana como de sus consecuencias deseables a favor del mundo, resulte tan frágil y endeble como dice Jesús: «Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».
 
La comensalidad: fuente del perdón de Dios
 
10° Domingo Ordinario
8 de junio de 2008
 
Mt 9,9-13
Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa  Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
 
 
En la sociedad judía de la Palestina del siglo I, el perdón que viene de Dios, el perdón de los pecados, pues, no es una cuestión que se refiera sólo a la esfera moral y menos al ámbito de lo que ha venido a llamarse la espiritualidad individual. Y es que un pecador público vive en una auténtica exclusión tanto de la vida religiosa como de cualquiera actividad socioeconómica. No es, entonces, alguien que vive al margen sino totalmente fuera, aislado, excluido insisto, del colectivo al que pertenece. Añádase que por pecador no se entiende tanto a quien comete algún acto reñido con la voluntad de Dios, cuanto a quien vive sistemáticamente en una situación de pecado. Y esto viene a ser relativamente fácil, por así decir, en cuanto que el pensamiento religioso oficial de entonces decreta como pecado una serie de actividades que no se limitan, no, al robo, a la prostitución o a cualquier actividad francamente ilícita, sino a una serie de oficios tales como camellero, curtidor, pastor y más, bajo el supuesto de estos tales están en situación de cometer alguna violación no sólo ni tanto de la Ley de Moisés, cuanto de la halaká, autentico fantasma ético constituido supuestamente por la tradición de los mayores o los antepasados, aunque en realidad resulta ser el fruto de una lectura obsesiva, rayana en lo enfermizo, de la Ley, y una práctica correlativa sostenida por la corriente de pensamiento fariseo que tiene en lo Escribas o Doctores de la Ley sus guardianes más celosos y exigentes (cf. Mt 15,1-20).
 
Son éstos quienes se escandalizan y protestan  al ver a Jesús compartir su mesa con algunos de los ejemplares más acabados de lo que entonces se entiende por pecador: los publicanos. Y es que es, precisamente, uno de estos últimos, un desclasado, el que, en oyendo la llamada de Jesús de Nazaret, se levanta de la mesa de cobro y le sigue, tal y como relata el texto que me ocupa y que, a diferencia de sus paralelos en Mc 2,13-17 y Lc 5,27-32 que recuerdan una comida organizada en la casa de Mateo-Leví, deja entrever que el fin del itinerario del publicano es, ni más ni menos, ¡la casa y la mesa de Jesús! (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo, Salamanca 2001). Porque es justamente ahí, en la casa y en la mesa del Maestro Galileo, donde se celebra un banquete, una fiesta a la que acuden todavía más publicanos: y es que “si el llamamiento de Juan [el Bautista] estaba esencialmente vinculado a una praxis ascética de penitencia, el de Jesús lo está a la «comunidad de mesa»” (E. Schillebeeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Madrid 1981).
 
Vale recordar que aquéllos a quienes el texto en cuestión llama publicanos son el eslabón último, inferior de una cadena empresarial organizada para el cobro de los impuestos. Y es que los verdaderos publicanos son empresarios —en algunas ocasiones constituidos en sociedades— a quienes el Imperio romano arrienda la cosa fiscal de un lugar determinado por un monto previamente fijado. Estos emplean para el cobro directo a desempleados locales que no encuentran una forma más digna de ganarse la vida: son, claro está, los receptores inmediatos no solo del dinero, sino del desprecio de sus conciudadanos que los tachan, no sin razón, de colaboracionistas con la potencia de ocupación (cf. H. y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella 2001). Pues bien, son éstos los paradigmas más acabados de quienes frecuentan la mesa del Maestro Galileo ante el horror de los representantes de la piedad judía de su tiempo y que de él dicen: «Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores» (cf. Mt 11,19).
 
Y es que por la comensalidad hay que entender la mesa compartida, sí, pero no únicamente como un acto social en torno a los alimentos, sino como toda una experiencia que construye la fraternidad igualitaria propia del Reino de Dios (cf. E. Schillebeeckx, op. cit.). En el mundo mediterráneo del siglo I, en efecto, la comida viene a ser considerada una ceremonia —esto es, un acontecimiento regular y predecible— en la que se reafirman o se legitiman los roles en el contexto de una comunidad: “el microcosmos de la comida corre paralelo al macrocosmos de las relaciones sociales diarias” (así B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y el mundo mediterráneo del siglo I, Estella 1996). Lógicamente los banquetes se celebran entre iguales que comparten, a más de una misma posición social, ideas y valores que los identifica.  De ahí que la comensalidad de Jesús haga saltar los códigos sociorreligiosos de su tiempo y su cultura, no por cierto para asumir una actitud provocativa, sino para incluir a los excluidos a partir de una genuina experiencia de perdón: en tanto que Jesús se presenta como el profeta escatológico que dice la palabra definitiva de Dios en relación con la conducta humana, la aceptación de los pecadores en su mesa equivale a la aceptación del mismo Dios y, correlativamente, a la certeza de haber recibido su perdón. De suyo, la tradición sinóptica recuerda a Jesús de Nazaret perdonando los pecados de manera explícita en, únicamente, dos ocasiones: a propósito de la curación de un paralítico en Mc 2,1-12 —con paralelos en Mt 9,1-8 y Lc 5,17-26—, y en beneficio de una pecadora pública según Lc 7,36-50.
 
Es así que el perdón en términos del Evangelio significa mucho más que la mera remisión del pecado, que la sola cancelación de la culpa: el perdón supone la inclusión en el horizonte del Reino de Dios, con toda la carga que de esto se deriva, particularmente en relación con la dignidad humana: quien experimenta el perdón a partir de Jesús se sabe restaurado en su calidad de criatura a imagen de Dios, origen teológico de la dignidad y la igualdad entre los hombres. Pero es preciso insistir en el hecho de que Jesús de Nazaret no se limita a enunciar el perdón: lo hace experiencia, esto es, actitud existencial: no se queda en la intimidad de la conciencia sino que impregna toda la actividad de la persona y transforma su relación con el entorno. El antes pecador, y por ello sumiso como consecuencia de un profundo sentimiento de inferioridad y que se dice a sí mismo que a nada tiene derecho, después de experimentar el perdón derivado de la comensalidad con Jesús recupera la autonomía, la capacidad crítica frente a las personas o las instituciones que se benefician de su autodesprecio. Y es que si hay algo difícil de romper —y es aquí donde los discípulos del Maestro Galileo habrán de trabajar con particular insistencia— es el sentimiento de inferioridad derivado de una conciencia enferma en relación con el pecado —y hábilmente apuntalada por los intereses que sostienen la desigualdad socioeconómica— que impide acceder a tantos al bienestar digno que quiere Dios para todas, absolutamente todas sus criaturas.
 
“Vejados y abatidos como ovejas sin pastor”
 
11° Domingo Ordinario
15 de junio de 2008
 
Mt 9,36-10,8
Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el que le entregó. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones:
«No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Yendo proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».
 
 
La percepción de Jesús de Nazaret en relación con su pueblo —conservada en el texto que me ocupa— resulta harto interesante por su realismo: “Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. Nada de extraño tiene tal percepción viniendo del Maestro Galileo que se caracteriza, entre otros rasgos, por la finura con que mira y analiza su entorno para descubrir en él ora la presencia de Dios y subrayarla, ora su ausencia e intentar remediarla. Y es que la vejación y el abatimiento tuvieron que ser entonces dos situaciones, si no permanentes, sí presentes con cierta recurrencia en el pueblo llano que acaba padeciendo siempre el nivel más alto de calamidad social, sobre todo como en el caso de la Palestina del siglo I dominada como está por el Impero Romano con toda la secuela de humillación y explotación que han caracterizado a las grandes potencias de ocupación a lo largo de la historia.
 
El adjetivo vejado se deriva de skyllo, verbo griego que significa maltratar, molestar, perseguir a alguien, perjudicarle o hacerle padecer. De otra parte, abatido viene de rhipto verbo que dice derribar, derrocar, echar por tierra, hacer que algo caiga o descienda, inclinar, tumbar. Y ambos término convienen al pueblo de Israel en aquel momento específico de su historia: vejados, sí, por gentiles que hoyan la tierra de Yahvé, y que, por si fuera poco su sola presencia, ofenden abiertamente al Dios de los Judíos con, por ejemplo, el intento de introducir las insignias imperiales en el Templo de Jerusalén, la utilización del dinero del Templo para la obra pública, la construcción de ciudades de corte grecorromano con los edificios que albergan gimnasios que lastima la sensibilidad judía, y más. Abatidos, también, desde el 64 a.C., cuando Pompeyo Magno se hace del poder de facto en el país que los romanos llamarán desde ahora Palestina: primero, poniendo como rey y sumo sacerdote a Hircano, descendiente de los asmoneos y amigo de Roma, y luego, de plano al idumeo Herodes, rey vasallo que vino a ser sustituido por un procurador romano cuando, en el 6 d.C., su hijo y heredero Arquelao resulta depuesto y deportado por el poder imperial. De modo que en tiempos de Jesús, Judea —la parte sur de su país— está gobernada por un romano que sirve a los intereses del Imperio, y Galilea —el norte, lo que viene a ser propiamente su patria— está bajo Herodes Antipas, rey vasallo de Roma, constructor de ciudades que suponen una derrama económica en forma de empleos, al tiempo que impulsor de latifundios, cosa que se traduce en un aumento sustancial de desempleados (cf.20,1-15).
 
Con todo, el factor mayor del abatimiento social son los impuestos: “Como botín de la victoria y multa de la guerra” define Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) el cobro de impuestos y tributos a los países y los pueblos conquistados por Roma. Y es que la entonces única superpotencia en el mundo mediterráneo justifica con la ideología la explotación de los países que, por a su superioridad militar indiscutible, invade y ocupa. Y no es poca cosa lo que devora el fisco: el judío de entonces ha de desembolsar entre un 10% y un 50% del fruto de su trabajo para cubrir las tasas impositivas tanto directas —que gravan personas físicas, propiedad y producción—, como indirectas —que afectan transacciones comerciales y servicios amén de pagos aduanales, peaje e importación de mercaderías—: todo bien y servicio, ¡incluso la prostitución!, es sujeto de gravámenes, al que hay que añadir el tributum capiti o tributo personal para el Emperador, a más de los censos siempre acompañados de interrogatorios brutales, que provocan un continuo malestar social que suele desembocar en revueltas como la que encabezara Judas el Galileo, en el 6 d.C. y que derivó en la resistencia zelota (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996). 
 
Pues bien, a la vejación y al abatimiento del pueblo Jesús de Nazaret responde con pastores: no con jefes, no, ni mucho menos con líderes, reyes, gobernantes, sumos pontífices o cualquier otro tipo de autoridad de índole hierática o jerárquica. Y es que Jesús sabe bien cómo funcionan los entresijos del poder: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.» (Mt 10,42-45). Por eso propone pastores, más todavía, un grupo de doce pastores que, de manera colegiada, han de proponer una alternativa a la vejación y al abatimiento de la muchedumbre. Pastores, como aquéllos que reciben su oficio como encomienda familiar, incluyendo a las mujeres que apacientan los rebaños cerca de la casa. De los pastores se espera cautela, paciencia en el trabajo y honradez. Y es que no resulta fácil encontrar pastos frescos en tiempo de sequía, ni conducir al ganado en terrenos pobres y solitarios, y tampoco es sencillo saber compaginar el apacentar, el abrevar, el dejar descansar a los animales y el trashumar. Además de que el pastor ha de cuidar con especial esmero de los animales más débiles, su fidelidad y calidad profesional se echan de ver en las guardas nocturnas en las que, frecuentemente, hay que enfrentar tanto a fieras como a ladrones (así L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 1999).
 
Pastores como respuesta a la desgracia social, sin que al Maestro Galileo le importe que a partir del  postexilio (538 a.C.) la imagen y el oficio de pastor caigan en el desprestigio como consecuencia del pensamiento urbano que se genera en Jerusalén: “Una sospecha semejante [latrocinio] recae sobre los pastores [que] conducían sus rebaños a propiedades ajenas y, además, robaban […] Por eso estaba prohibido comprarles lana, leche o cabritos” (así J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Madrid 1977), además de estar privados, como los publicanos, de los derechos ciudadanos civiles y políticos tales como actuar de jueces y testigos.
 
Pastores que, como Jesús mismo, enfrenten y resuelvan la calamidad humana, y lo hagan gratis porque gratis han recibido el servicio de la autoridad. Pastores en colegialidad fraterna que, desde la continuidad de la causa del Reino de Dios en la Iglesia, desafíen al poder político concentrado y aboguen por el ejercicio compartido del poder como una solución genuina a la vejación y el abatimiento de las muchedumbres que, hoy como entonces, andan errantes como ovejas sin pastor.
 
Bajo la protección ilimitada de Dios
 
12° Domingo Ordinario
22 de junio de 2008
 
Mt 10,26-33
«No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.
«Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.
«Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».
 
 
¿A quién no habrá que tenerle miedo, según ordena Jesús a sus discípulos al inicio del texto que me ocupa? Hay que leer un poco más arriba para enterarse que el Maestro Galileo previene a los suyos contra “gobernadores y reyes”, esto es, contra los poderosos que se opongan a la difusión del Evangelio, pues es esto último lo que está en cuestión: prevé, en efecto Jesús, las dificultades de sus discípulos en el trabajo de la predicación a partir de su propia experiencia: «No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!» (cf. Mt 10,24-25). Así y todo, en este fragmento de Mateo, Jesús pide por tres veces a sus discípulos que desechen el miedo. Y para esto les da razones que, entonces y para sus oyentes, tuvieron que resultar irrebatibles. Y tendrían que seguir siéndolo hoy.
 
Hay en el hombre algo que rebasa la vida meramente corporal, algo que, desde muy antiguo, se ha percibido como indestructible y que a lo largo de la historia y según las diferencias culturales, viene a considerarse en ocasiones como un componente opuesto a la corporeidad en la que se aloja según la vida dure. Alma, espíritu, yo, vida interior, y más se ha nombrado a ese algo que el griego con que vino a ser escrito el Nuevo Testamento denomina, con evidente influencia helénica, psiché y que el texto en cuestión parce contraponer a soma —cuerpo— aunque el pensamiento bíblico no conoce la dualidad propia de la filosofía griega. En efecto, la psiché a la que Jesús se refiere considerándola fuera del alcance humano, no es otra cosa que el aliento vital que, en el segundo relato de la creación del ser humano (cf. Gn 2,4-7; Jn 20,19-23), viene abiertamente identificada con el mismísimo aliento del Creador insuflado en el hombre, no como un componente secundario del cuerpo, sino como un principio vital que, en una como fusión indisoluble, hace ser al hombre lo que es. Un principio vital, pues, derivado del aliento de Dios y que, correlativa y lógicamente, está únicamente bajo el control del Creador: “Si escondes tu rostro, desaparecen, les retiras tu soplo y expiran, y retornan al polvo que son. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 103, 29-30). Así pues, esta psiché —que no es en modo alguno superior al soma— es tan propia de Dios que él viene a ser su único dueño, cosa que Jesús ilustra con la afirmación de que es, precisamente, Dios el único capaz de aniquilarla (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
El temor, entonces, que recomienda el Maestro Galileo, si bien se apega a alguna de la ideas de Dios del Antiguo Testamento, resulta más bien metafórico dada la idea de Dios que Jesús tiene y que expone a continuación con una imagen al tiempo que bella no exenta de humor. En efecto, Jesús recurre al buen humor cuando compara a los suyos con los gorriones que se venden por unas pocas monedas de escaso valor. Y es que “los gorriones eran un artículo corriente en el mercado, la carne de ave más barata con diferencia, el asado de los pobres [y] el ‘as’ romano era moneda suelta; por dos ases se podía comprar una ración diaria de pan [de modo que] ¡para contrapesar el valor de un ser humano se necesitan muchos gorriones!” (así U. Luz, El evangelio según san Mateo II, Salamanca 2001). Vale, con todo, subrayar la diferencia abismal entre la idea de Yahvé que se desprende, por ejemplo, del Éxodo: un Dios preocupado, sí, por la suerte de los suyos y decidido a usar su poder contra el faraón con tal de conseguir la libertad de aquél hatajo de esclavos para hacer de ellos un pueblo autónomo: no queda duda de que este Dios se involucra radicalmente con la historia y el destino del hombre. Pues bien, el Dios de Jesús de Nazaret hace otro tanto que el Yahvé del Éxodo, cierto, pero con una intensidad y, sobre todo, con una intimidad impensable en el judaísmo de entonces y que el Maestro Galileo expresa con una hipérbole muy propia del Oriente antiguo: «En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». Y es que Jesús de Nazaret, ya se sabe, habla de Dios como Padre en el sentido más psicológico del término: el que abre el futuro y da seguridad.
 
Y es que es justamente seguridad lo que el Maestro Galileo quiere infundir en sus discípulos para encorajarlos a sacar adelante la praxis del Reino. Una seguridad fincada en el Dios Creador que, si capaz de destruir la totalidad del hombre, resulta por encima un Padre amoroso que cuenta hasta el último cabello de sus hijos. Una seguridad tal que permita a los discípulos desafiar a quien sea —a “gobernadores y reyes”, a cualquier poderoso con la conciencia de que son absolutamente inferiores ante Dios— con el grito de la buena noticia de que, a partir de Jesús, Dios —y sólo Dios— reina, esto es, se ocupa del bienestar de sus criaturas. Y para esto Jesús recurre a la costumbre propia de los sectores rurales del mundo mediterráneo del siglo I, entre los cuales se estila tener abiertas las puertas durante el día y hacer cualquier transacción o compromiso en público en el entendido que lo secreto y lo privado son causa de deshonor en cuanto que en tales ámbitos suele ocultarse algo vergonzoso.
 
Cosa cierta si se tiene en cuenta que, desde el final de la república, en Roma, tanto el César como sus cortesanos se manejen —y manejan los asuntos socioeconómicos del Estado y correlativamente del pueblo— en el contexto del secreto, de la intriga, de la conspiración. Modo de gobierno que acaba dominando las cortes de los reyes vasallos o de los funcionarios que gobiernan en nombre del Imperio: consta por la historia que el país de Jesús no estuvo libre de semejante estilo de ejercer la autoridad, estilo, por cierto, implícitamente reprobado y detestado por el Maestro Galileo. Y es que Jesús impone la transparencia a los suyos en todos los ámbitos de su existencia: transparencia que, si los discípulos del Maestro Galileo han de exigir a cualquier autoridad en tanto que no tiene más razón de ser ni más función que el servicio, cuanto más han de tener ellos mismo cuando se trata de las cosas de Dios. Transparencia sólo posible si se asienta sobre una seguridad fincada a su vez en la protección ilimitada del Buen Padre Dios de Jesús de Nazaret.
 
Pedro desde la mirada de Pablo
 
San Pedro y San Pablo
29 de junio de 2008
 
Mt 16,13-19
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»
 
 
Parece ser que desde el siglo III se viene asociando en una misma celebración los recuerdos de Pedro y Pablo, discípulos de Jesús de Nazaret que, con calidad de apóstoles, juegan papeles en cierto modo decisivos en la construcción de la Iglesia. No he podido encontrar un motivo convincente de tal asociación: el que un determinado santoral proponga que “la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia de Roma es la fiesta de «la unidad y la catolicidad de la Iglesia»” resulta un tanto insuficiente si hay que tomar en cuenta los testimonios que el Nuevo Testamento guarda de la relación directa que hubiera entre Pedro y Pablo, más que observar los recuerdos aislados —como suele hacerse— de los dos apóstoles en cuestión.
 
Apóstoles, por cierto, en el sentido más amplio del término: apóstolos griego que habla de la institución judía del shaliah y que, transliterado al castellano como apóstol, no se limita meramente a definir las posibilidades de acción de un personero, sino que habla de quien tiene la calidad de “representante directo de quien le envía y puede actuar en representación suya de manera autoritativa y jurídicamente vinculante. [Y que] debe actuar en todos los asuntos de manera que redunde en mayor beneficio de quien le envía” (así H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998). Y es que tanto en los evangelios como en el Nuevo Testamento, el término apóstol no remite únicamente al grupo de los Doce que tiene un sentido teológico específico y del cual Pablo nunca fue parte por lo que la conciencia de sí como apóstol que este último tuviera en relación ora con la calidad de su predicación, ora con la autonomía de su praxis nunca vino a ser objeto de discusión por parte de los dirigentes de la Iglesia asentados, entonces, en Jerusalén.
 
Es, justamente, el mismo Pablo el que da cuenta de su primer encuentro con Pedro cuando, en la Carta a los Gálatas, relata que «Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, sino a Santiago, el hermano del Señor» (cf. Ga 1,11-24). No deja de haber un como reconocimiento a Pedro en su calidad de jefe de la Iglesia de Jerusalén y, correlativamente, una aceptación implícita de la calidad de ésta Iglesia como referente en la praxis de la predicación. Así y todo Pablo no busca tanto la confirmación de su ministerio, cuanto disipar las dudas derivadas de su conversión: “Personalmente no me conocían las iglesias de Cristo en Judea. Solamente habían oído decir: «El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir»” (cf. ibid.). Vale mencionar que, según Hechos (9,26-29), es Bernabé —futuro compañero de predicación— quien presenta a Pablo “a los apóstoles” y quien le avala en relación con la suspicacia que despertara en la iglesia de Jerusalén (cf. J. Gnilka, Pablo de Tarso. Apóstol y testigo, Barcelona 1998).
 
El segundo encuentro entre Pedro y Pablo se da en el contexto de lo que ha venido a llamarse el concilio o la asamblea de Jerusalén, momento indudablemente fundacional para la Iglesia (cf. Hch 15). Esta reunión es la resultante de la libertad con la que Pablo y otros predicadores dirigieron la Buena Nueva de Jesucristo a los gentiles y la acogida particularmente entusiasta de algunos grupos de ellos al punto de que comienzan a surgir comunidades cristianas donde los judeocristianos son minoría o, de plano, están ya ausentes. Y es que, por motivos obvios, los primeros cristianos son judíos que no encuentran contradicción alguna entre la fe en el Crucificado-Resucitado y las prácticas propias del judaísmo: asisten al templo, se abstienen de alimentos impuros y, lo que es más importante, circuncidan a sus hijos. A éstos judeocristianos les resulta natural que aquéllos no judíos interesados en hacerse cristianos se sometan a la ley mosaíca  y, lógicamente, se circunciden, lo que supone en el fondo hacerse judío como condición necesaria para ser cristiano. Pablo, insisto, opina lo contrario y actúa en consecuencia, cosa que provoca la primera crisis en la Iglesia.
 
Y es que los judeocristianos, con aquiescencia de la comunidad de Jerusalén, siembran duda y confusión en los gentiles conversos. Esto ocasiona que Pablo, acompañado de Bernabé y Tito —gentil converso este último— suban a Jerusalén con ánimo de zanjar la cuestión, tal como acabó siendo,  aunque no sin conflictos entre las tres facciones encontradas: Pablo y Bernabé por los cristianos gentiles, Santiago, Cefas y Juan como portavoces de los judeocristianos y “los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar…” (cf. Ga 2,4). Al respecto, Joachim Gnilka (op. cit.) especula: “Es posible que en las negociaciones hubiera alianzas entrecruzadas entre algunos miembros pertenecientes a facciones diversas: entre Bernabé y los más autorizados de Jerusalén, entre Cefas y Pablo, entre Santiago y los radicales”. Con todo, se llega a un acuerdo que, sin resultar satisfactorio para todos, abre prácticamente sin condiciones las puertas de la Iglesia al mundo: “Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos” (Ga 2,9).
 
Con todo, la apertura al mundo no resulto libre de escollos, tal y como ilustra el llamado incidente de Antioquía protagonizado por Pedro y Pablo en lo que, según parece, vino a ser su último encuentro; resulta harto interesante escucharlo en la voz del propio Pablo: “Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era censurable. Pues antes que llegaran algunos de parte de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, empezó a evitarlos y  apartarse de ellos por miedo a los circuncisos. Y los demás judíos disimularon como él, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado a la simulación. Pero en cuanto vi que no procedían rectamente, conforme a la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?» (cf. Ga 2,11-14).
 
Considero probable que en los tres primero siglos de existencia de la Iglesia  —a pesar de haber comenzado ya el proceso de concentración de la autoridad de la Iglesia en los sucesores de Pedro— resultaran valorados rasgos tales como la autonomía de la que Pablo es paradigma, y el sometimiento de la autoridad a los acuerdos tomados en forma colegiada de tal manera que a ésta se le pueda exigir, públicamente, congruencia, al tiempo de no tolerársele arbitrariedad alguna. En este sentido, el recuerdo asociado de Pedro y Pablo, unidos finalmente por la pasión del Evangelio, sí que resulta un referente inspirador no sólo para la praxis cristiana de la Iglesia, sino para cualquier colectivo que, de manera sana, anteponga una causa común a los intereses de grupos o personas.
 
«Porque mi yugo es suave y mi carga ligera»
 
14° Domingo Ordinario
6 de julio de 2008
 
Mt 14,25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.26 Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce  nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
 
 
Tradicionalmente, el texto que me ocupa se ha leído como la contraposición entre la ley del Antiguo Testamento y la ley (¿?) del evangelio. Hay sin duda algo de ello. Con todo, revisando algunos términos es posible acceder si no a una lectura radicalmente distinta, sí a una aproximación más rica en relación con el pensamiento de Jesús de Nazaret que se refleja en el texto en cuestión. Así y en principio, vale rastrear el significado del término “pequeños” quienes, según el Maestro Galileo, han recibido del Padre la revelación de “estas cosas”. En general, el vocablo griego nepios significa infantil, inocente, menor de edad. Pero empleado en sentido figurado y metafórico —tal como sucede en esta palabra de Jesús— no se refiere tanto a ser niño cuanto a ser ignorante, sí, pero en modo alguno de manera peyorativa: se trata tanto de los discípulos como de los seguidores y simpatizantes de Jesús que, en términos generales, no tienen diplomas académicos, por así decir (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Y es que esos “sabios e inteligentes” a los que Jesús se refiere no pueden ser otros más que los escribas o doctores de la Ley que, en algunos casos al menos, no ocultan el profundo desprecio que tienen para el grueso del pueblo; hay en el evangelio de Juan un recuerdo que ilustra como pocos esta situación: luego de que los guardias del Templo de Jerusalén, habiendo recibido la orden de pender a Jesús, regresan con las manos vacías, las autoridades del Templo los increpan: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en  él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-48). Y es que estos “sabios e inteligentes” han acabado desvirtuando el sentido más profundo de la Ley en Israel puesto que, a diferencia de otras legislaciones, la del pueblo judío es una resultante del pacto establecido con Yahvé: no es, entonces —en su origen al menos— la Ley un aparato de normas impuesto por una autoridad a partir de su poder, sino, insisto, la consecuencia de un pacto entre Dios y un pueblo en función de su bienestar. Así, la Ley no habría de producir sometimiento sino adultez en tanto que regula con un sentido muy agudo de justicia las relaciones sociales de un colectivo que tiene una raíz teológica en su origen; baste como referencia de lo anterior la ley del Jubileo que exige, con mecanismos muy precisos, que cada cincuenta años la propiedad regrese a su dueño original aun éste la haya enajenado (cf. Lv 25,1-7).
 
En este sentido, los “sabios e inteligentes” han puesto un yugo harto insoportable sobre el pueblo cuando a partir del exilio a Babilonia (586-538 a.C.) la Ley comienza a cobrar importancia por sí misma a tal punto que puede afirmarse que la primacía de la Ley acaba extinguiendo la institución profética y, ya sin el equilibrio del carisma que representa la profecía, se impone como referente único en la vida de Israel: es la Ley lo que preside la restauración de Israel como pueblo. Resulta lógico que a partir de esta primacía de la Ley surja un grupo de estudiosos especializados en su análisis e interpretación: los Escribas que, como institución, acaban generando una tradición paralela al Pentateuco, y proponiendo los demás escritos de la Escritura judía como un mero comentario a la Ley. Con el paso del tiempo, esta tradición de comentarios —la halaká: una tradición oral encarnada en más de dos mil preceptos— acaba imbricada con los Libros Santos de modo tal que, para el judío común, resulta difícil diferenciar la Ley en sí de la Torá de los escribas. Si a lo anterior se añade que, coincidentemente a este proceso de formación del corpus legal, surge la institución de la Sinagoga como espacio dedicado a la enseñanza de la Ley durante la semana y lugar del culto popular judío que, cada Sábado, gira en torno a la lectura y comentario de la Ley, se tiene una idea aproximada del peso religioso que pende sobre el pueblo llano (cf. H. Balz y G. Schneider, op. cit.).
 
Pero el yugo pesado no se limita al cumplimiento de la Ley y de la tradición oral. El término zygos que originalmente refiere a la barra de tracción que deben tirar las bestias de carga y que, según el DRAE es un “instrumento de madera al cual, formando yunta, se uncen por el cuello las mulas, o por la cabeza o el cuello, los bueyes, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, el timón del arado, etc.” habla en el caso de la Palestina del siglo I de una situación socioeconómica verdaderamente dura de arrastrar: se trata de la carga fiscal que se traduce en la depauperación de los pequeños agricultores y pescadores que pasan a engrosar las cada vez más abundantes filas de jornaleros, en el mejor de los casos, o de ladrones o mendigos en el peor. Tómese en cuenta que un judío de entonces ha de desembolsar entre un 10% y un 50% del fruto de su trabajo para cubrir las tasas impositivas tanto directas —que gravan personas físicas, propiedad y producción—, como indirectas —que afectan transacciones comerciales y servicios amén de pagos aduanales, peaje e importación de mercaderías— amén del  tributum capiti o tributo personal para el emperador romano.
 
No es pues difícil de suponer que los “fatigados y sobrecargados” a quienes Jesús de Nazaret habla hacía sí y ofrece descanso fuesen muchos y, además, pertenecientes a los sectores sociales no tanto desfavorecidos como auténticamente expoliados. La oferta del Maestro Galileo no se limita, entonces, a una praxis legal nueva y humana, sino también a la inclusión en un colectivo con características socioeconómicas fundadas en el horizonte del Reino de Dios: a una fraternidad igualitaria que gira en el “Padre, Señor del cielo y de la tierra”, esto es, en un Dios si creador, también inmerso en la historia del hombre, para quien quiere el bienestar digno que le merece su calidad de imagen y semejanza de quien lo creara.
 
Habremos los discípulos de Jesús de Nazaret, qué duda cabe, de asumir la responsabilidad de que esta palabra de Jesús —“la perla de Mateo”, como la considera Ulrich Luz (El evangelio según san Mateo, II, Salamanca 2001)— no solamente siga resonando en la Iglesia y en el mundo, sino que vaya siendo una realidad como lo deseara nuestro Maestro.
 
La tierra buena
 
15° Domingo Ordinario
13 de julio de 2008
 
Mt 13,1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.
Decía: «Salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»
Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado;
no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane”.
«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
«Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la palabra y la entiende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.»
 
 
“Jesús es una parábola y cuenta parábolas. Sólo con parábolas se puede «explicar» una parábola”. Resulta interesante esta afirmación de Edward Schillebeeckx  (Jesús. Historia de un viviente, Madrid 1981) para iniciar un intento de aproximación a la parábola del sembrador conservada en el texto que me ocupa, y, de alguna manera, a las parábolas de Jesús de Nazaret transmitidas en la tradición sinóptica. Y es que la parábola —que de suyo viene a ser un género literario de extremada finura, bien enraizado en la tradición literaria oriental— encuentra en Jesús de Nazaret uno de sus máximos exponentes según afirma Gerd Theissen (El Jesús histórico, Salamanca 2000) cuando compara las parábolas de Jesús, que considera genuinas creaciones literarias, con otras parábolas de origen rabínico contemporáneo. No resulta sencillo definir lo que es una parábola; baste mencionar que las parábolas de Jesús son relatos de asunto socioeconómico —sólo tres de contenido religioso: Lc 12,16-21; 16,19-31; 18,9-14—, de estructura abierta y, por consiguiente, orientadas a provocar una reflexión en el oyente a partir de un efecto de choque generado por elementos narrativos insólitos y que sugieren cerrar el relato con una toma de posición personal.
 
Pero antes de abordar el asunto de la parábola en cuestión, vale mencionar una cuestión planteada a la mitad del texto, cuando los discípulos preguntan a Jesús el porqué de su hablar en parábolas, cuestión por cierto que ha generado una discusión harto interesante entre los estudiosos especializados en los evangelios. Y no es para menos puesto que la respuesta del Maestro Galileo, con todo y su alusión a un texto de Isaías, permitiría pensar que Jesús mismo tiene como un interés en no ser comprendido por los oyentes que están fuera del círculo de sus seguidores, como si la enseñanza de Jesús fuese reservada para iniciados, posibilidad por demás chocante. Hay que decir, primero, que la noción de causalidad es totalmente diferente en el pensamiento del Oriente antiguo a la propia del pensamiento occidental contemporáneo donde La causa y el efecto son objeto de análisis continuo en función de explicar cualquier realidad. Si se añade que el pensamiento de Israel está teñido de un monoteísmo radical, la causa única de cuanto existe y sucede es Dios, cosa que, desde el mismo Antiguo Testamento, no deja de provocar más de una pregunta (cf. el Libro de Job).
 
Dado lo anterior, lo que parece intencional en boca de Jesús resulta ser, más bien, una constatación: su hablar en parábolas acaba siendo ininteligible para muchos de sus contemporáneos. Y es que éstos están acostumbrados a una manera determinada de hablar de Dios —y de las cosas y de los intereses de Dios—: la manera de los Escribas que, partiendo siempre y obsesivamente de la Ley, reducen la relación entre Dios y el hombre a un asunto meramente jurídico y, correlativamente, generan una idea de Dios como alguien que estuviera interesado sólo y únicamente en el cumplimiento de la Ley. No es de extrañar, pues, que si el Maestro Galileo habla de Dios como un pastor que deja el rebaño por una oveja perdida, como un paterfamilias escandalosamente aquiescente al punto de repartir la herencia en vida y festejar al granuja que la dilapidara, como un ladrón que llega en el momento más inesperado, como ¡una mujer! que extravía una moneda y barre y la encuentra y hace fiesta por el hallazgo, y más, simple y sencillamente resulte incomprendido: “De hecho se vela este misterio [del Reino] mediante las parábolas y no precisamente por su oscuridad y complejidad, sino precisamente a causa de su simplicidad. Porque un sembrador sale a sembrar, y nada más. Y esto significa el mundo nuevo de Dios” (así Gunter Bornkamm, citado por J. Gnilka en El evangelio según san Marcos I, Salamanca 1999).
 
En cuanto a la parábola del sembrador, hay que pensarla en el contexto de la primera fase del proceso agrícola, cuando un sembrador arroja la semilla a voleo, esto es, esparciendo los granos con la mano de manera regular en la superficie de la tierra de cultivo. Ahora bien, resulta que el sembrador en cuestión parece trabajar de manera descuidada ya que las semillas caen indistintamente a lo largo del camino, en un pedregal, entre abrojos y, finalmente, en tierra buena. En este punto los oyentes habrían de identificar, con muy escasa simpatía por cierto, al sembrador con un pequeño terrateniente poco interesado en cuidar el grano de cultivo, seleccionado y cuidado con esmero y que para un simple agricultor resulta de valor extraordinario y, por tanto, pondría particular atención en su manejo. Con todo, el malestar de los oyentes, a los que hay que suponer familiarizados con el medio agrícola, se transformaría en sorpresa cuando el narrador pasa de manera súbita de la siembra a la cosecha que, por cierto, describe como verdaderamente imposible: una producción de entre cuatro o cinco veces la semilla usada es considerada normal, y de siete a diez un rendimiento extraordinario (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Dado su carácter de texto abierto, la parábola suscita en el oyente —de entonces y de ahora— diversas preguntas de cuyas respuestas habrá de depender la postura que tome. Una de tales preguntas, quizá la más recurrente, gira en torno a aclarar lo que se ha de entender por tierra buena. Y es que, tradicionalmente, una multitud de predicadores —¿y teólogos?— han identificado la tierra buena con el hombre cargado, rebosante de virtudes morales cimentadas, desde luego, en los diez mandamientos de la Ley mosaica. Ante esto vale confrontar, Evangelio en mano, qué vino a ser, en tiempo de Jesús, la buena tierra; de hecho, el mismo Maestro Galileo lo aclara: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él» (cf. Mt 21,31-32). Y ese “vosotros” del que Jesús habla resultan ser “los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo” a los que contrapone dos de los muchos referentes de exclusión por parte, justamente, de quienes entonces van arrastrando su carga de virtudes.
 
La buena tierra, pues, vienen a ser aquéllos excluidos que, teniendo conciencia de su exclusión, desean un mundo distinto, un mundo donde vivan la inclusión que les es negada y que Jesús de Nazaret ofrece y da a manos llenas. Vale abundar que por excluido hay que entender a quien está fuera del bienestar en cualquier ámbito de la vida: psicológico, cultural, religioso y, por supuesto, socioeconómico, siendo éstos dos últimos ámbitos los que, por su naturaleza, evidencian con mayor fuerza al excluido su calidad de tal. Es pues, allí, en la buena tierra de los excluidos nunca resignados a su exclusión y no en le tierra del camino, ni entre cardos, ni entre piedras —«Quien tenga oídos para oír, que oiga.»— donde la semilla habrá de dar, nadie lo dude, una cosecha abundantísima.
 
Hablar de Dios como de una mujer…
 
16° Domingo Ordinario
20 de julio de 2008
 
Mt 13,24-43
Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.’»
Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»
Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»
 
 
La presencia de unas cuarenta parábolas en la tradición sinóptica habla por sí misma de la preferencia de Jesús de Nazaret por esta forma literaria en su predicación del Reino de Dios. Y no es que la parábola resultase una forma rara en los métodos de enseñanza propios del Oriente Antiguo, incluyendo desde luego tanto al Israel del Antiguo Testamento como al mundo judío del siglo I, sino que el uso que el Maestro Galileo le da constituye, en cierto modo, una novedad: a diferencia de otros maestros que emplean la parábola como una mera ilustración de alguna orientación moralista, Jesús usa las parábolas para hablar de Dios, esto es, para revelar los “misterios del Reino”, para —¡atención!— expresar su idea de Dios. De suyo, el redactor del texto en cuestión así lo considera: “Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: ‘Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’”.
 
Las parábolas, pues, en Jesús vienen a ser instrumento de revelación orientada al pueblo llano en cuanto que se caracterizan por la sencillez de las imágenes en ellas empleadas: vale insistir que del catálogo de cuarenta parábolas, según Joachim Jeremias (Las parábolas de Jesús, Estella 1997), sólo tres de ellas tienen asunto religioso (cf. Lc 12,16-21; 16,19-31; 18,9-14): las demás toman sus temas de la vida cotidiana de la Palestina del siglo I: son, por así decir, “mundanas”. Pero más todavía, cuatro parábolas tienen como protagonistas o figurantes a mujeres, cosa importante de subrayar en un mundo que, dominado por el varón, excluye a la mujer: así “El juez inicuo” (Lc Lc.18,1-8), “La dracma perdida” (Lc.15,8-10), “Las vírgenes prudentes y las necias” (Mt 25,1-13), y la parábola de “La levadura” (Mt.13,33; Lc.13,20s) que me ocupa. En este punto vale recordar que los subtítulos de los textos en la Sagrada Escritura son cosa de los editores de las diferentes versiones: así y sin pretender rebautizar las parábolas mencionadas ¿acaso no podrían ser llamadas “La viuda que protesta”, “La mujer que barre”, “Las buenas amigas” y, por último, “La mujer que hace pan”? Y es que el contexto de ésta última es, justamente, una de las actividades más propias del rol femenino del mundo mediterráneo del siglo I: hacer el pan.
 
No resulta una cuestión menor hacer el pan: se trata, ya se sabe, del alimento primordial de entonces. De trigo en la mesa de las clases pudientes, el pan común suele ser de cebada; y es que a pesar de su menor contenido de gluten, su digestión difícil y su sabor bastante inferior al de trigo, el pan de cebada es más barato que el primero: el pan de flor de harina de trigo cuesta dos veces más que el de cebada. Añádase que la cebada necesita menos agua que el trigo y es menos sensible a la salinidad del suelo y se tiene un cultivo harto adecuado para las zonas áridas —y pobres— del mundo mediterráneo. La confección del pan comienza con el proceso de molido del grano que suele hacerse por la noche: para una familia de cinco o seis miembros y suponiendo una ración diaria de medio kilo de pan, se necesitan unas tres horas de trabajo en la molienda. Sigue el horneado que, según la posibilidad de tener combustible se haría en la propia casa: esto no suele ser problema para las familias ricas, pero para el común de la gente es necesario madrugar para llevar la masa fermentada al horno comunal que, por cierto, solamente es accesible a las mujeres. Es raro usar los servicios de horneado del panadero del pueblo mismo, según el tamaño y el nivel económico de un colectivo, provee de pan a quienes pueden adquirirlo y evitarse el engorroso esfuerzo de la molienda (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Y también el trabajo de la fermentación, cosa que supone un cierto arte y que viene a ser el contexto propio de la parábola en cuestión. Para fermentar la masa fresca se le añade a ésta un pedazo de levadura que, para entonces, consiste en un poco de masa previamente fermentada; luego de añadir la levadura, se cubre la masa con un paño y se deja reposar toda la noche para, en la mañana, ya fermentada toda la masa, ponerla a hornear. Qué tan fermentada ha de estar la levadura y cuánto se habrá de poner a la masa es cosa que una mujer aprende desde niña, cuando las hijas ayudan a las madres a hacer el pan. Es, empero, el hecho de que la sabrosura del pan habrá de depender tanto de la habilidad para moler el grano como del conocimiento del tanto justo de levadura que la masa necesita para fermentar: en el caso de la parábola, las “tres medidas” mencionadas por Jesús resultan hiperbólicas: serían alrededor de 120 litros de harina, mismos que se convertirían en pan para una 100 personas (cf. J. Jeremias, op. cit.).
 
Dada su calidad de textos abiertos, las parábolas de Jesús de Nazaret dejan innumerables posibilidades de reflexión. En el caso de la parábola de “La mujer que hace pan” lo primero que hay que apuntar es que el Maestro Galileo no tiene la menor intención de consagrar los roles ora femeninos, ora masculinos u otros propios de la sociedad de su época. En sus parábolas, Jesús habla de siervos y amos, de latifundistas y jornaleros, de padres consentidores e hijos granujas, y más, sí, pero en otros momentos critica de manera harto aguda las relaciones asimétricas como contrarias a la voluntad de Dios (cf. Mc 10,41-45). En el caso concreto de las mujeres, no sólo no aplaude sus roles tradicionales: alaba lo contrario cuando, por ejemplo, en el caso de las hermanas Marta y María esta última asume un rolo propio de varones —el rol de discípulo— cosa que Jesús encomia en medio del enojo de Marta (cf. Lc 10,38-42). A mayor abundancia, Jesús admite cabe sí a un grupo de mujeres emancipadas, por así decir: mujeres atípicas en el mundo judío que, como discípulas, siguen al Maestro Galileo, y como personas autónomas, ponen sus bienes al servicio de la causa del Reino (cf. Lc 8,1-3). Así y sin aspavientos feministas, Jesús cuestiona la desigualdad basada en el género no sólo con su relación personal con las mujeres, sino también, como en el caso de las parábolas arriba mencionadas, usando la figura femenina para expresar su idea de Dios.
 
Porque es eso y no otra cosa lo que el Maestro Galileo hace: si, como se presume, el Reino de Dios es como una dracma, como una lámpara lista para iluminar, como un grito de justicia, o como, tal el caso, un pedazo de levadura, son femeninas la garganta que grita así como las manos que cuidan la luz, que barren o que amasan el pan. ¿Hay que decir algo más para una sociedad y una Iglesia dominadas aún por el sexismo?
 
Como un tesoro, como una perla…
 
17° Domingo Ordinario
27 de julio de 2008
 
Mt 13,44-52
«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
«También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.
«También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justosy los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
«¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»
 
 
¿Son las parábolas del agricultor que, involuntariamente, halla un tesoro y del comerciante que, como fruto de su insistencia en el oficio, encuentra una perla valiosísima, las referencias más bellas con las que el Maestro Galileo se refiriese al Reino de Dios? Sí, sin duda alguna. Pero así y todo, Jesús no deja de contextuar tanto el tesoro como la perla en el ajetreo cotidiano del trabajo humano: cada quien en lo suyo, tanto el mercader como el labrador, experimentan un hallazgo sorprendente y de un valor tal que los lleva a tomar una decisión inmediata en relación con la economía propia, sí,  pero que acabará determinando a futuro —así hay que suponerlo— la totalidad existencial de cada uno de los figurantes de estos relatos de Jesús de Nazaret que me ocupan.
 
En cuanto al tesoro, en el mundo antiguo son comunes las historias de campesinos o trabajadores que, encontrando una fortuna escondida, consiguen el bienestar que su situación económica precaria les ha negado. Pero, además, la cuestión del tesoro escondido es conocida también como caso jurídico: ¿a quién le pertenece? Para el derecho persa no hay duda: al rey. Para el derecho romano la solución es que el comprador de un campo retenga el tesoro si el propietario anterior no conoce su existencia. En el derecho judío, la praxis parece haber sido análoga (así U. Luz, El evangelio según san Mateo, Salamanca 2001). Y es que si bien en el mundo del Nuevo Testamento, por tesoro se entiende vestidos espléndidos (Sant 5,2), provisiones de trigo y víveres (Lc 12,16-21), perfumes valiosos (Mt 2,11), son más bien monedas de oro y plata (Mt 2,11) o piedras preciosas lo que se tiene como objetos de acumulación para asegurar el futuro con, además, la costumbre de enterrarlas para poner semejantes caudales a buen recaudo tanto de ladrones como de situaciones imprevistas, tal como la invasión de un ejército hambriento de botín. Más aún, en la Palestina del siglo I, el derecho rabínico considera que la protección más segura contra latrocinios viene a ser el enterrar los dineros, a punto tal que quien lo hace queda libre de responsabilidad civil en el caso de que lo recibido fuese en depósito; por el contrario, quien envuelve en un pañuelo dinero confiado, está obligado a pagar indemnización por su precaución insuficiente (cf. Mt 25,18; Lc 19,20; J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1997).
 
En cuanto a la perla que, a diferencia de las gemas, productos minerales que son, es la consecuencia de la irritación —casi podría decirse del dolor— de un molusco, la madreperla, que reacciona ante la presencia de un grano de arena secretando progresivamente capas de nácar en torno a él; esas pequeñas esferas de color blanco, dueñas de un brillo del todo particular llamado, poéticamente, oriente, han sido consideradas desde los tiempos más antiguos —justamente en Oriente, aunque también en el mundo helenístico y romano de la cuenca del Mediterráneo— como la quintaesencia de lo más precioso. Obtenidas por buceadores en el Mar Rojo, en el golfo Pérsico y en el océano Índico, las perlas como joyas se convierten en ostentación de lujo y en protagonistas de relatos fantásticos en relación con su valor incalculable: de Cayo Julio César, Suetonio refiere que “su más grande pasión fue por Servilia, la madre de Marco Bruto, a la que en su primer consulado le compró una perla del valor de seis millones de sestercios…” (cf. Vida de los doce césares, 50, Barcelona 1978). Si se tiene en cuenta que un sestercio es la cuarta parte de un denario y que éste, a su vez, es el salario que un jornalero recibe al día, ya se puede tener idea del valor de una perla, así el dato de Suetonio resulte exagerado. En cuanto a la Sagrada Escritura, según algunas versiones, en el Cantar de los cantares se habla de perlas en relación con el cuello de la amada (cf. 1,10). Es, con todo, seguro que el Apocalipsis (21,21) al describir el esplendor extraordinario de la Jerusalén celestial refiere, entre otras cosas, que: “…las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla…”.
 
En relación con el comerciante de perlas del relato, dado el término griego —emporos— con que se le nombra hay que pensar que se trata, a diferencia de un tendero, de un empresario que viaja y que maneja sumas respetables en sus transacciones, muy en contraste con el agricultor que encuentra el tesoro: de éste hay que suponer que es un aparcero que, labrando un terreno arrendado por haber perdido el suyo, golpea con el arado una vasija de arcilla con dinero y, actuando conforme a derecho —según expliqué arriba— compra la parcela extraordinariamente enriquecida por el tesoro. No deja de llamar la atención que las dos parábolas en cuestión remiten, de algún modo, a los dos extremos de la escala socioeconómica de entonces. Y sin embargo, en ambos casos, el factor de lo sorprendente, de lo inesperado, provoca una reacción igual: asumen, insisto, un riesgo total al deshacerse de cuanto tienen, seguros como están de que el valor de lo encontrado y, correlativamente, el futuro que promete su adquisición supera, con mucho, cualquier realidad presente: “…estas parábolas, como la mayoría de las parábolas de Jesús, presentan un ejemplo de conducta humana e invitan a dar un juicio sobre ella. ¿Fue necio el campesino al empobrecerse para comprar el campo? ¿Cometió el mercader una temeridad imperdonable al vender toda su hacienda para comprar una sola perla? A primera vista, sí. Pero el financiero que triunfa es el que sabe cuando convine endeudarse. Lo importante es estar seguro del valor de lo que se compra.” (así C. H. Dodd, Las parábolas del Reino, Madrid 2001).
 
Es, pues, el riesgo de asumir como propia la causa del Reino de Dios el desafío de Jesús de Nazaret en las parábolas en cuestión. Pero, a diferencia del miedo que suele acompañar una decisión arriesgada, tanto el labrador como el mercader experimentan una alegría explicable únicamente por su capacidad de entender la belleza del hallazgo: Dios en la persona de Jesús y en su Evangelio como perla y tesoro, esto es, la posibilidad de una vida diferente, plena de sentido y de paz, en el horizonte de la fraternidad igualitaria del Reino de Dios. Por otra parte, la audacia que supone la reacción tanto del mercader como del campesino acaban siendo una crítica al inmovilismo que se deriva de la pertenecía al establishment por las seguridades que proporciona en forma de identidad reconocida, solvencia económica, prestigio moral, y más: en una palabra: aceptación social y —¿por qué no?— religiosa. Siguen siendo, entonces, la riqueza del tesoro, la belleza de la perla, esto es, el Reino del Padre predicado por Jesús de Nazaret, una decisión de riesgo harto cuestionarte, al tiempo que un mentís para quienes quieran institucionalizar las cosas del Evangelio.
 
El pan del Reino de Dios
 
18° Domingo Ordinario
3 de agosto de 2008
 
Mt 14,13-21
Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, le siguieron a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.
Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida.» Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer.» Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.» Él dijo: «Traédmelos acá.» Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiéndolos, dio los panes a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
 
 
“Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahvé Sebaot y repartió a todo el pueblo, a toda la muchedumbre de Israel, hombres y mujeres, una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas a cada uno de ellos, y se fue todo el pueblo cada uno a su casa” (2 Sam 6,18-19). Semejante obsequio al pueblo vino a ser el final de las celebraciones de la subida del Arca de la Alianza a Jerusalén: se trata, según el relato, de una ocasión de gran júbilo en la que el rey David danza ante el Arca conforme ésta avanza hacia la tienda que el propio rey mandara levantar. Y es que el Arca de la Alianza resulta ser una genuina bendición en tanto que es entonces signo de la presencia de Yahvé, aunque, también, su llegada a Jerusalén no deja de ser algo así como la legitimación divina a la monarquía davídica: de ahí el regalo regio de “una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas”.
 
Resulta más que probable que el que los gobernantes distribuyesen alimentos de manera gratuita al pueblo viniera a resultar cosa común en el Mundo Antiguo por motivos tales como alguna victoria militar, la entronización del rey, acontecimientos religiosos, y más. Con todo, nunca hay que perder de vista que, siempre y de alguna manera, es el dador del pan quien es percibido como munificente: su generosidad, insisto, legitima su existencia por encima del común del colectivo, con todo lo que de ello se siga.
 
Panem et circenes —esto es, pan y juegos de circo, frase acuñada por el poeta Juvenal (c. 67-c. 127), en una de sus sátiras y que ha acabado siendo parte del lenguaje coloquial— describe la distribución gratuita de alimentos al pueblo en la Roma Imperial. Se sabe, en efecto, que Julio César regala trigo beneficiando así a unos 200,000 habitantes de los más pobres de Roma. Con todo, la generosidad de los césares está asentada en el expolio de los países productores de trigo que, sometidos al imperio, entregan grandes cantidades del grano en forma de gravámenes para alimentar a una ciudad de un millón de habitantes. En relación con lo anterior, Richard A. Horsely escribe: “Bajo Augusto, por ejemplo, se subsidiaba grano para unos 250,000 ciudadanos varones, lo que repercutía (si es que no era todo el alimento) en unas 670,000 personas […] El total de las importaciones de trigo sólo a Roma se extraía de los pueblos sojuzgados, de forma desproporcionada, en el norte de África y en Egipto, como tributo e impuestos en especie” (así en Jesús y el Imperio, Estella 2003).
 
Tal es, aunque de manera muy somera, lo que podría llamarse el telón de fondo —en el contexto directo y teológico del Antiguo Testamento de un lado, y en el contexto genérico del mundo mediterráneo del siglo I, de otro— de un hecho de Jesús de Nazaret que vino a calar con tal hondura que, como caso único, viene narrado por seis veces en los Evangelios: la así llamada multiplicación de los panes y los peces, aunque hay que puntualizar que en ninguna de las versiones se dice que Jesús multiplicase cosa alguna: sencillamente refieren que tomo los panes los partió y los dio a sus discípulos para que, a su vez, los distribuyesen entre la gente; otro tanto con los peces (cf. Mc 6,30-44; 8,1-10; Mt 14,13-21; 15,32-3 y Lc 9,10-17; Jn 6,1-15). Ahora bien, si es cierto que los hechos de Jesús de Nazaret producen un cierto escepticismo en cuanto chocan con el pensamiento positivista occidental, y ante los intentos absurdos de explicarlos de manera racional, vale recordar que en la cultura del mundo mediterráneo del siglo I el milagro es cosa común sin que esto suponga que Jesús es un taumaturgo cualquiera —de thaumazo: hacedor de maravillas— como los tantos de entonces que obran milagros ya por exhibicionismo, ya en beneficio propio (cf. Hch 8,9-24). Los signos —semeia— de Jesús, sus actos de poder —dynámeis—, han de ser considerados desde otra perspectiva: “no se los estudia tanto como un «en-sí» a partir de un cuestionamiento filosófico y científico, sino más bien como manifestaciones que se sitúan en un determinado contexto histórico y que son capaces de impactar a quienes vivían en ese tiempo y lugar” (así J. Schlosser, Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005).
 
Vale, entonces y a partir del texto que me ocupa, pero también de sus paralelos, intentar una aproximación no tanto al hecho en sí, cuanto a la percepción y a las inferencias que de él tuvieran los contemporáneos del Maestro Galileo. En este sentido, ha sido el Cuarto Evangelio el que conserva la reacción lógica de un signo que, por los referentes arriba apuntados, vino a percibirse objetivamente como regio: “Al ver la gente el signo que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6,14-15). Al respecto Charles H. Dodd comenta: “En esta breve frase Juan pasa por alto algo que debió ser una situación sumamente crítica. Era nada menos que un intento de rebelión contra el gobierno con Jesús a la cabeza.” (así en El fundador del cristianismo, Barcelona 1984).
 
Y sí, la multitud en cuestión vino a leer el signo de los panes y los peces de una manera que, insisto, dado el contexto, resulta algo así como: “¡Ante nosotros está un Rey que desafía al César de Roma y supera a David: reparte pan sin necesidad de expoliar a los agricultores. Es, pues, el legitimo Rey de Israel: entronicémosle!”  Sólo que la percepción vino a ser totalmente equivocada en cuanto que Jesús de Nazaret anuncia, sí, un reino pero no en el cual es él quien ha de ser reconocido como Rey, sino, ni más ni menos, el Dios Creador, el Dios de Israel, su Padre: con el signo del pan repartido —como con todos los signos por él hechos— el Maestro Galileo quiere remitir al Reino de su Padre, al Reino de Dios.
 
Y sí, en efecto, con la praxis del Reino de Dios, Jesús va más, mucho más allá que David, y también desafía al César de Roma en cuanto que, aun sea implícitamente, contrapone el reinado de Dios a cualquier reinado del mundo aunque, insisto, con el rasgo bien asentado de que él, el Maestro Galileo, no tiene pretensión alguna de ser reconocido —y menos entronizado— como rey. Así pues, el signo de los panes y los peces repartidos quiere remitir a una otra realidad que rebasa el mero ámbito político, aunque, desde luego, lo incluye. Reducir, entonces, la praxis de Jesús de Nazaret a un horizonte meramente sociológico no deja de ser una lectura sesgada del Evangelio. Pero querer omitir, escamotear la dimensión socioeconómica del Reino de Dios en obsequio a los poderosos del mundo resulta, según el mismo Evangelio, un falseamiento totalmente inadmisible.
 
«¡Ánimo!, soy yo; no temáis»
 
19° Domingo Ordinario
10 de agosto de 2008
 
Mt 14,22-33
Inmediatamente [después de dar de comer a la multitud, Jesús] obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis.» Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.» «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
 
 
La imagen, quién lo duda, es fascinante. Tal vez sea la más bella imagen de Jesús de Nazaret que los Evangelios recuerden (Mc 6,45-52; Jn 6,16-21; y el texto que me ocupa); trae a la mente aquello de Machado: “¡No puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”. Y sin embargo, al momento de emprender aunque sólo sea un intento de reflexión sistemática, el recuerdo del Maestro Galileo caminando sobra las aguas se vuelve un tanto complicado. Y es que desde que el pensamiento racionalista vino a ser percibido como un reto a la fe, los esfuerzos por explicar desde la hermenéutica una posibilidad semejante han fluctuado entre las lecturas fundamentalistas que apelan a la divinidad de Jesús que, por así decir, lo capacita y lo autoriza para ponerse por encima de las leyes de la naturaleza, hasta las lecturas que, en un intento por complacer lo que, insisto, se percibe como un enfrentamiento desde la razón, han llegado a proponer que, sin haberse percatado los discípulos por el miedo derivado de la turbulencia de las aguas, la barca que los lleva está ya cerca de la ribera por lo cual, en un momento de bajamar propio del amanecer, Jesús camina no tanto sobre la profundidad de las aguas cuanto en las orillas del Lago de Genesaret.
 
No hay que menospreciar los intentos, bien intencionados sin duda, de compaginar razón y fe. Así y todo, uno de los más valiosos, el de Hans Küng en Ser cristiano (Madrid 1996), con todo y que después de más de treinta años sigue ofreciendo una lectura harto sugerente, se antoja ya un tanto limitado. Y es que como propone Jacques Schlosser —resumiendo una de las tendencias seguidas por varios investigadores en la actualidad— en relación con los hechos de Jesús: “no se los estudia tanto como un «en-sí» a partir de un cuestionamiento filosófico y científico, sino más bien como manifestaciones que se sitúan en un determinado contexto histórico y que son capaces de impactar a quienes vivían en ese tiempo y lugar” (así en Jesús, el profeta de Galilea, Salamanca 2005). O sea, es más bien el impacto de los hechos del Maestro Galileo lo que acaba siendo importante, y más si se tiene en cuenta de que los así llamados milagros resultan culturalmente comunes en el mundo mediterráneo del siglo I.
 
Conviene, pues, recordar que los términos usados en los evangelios para referirse a los hechos de Jesús son dynámeis —hecho de poder— en la tradición sinóptica, y semeia —signo— en la tradición del Cuarto Evangelio y que “las lenguas romances han agrupado todos estos términos bajo el de «milagro»: relacionado etimológicamente con el latín mirari, «admirarse», indica la reacción del hombre ante la acción de Dios, aspecto que el griego original recoge en el término thaumasía, precisamente poco utilizado en el Nuevo Testamento” (así X. Leon-Dufour, ed., Los milagros de Jesús, Madrid 1979). Así y en suma, el caminar de Jesús sobre las aguas hay que entenderlo como un hecho de poder o como un signo, culturalmente común entonces, pero que dejó en sus discípulos un impacto lo suficientemente fuerte como para que fuese conservado tanto en la tradición sinóptica como en aquélla juanina, más allá de lo que en su momento fuese el núcleo histórico del hecho en sí. Porque –y esto es importante— aún las tendencias exegéticas más rigurosamente críticas suponen, hoy por hoy, un núcleo histórico detrás tanto de cada palabra como de cada hecho de Jesús, así tal núcleo no resulte accesible por la índole compleja de la redacción de los evangelios, a diferencia de los elementos formales que no dejan de ser sumamente reveladores en tanto se sitúen en su contexto.
 
Tal es el caso del agua en el texto en cuestión. Harto mencionada en el Antiguo Testamento con, por cierto, su cualidad ambivalente de vida y muerte, el agua tiene una primera referencia en el libro del Génesis como asociada al caos: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.” Si bien criatura de Dios(Gn 1,2), el agua precisa de ser dominada y controlada por el Creador: “…sobre los montes persistían las aguas; a tu bramido emprendieron la huida, se precipitaron al escuchar tu trueno, subiendo a los montes, bajando a los valles, hasta el lugar que tú les asignaste; les pusiste un límite infranqueable, por que no vuelvan a anegar la tierra.” (Sal 104,6-9: cf. Gn 1,6-10). Es así que el mar ha de temblar ante Yahvé, puesto que él es su señor (Sal 77,17; 65,8), y, aunque reino del caos, habrá de vencerlo al fin de los tiempos: “Con su designio ha dominado el océano, y ha plantado islas en él. Los que surcan el mar hablan de sus peligros, y nosotros nos maravillamos de lo que cuentan.” (Eclo 42,23). Vale, entonces, subrayar que, si bien para las culturas contemporáneas del antiguo Israel las aguas vienen a ser casi seres autónomos o, de plano, dioses dotados de un formidable poder destructivo, para el pensamiento teológico judío los mares no son más que una criatura de Yahvé que, si bien puede ser sinónimo de caos —e, incluso, generarlo—, está totalmente sometida a su Creador (cf. L. Coenen, E. Beyreuther y H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 2003).
 
En tal contexto, la lectura del texto en cuestión remite —como se ha entendido tradicionalmente— a la percepción de los discípulos del señorío de su Maestro por encima de los elementos en sí, y más todavía, como el relato sugiere, si éstos cobran la dimensión de caos. Un señorío, por cierto, que según el pensamiento teológico del Antiguo Testamento corresponde únicamente a Dios en cuanto señor natural de su propia creación. Es así que el texto sugiere, ni más ni menos, que el señorío propio del Yahvé de Israel está presente en el hombre Jesús de Nazaret, cosa que se inscribe lógicamente en la perspectiva del Reino de Dios. Habrá entonces que concluir que en uno o varios momentos del itinerario vital del Maestro Galileo, el señorío de Dios —que él mismo tiene como causa existencial— hubo de hacerse patente en su persona con toda la potencia que esto supone por el contexto propio del monoteísmo judío: si Dios es Señor en Jesús, sus discípulos no podrán reconocer como señor ni a Herodes, tetrarca de Galileo, ni a Pilato, gobernador de Judea, ni al césar Tiberio, emperador de Roma y de su imperio. Es así que hoy como entonces —y más allá de la poesía— Jesús de Nazaret caminando sobre las aguas sigue siendo un desafío a quienes pretender ser señores frente a Dios y costa suya. Pero sobre todo una crítica continúa a los discípulos del Maestro Galillo en tanto que acepten, reconozcan y se sometan a señor alguno —cualquiera que éste venga a ser— que no sea el mismísimo Dios presente en Jesucristo.
 
Jesús defiende su identidad galilea
 
20° Domingo Ordinario
17 de agosto de 2008
 
Mt 15,21-28
Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido  de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Despídela, que viene gritando detrás de nosotros.» Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija.
 
 
Para una mejor aproximación al relato que me ocupa, por demás sorprendente, es preciso recurrir al texto fuente del evangelio de Marcos (7,24-30) en tanto que, por ser más antiguo, tuvo que servir de referencia para la reelaboración de Mateo. Y es que mientras éste se refiere a la mujer, que a gritos aborda al Maestro Galileo, como una “cananea”, Marcos puntualiza que se trata de una mujer “griega, sirofenicia de nacimiento”. Y aunque es cierto que el término cananeo conviene particularmente a los habitantes de la región de Tiro y Sidón también habla, en general, de gentiles o paganos, por lo que la precisión de Marcos en cuanto al origen de la mujer resulta de importancia fundamental dado que el núcleo del relato no es tanto el milagro en sí, cuanto el diálogo sostenido entre Jesús y la madre que, angustiada, lo interpela (cf. G. Theissen, Colorido local y contexto histórico en los Evangelios, Salamanca 1997).
 
El escenario donde se desarrolla el relato es, pues, la región de Tiro y Sidón, situada al norte y limítrofe de la Alta Galilea. Vale insistir que no se trata de las ciudades mencionadas sino de la región que las rodea y en la que hay, indudablemente, asentamientos rurales de judíos que, en esta ocasión y muy probablemente, Jesús visita. Estos asentamientos tienen la característica de que, sin estar situados en tierra judía específicamente, conservan los rasgos propios tanto de la cultura como de la religión judías y, como muchas otras comunidades galileas, se dedican al cultivo de la tierra participando de la economía rural, siempre precaria sobre todo si se compara con el nivel económico de Tiro, cuidad rica que es.
 
En efecto, Tiro, ciudad helenizada y próspera, puede considerarse como una zona industrial —de acuerdo a los parámetros de entonces— dedicada a la metalurgia, a la producción de púrpura y a una actividad comercial que se extiende por toda la cuenca del Mediterráneo. Sobra decir que el antagonismo entre cuidad y campo, común en casi todas las culturas y todas las épocas, resulta particularmente agudo en cuanto que Tiro depende para su alimentación de la producción agrícola no sólo de las regiones circundantes sino, incluso, de lugares tan alejados como Gaza. Sin embargo y de acuerdo a lo que resulta una constante histórica, los agricultores que alimentan con su trabajo a la ciudad viven en condiciones económicas extremadamente inferiores a los urbanitas con la consiguiente tirantez entre estos dos segmentos sociales, tirantez que no tarda en derivar en conflicto sobre todo cuando la ciudad, para garantizar el suministro alimenticio necesario, tiende a controlar, de la forma que sea, su zona de abastecimiento agroalimentario (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Es, entonces, factible que la mujer que sale al encuentro de Jesús de Nazaret provenga no sólo de la ciudad de Tiro sino de un estrato social más bien alto, cosa que se deduce al ser descrita como “griega”, esto es, alguien que, aunque nacida sirofenicia, ha asimilado tanto la cultura como la lengua griega, fenómeno social que, para entonces, permea primero y sobre todo a las capas superiores de las ciudades de la cuenca del Mediterráneo. La pertenencia al grupo dominante y que sostiene sus privilegios sobre el trabajo de los campesinos viene a ser la explicación más plausible de la forma en que Jesús se dirige a ella, no sin amargura pero asumiendo como propios los agravios hechos a sus coterráneos: “El que habló en territorio limítrofe tiro-galileo de pan, de hijos (=judíos) y de perros (=paganos), se refería a las circunstancias económicas generales caracterizadas por un claro desfase que el dicho de Jesús viene a invertir con la misma claridad” (así G, Theissen, op. cit.).
 
Dicho de otro modo, Jesús de Nazaret defiende la identidad socioeconómica y cultural de la que participa. Y es que Jesús, no cabe duda, se entiende a sí mismo como galileo con toda la carga que esto supone y que incluye un viejo enfrentamiento —además del ya mencionado con los habitantes de las regiones limítrofes del norte— con la mismísima Judea, la parte sur de Palestina que alberga a Jerusalén como capital y centro dominante que es del mundo judío de entonces. Ahora bien, para defender y reafirmar la identidad cultural galilea, Jesús recurre al lenguaje y se sirve de un término que no deja de resultar agresivo aun venga usado en diminutivo —aunque hay que decir que en la cultura occidental contemporánea su alcance ofensivo es, con mucho, mayor—: en el contexto religioso-cultural de entonces, la palabra perro, que refiere los animales salvajes o callejeros, es un epíteto destinado a los no judíos, a los paganos, pues, y, en el mejor de los casos, perrito habla del animal domesticado o casero (cf. H. Balz y G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 2001). Es claro, entonces, que la respuesta de Jesús resulta todo un desafío dado el trasfondo del código honor-vergüenza vigente en el mundo mediterráneo del siglo I. Desafío necesario dirigido por un predicador itinerante galileo a —vale insistir— un miembro del segmento que expolia y veja a los suyos.
 
La mujer, hay que admitirlo, encaja el golpe con elegancia. Más aún y como el mismo Jesús hiciera tantas veces, invierte el juego desafío-respuesta propio del código de honor-vergüenza desarmando así al Maestro que, en la misma dinámica de inversión del juego, acaba admirando la calidad de aquélla que le sigue demandando su intervención, sí, pero ahora reconociendo y dejando a salvo la identidad galilea de Jesús: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas», según Mateo; «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija», según —y más sobriamente— Marcos.
Puede, entonces, inferirse que, desde la perspectiva de Jesús de Nazaret, la identidad cultural es cosa que, en ocasiones y según las circunstancias, habrá que defender a toda costa. Y esto, sin contradecir la propuesta de igualdad, de universalidad que, implícitamente, contiene la causa del Reino de Dios. Y es que en nombre de la universalidad puede esconderse la trampa del pensamiento único que busca uniformizar la variedad cultural para facilitar la explotación a escala, también, universal: tal ha sido, hasta hoy, el saldo de la globalización. Presentada por sus defensores como el mecanismo que habría de poner fin a la desigualdad, la globalización del modelo económico neoliberal ha conseguido que la renuncia a la identidad genere colectivos culturalmente amorfos, aunque evidentemente útiles a sus intereses a cambio de algunas migajas del bienestar que, en abundancia, tienen los países ricos. Así pues, la defensa de la identidad cultural llamando, como Jesús de Nazaret lo hiciera, a las cosas por su nombre, bien puede ser una vía de preservación de lo genuinamente humano como plataforma para una economía más autónoma y menos dependiente, más igualitaria y menos agresiva para el medio ambiente: en una palabra, menos servil al dinero y más próxima al Evangelio de Jesucristo.
 
«Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»
 
21° Domingo Ordinario
24 de agosto de 2008
 
Mt 16,13-20
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.
 
 
La pregunta que Jesús de Nazaret hace a los suyos en relación con la opinión que de él tiene la gente no obedece a lo que hoy vendría a llamarse una encuesta de popularidad, tampoco se plantea como un examen sobre la información que los discípulos han recogido, y, mucho menos, como consecuencia de la curiosidad del Maestro Galileo relacionada con “el-qué-dirán” como referente para normar o corregir criterios de actuación en función de la aceptación pública. El trasfondo de la pregunta —que habrá de extenderse a la opinión de los mismos discípulos— hay que buscarlo, al menos en principio, en el código honor-vergüenza que rige el mundo mediterráneo del siglo I, en el que la opinión del colectivo al que pertenece un individuo orienta a tanto a la persona en cuestión como al grupo para llevar a cabo la interacción social adecuada: es, pues, un mecanismo de control social.
 
Pero también —y esto resulta más importante— la opinión colectiva define y explica la identidad de la persona. Y es que en el mundo antiguo la implicación comunitaria es tal que la relación que se tiene con el grupo fundamental conforma la personalidad, que el mundo contemporáneo occidental entiende como derivada de la estructura psicológica individual. Vale apuntar que en la definición de la identidad en la Palestina del siglo I, es la familia la primera instancia social que, con su opinión, proporciona los primeros cimientos de lo que una persona es (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).  De ahí que Jesús se interese de la opinión de la gente, sí, pero sobre todo de la opinión de los suyos en tanto que vienen a constituir su familia subrogada (cf. Mc 3,31-35).
 
Pues bien y aún con variantes, la opinión colectiva en relación con Jesús lo define como profeta: ya sea que se le remita a Juan el Bautista —de quien el mismo Jesús vino a decir: «Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta»— o a Elías, ambos paradigmas del profetismo crítico o, genéricamente, a alguno de losprofetas. Más todavía, la tradición sinóptica conserva una discusión en la corte de Herodes Antipas en torno a la identidad de Jesús: “Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.» Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.» Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado» (Mc 6,14-16; cf. Mt 14,1-2; Lc 9,7-9).
 
Hay que decir que la percepción de Jesús de Nazaret como profeta no está, en modo alguno, equivocada si se toma en cuenta que en el contexto del pensamiento bíblico un profeta es un hombre elegido por Dios para hablar en nombre suyo que, además, suele acompañar su predicación con signos: en este sentido, la referencia a Elías resulta harto plausible por, justamente, las obras de poder a él atribuidas. Es, con todo, anterior a Elías la irrupción del profetismo clásico, en el sentido más estructurado y propio, en cuanto que es paralela a la institución de la monarquía: «Y todos los profetas que desde Samuel y sus sucesores han hablado, anunciaron también estos días» (Hch 3,24). Samuel, en efecto, media entre Yahvé y el pueblo para constituir un rey en Israel al tiempo que queda como la voz crítica que, de parte de Dios, orienta o critica al monarca (cf. 1 Sam), asentando así lo que habrán de ser las características propias del profetismo israelita: la crítica, en nombre de Yahvé, de la institución monárquica y, posteriormente, de la institución del Templo, y la lectura teológica de la historia, esto es, el análisis del presente y la proyección —más que anuncio o vaticinio— del futuro (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 1999).
 
A pesar, empero, de que la percepción como profeta responde en cierto modo a la identidad del Maestro Galileo —no rechaza ni discute Jesús la opinión que la gente tiene de él— éste inquiere todavía más, profundizando en la percepción que de él tienen sus discípulos. Es entonces cuando, según el testimonio unánime de los sinópticos, Simón, hablando en nombre de sus compañeros, define a Jesús de Nazaret como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, según el texto en cuestión, como “el Cristo, de Dios” según Lucas, o como simplemente “el Cristo” según Marcos, con la sobriedad que lo caracteriza y que resulta para muchos estudiosos un criterio de mayor aproximación al Jesús histórico. Sea como fuere, la identificación de un profeta con el Cristo, esto es, con el Mesías no es asunto común entonces. Es cierto que una tradición entonces vigente considera que el Mesías ha de ser precedido por la aparición de un profeta, cosa por demás interesante si se toma en cuenta que, a partir del retorno del exilio —hacia el 538 a.C.— el profetismo desaparece como ahogado, como reprimido por la institucionalización y solidificación del la Ley como legalismo, del Templo como ritualismo y del sacerdocio como clericalismo (así H. Küng, El judaísmo, Madrid 1998).
 
Con todo, la imagen mesiánica esperada fluctúa entre un mesías sacerdote o un mesías rey. Así, los esenios de Qumrán —y cuantos comparten su pensamiento teológico— esperan más bien un Mesías sacerdote dado el horizonte teñido de clericalismo que los caracteriza, sin que obste la posibilidad de un otro Mesías rey. Es, con todo, la figura de un rey lo que domina la expectativa mesiánica dominante en el pueblo llano, alimentada por el pensamiento fariseo y llevada al extremo por la rama zelota que colorea la figura del Mesías rey, como un rey guerrero pronto a aniquilar el yugo del Imperio Romano. Hay detrás de estas expectativas las unciones reales y sacerdotales relatadas en el Antiguo Testamento, donde la unción de los profetas está poco atestiguada (cf. J. Schlosser, Jesús. El profeta de Galilea, Salamanca 2005). Es así que la percepción de Jesús de Nazaret como Mesías Profeta es una novedad teológica de tal magnitud que Mateo la atribuye a la revelación: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».
 
Es, pues, sobre el conocimiento de si mismo donde Jesús de Nazaret asienta su Iglesia, esto es, la comunidad de discípulos a quienes deja la encomienda de continuar la causa del Reino, a tal punto que la pregunta que, según la tradición de Mateo, hiciera el Maestro Galileo en Cesárea de Filipo — «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»— queda como un interrogante abierto e ineludible ante el que cada generación de discípulos tiene la responsabilidad de responder. Porque de la profundidad del conocimiento de Jesucristo con que se responda, dependerá la calidad cristiana de la Iglesia en sus distintos momentos históricos.
 
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero?»
 
22° Domingo Ordinario
31 de agosto de 2008
 
Mt 16,21-27
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?
«Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»
 
 
El texto que me ocupa trata de la cuestión mesiánica en relación con Jesús de Nazaret, asunto que tanto Mateo como Marcos y Lucas abordan a partir del pasaje conocido como “La confesión de Pedro” (cf. Mt 16,13-20; Mc 8,27-30; Lc 9,18-21) en el que Simón identifica a Jesús como el Cristo, siendo por esto llamado bienaventurado por el Maestro Galileo, aunque, acto seguido, el mismo Simón —ahora llamado Pedro— se hace merecedor de un reproche harto áspero del mismo Jesús: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!». Es cierto que, en la lectura continua de los dos segmentos de lo que viene a ser una misma perícopa, suele llamar más la atención lo que se percibe como un cambio en Pedro que pasa bruscamente de ser sujeto de la revelación de la calidad mesiánica de Jesús —y como tal bienaventurado— a ser escándalo para el mismo Maestro —y como tal Satanás—.
 
Este cambio en el primero de los Doce ha provocado innumerables reflexiones y, correlativamente, ha movido la mano de tantísimos autores que, desde el cálamo hasta la computadora, han tratado ora de justificar, ora de menospreciar a quien ha sido considerado el primer Papa. Vale señalar que las más de las elucubraciones en torno al sucedido en cuestión vienen teñidas de lecciones morales más propias de una fábula que de un análisis teológico. Y aunque el asunto no resulta menor, el acento del texto en cuestión cae más sobre la cuestión mesiánica en sí —y en las consecuencias que ésta tiene para los discípulos— que en la persona de Pedro, así este mismo venga llamado satanás, adjetivo hebreo que significa adversario que se opone hostilmente y que deriva en sustantivo por influencia del dualismo persa, habla del poder antidivino por excelencia; y escándalo, literalmente empujón para hacer caer en la incredulidad, dice de todo aquello que provoca el que alguien obre mal: designa objetivamente la inducción al pecado (cf. H. Balz, G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).
 
Y es que en la estructura del texto, Simón Pedro viene a ser como la expresión de los discípulos de Jesús, esto es, del ambiente ideológico que priva en el círculo más cercano al Maestro Galileo: baste notar que cuando Jesús pregunta sobre sí, lo hace en segunda persona del plural, de donde se infiere que Pedro responde por los discípulos y, correlativamente, el rechazo a la posibilidad del destino trágico que Jesús anuncia para sí, hay que pensarla también como cosa presente, también, en el grupo de los discípulos. Es cierto que a Pedro se le atribuye —particularmente en el evangelio de Mateo— intervenciones a título personal tanto en forma laudable como de manera negativa, de donde hay que inferir la intención de destacar la figura del pescador; sin embargo y para fines teológicos, Simón Pedro es como un icono, insisto, de los discípulos que siguen al Maestro Galileo (cf. J. Gnilka, Pedro y Roma, Barcelona 2003).
 
Queda, pues, a reflexión la cuestión mesiánica relativa a Jesús de Nazaret que en la perícopa en cuestión se perfila, según la percepción de sus contemporáneos, a partir de la figura de un profeta, cosa que contradice las vertientes dominantes en relación con las expectativas mesiánicas: sacerdotales, sí, pero sobre todo regias. Y es que, vale recordar, no es un profeta sino un rey lo esperado como Mesías por, quizá, la mayoría del pueblo judío de la Palestina de entonces. Con todo, Jesús parece identificarse sin dificultad alguna con la figura de profeta sobre la que acepta la realidad mesiánica para sí, cosa que no sólo no resulta la respuesta esperada, sino que, en su propia lógica, genera dificultades. Y es que profetismo y rechazo violento por parte de establishment van, históricamente, de la mano. Una mirada somera sobre la suerte de los profetas en el Antiguo Testamento basta para confirmarlo. Más aún, Juan el Bautista, considerado por el mismo Jesús como “más que un profeta”, acaba, por esos mismos días, victimado por el poder: ya según la información de la tradición sinóptica, ya según el relato de Flavio Josefo, el Bautista termina sus días en manos de Herodes, el tetrarca de Galilea.
 
No resulta, pues, extraño que Jesús de Nazaret en tanto que asume el rol de profeta del Reino de Dios en su doble vertiente de inspiración y crítica, contemple en su futuro inmediato la confrontación con el nivel más alto del establishment judío de su tiempo: el Gran Sanedrín de Jerusalén. Y, dentro de la misma lógica, pueda prever que la resultante de dicha confrontación venga a ser justamente la cruz, el método de ejecución usado por la potencia romana de ocupación, en tanto que ésta ha privado al Sanedrín de la facultad de ejecutar a quienes reciben de él la sentencia de muerte. Y si hay algo repulsivo para un judío de entonces es, justamente, la cruz, que se lee no sólo como reprobación por parte de los hombres, sino como abandono del mismo Dios. Es así que cuando el Maestro Galileo habla de su destino final en términos de rechazo de las instituciones judías y ejecución en manos de los romanos contradice cualquier expectativa mesiánica, por lo que resulta del todo congruente que un futuro tal resulte inaceptable para sus discípulos que, en lo que muy probablemente haya sido un proceso —un tanto difícil por lo atípico— han ido descubriendo y asimilando una otra posibilidad mesiánica: ya bastante es renunciar a la figura de un mesías rey como para digerir la perspectiva de un mesías crucificado.
 
Es esto, entonces y muy probablemente, lo que está detrás de la intervención de Pedro cuando intenta disuadir a Jesús de un destino trágico que, además, acabaría involucrando a los mismos discípulos en la suerte de su Maestro. La respuesta de Jesús es contundente: el discipulado, esto es, el abrazar la causa del Reino de Dios, supone enfrentar al establishment porque éste, por su naturaleza, está reñido a muerte con la inclusión de los desclasados: pobres, hambrientos, afligidos, perseguidos, niños, mujeres que son declarados dichosos por ser dueños del Reino de Dios; enfermos, discapacitados, víctimas de cualquier deficiencia física que experimentan la rehabilitación social en Jesús; pecadores, escoria social, en fin, que recuperan la dignidad cuando, en torno a una mesa con Jesús, viven la igualdad radical al participar del mismo rango del anfitrión fraterno que les sirve en nombre de Dios (así  (cf. G. Theissen y A. Merz, El Jesús histórico, Salamanca 2000).
 
Si tal es el significado del mesianismo de Jesús de Nazaret, si tales son sus logros como Mesías, si por esto hay que arriesgar la vida, hoy como entonces, suena a locura y como tal se rechaza. Con todo, para Jesús tiene un significado diferente: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?».
 
La justicia fraterna que Jesús propone
 
23° Domingo Ordinario
7 de septiembre de 2008
 
Mt 18,15-20
«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.
«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
«Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
 
 
Tomado de manera aislada y descontextuado de la realidad histórica del mundo mediterráneo del siglo I, el texto que me ocupa describe, ni más ni menos, las etapas de lo que no pude entenderse más que como un proceso de exclusión de la comunidad de los discípulos de Jesús de Nazaret, cosa que resulta inquietante en tanto que contradice abiertamente la actitud incluyente que caracteriza, como rasgo dominante, la praxis del Reino de Dios del Maestro Galileo. Con todo, no estando el discipulado del Maestro Galileo exento de conflictos internos, el texto en cuestión remite a lo que habrá de entenderse como un método para zanjar asuntos que pongan en peligro la estabilidad de la comunidad de los discípulos, sí, pero también como una propuesta de Jesús en función de salvaguardar la autonomía de la misma comunidad de lo que resulta ser un medio social hostil, además de injusto.
 
El punto de partida es la posibilidad de la comisión de un pecado —«Si tu hermano llega a pecar…»— en donde el griego hamartáno —pecar— dice, en principio y en el sentido más amplio, del yerro cometido por error y/o por culpa, y no sólo considerado como un hecho sino también en cuanto a la condición de este hecho. Ya en el contexto de la comunidad de los discípulos de Jesús cobra una dimensión que va más allá del mero delito: se trata, ahora, de toda acción humana que va en contra Dios, pero que dada la identificación entre Dios y el hombre propuesta por Jesús de Nazaret en función de la praxis ética de los suyos (Mt 22,34-40, y par.), el obrar mal afecta, sin duda, las relaciones de igualdad fraterna que han de caracterizar a la comunidad cristiana (cf. L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Salamanca 1999). Añádase que, no habiendo entonces el agudo sentido de individualidad que caracteriza la ética contemporánea, el pecado o delito cometido aún no siendo francamente público, es asunto que compete a la comunidad en su conjunto que tendría que recurrir a las instancias judiciales.
 
El aparato de justicia para los judíos, particularmente para aquéllos que viven en Palestina, se conforma, primero, por el Gran Sanedrín de Jerusalén: sus 71 miembros presididos por oficio por el Sumo Sacerdote en turno conocen los delitos mayores al tiempo que, de alguna manera, sientan jurisprudencia. Luego hay —según Flavio Josefo— cuatro tribunales de justicia de 23 miembros en Gadara, Amat, Jericó y Séforis que resolverían delitos de mediana gravedad; por último, en cada comunidad judía existe un tribunal de 3 miembros que juzga delitos menores. La probidad de dichos tribunales queda en entredicho por, primero, el juicio al que fuera sometido el mismo Maestro Galileo y, segundo, por la crítica que éste hace de los tribunales menores en la parábola conocida como “El juez inicuo” (Lc 18,1-8).
 
No es, empero, el aparato de justicia judío el que habría de preocupara a Jesús, sino el sistema de justicia romano que priva en el Imperio donde —al igual que en la Palestina judía— se superpone a los aparatos locales de justicia. Y es que, aunque el Derecho Romano haya pasado históricamente como paradigma de justicia, la práctica de entones es un muy otro asunto. Es preciso partir de que el derecho Romano contempla la impartición de su justicia sólo y únicamente para los ciudadanos romanos, que para las primeras décadas del siglo I no son ni siquiera el 10% de los habitantes del Imperio: los demás caen ya en la categoría de peregrini en caso de ser libres, ya en la de servi en caso de ser esclavos. Ahora bien, los peregrini —a los que por su condición social pertenecerían los más de los discípulos del Maestro Galileo— son, proverbialmente, víctimas de una administración de justicia más que discrecional: de hecho, suelen se vejados y aún condenados sin un juicio formal a la pena de muerte: los propios relatos de la pasión de Jesús resultan ser una prueba de ello: baste recordar que la decisión final de Pilato en relación con Jesús es consecuencia de un regateo entre el procurador romano y las autoridades y la  multitud judías (cf. Mc 15,1-15; Mt 27,11-28; Lc 23,13-25; Jn 18,28-19,1-16).
 
Es, empero, el caso de los conflictos legales de Pablo, según se cuentan en Hechos de los Apóstoles, la referencia más ilustrativa de la discrecionalidad de los tribunales romanos. En efecto, Hch 16,37-39 relata que en Filipos, Pablo, en su calidad de ciudadano romano, exige la presencia de los pretores que pretendían liberarle a escondidas para esconder una condena arbitraria. En Hch 22,25-29 Pablo detiene los azotes ordenados por un tribuno apelando de nuevo a su condición de ciudadano romano. Son, con todo, los capítulos 22 a 26 los que ilustran con más riqueza de detalles tanto la discrecionalidad de la justicia romana según se trate de peregrini o de ciudadanos. Así y todo, el texto en cuestión no deja de mencionar la expectativa del procurador Félix de recibir algún dinero por el buen trato dado a Pablo, como la actitud complaciente del procurador Festo para las autoridades judías. De ahí que el mismo Pablo escriba un alegato así fuerte en contra de la práctica de algunos cristianos de recurrir a los tribunales para dirimir asuntos de la comunidad (cf. 1 Cor 6,1-8).
 
A todo lo anterior y más, Jesús opone un trato fraterno para el contumaz: la primera actitud se inscribe en la mejor tradición profética de Israel (Ez 3,17-21); el segundo paso se inscribe en la tradición jurídica del Antiguo Testamento (Dt 19,15); y, finalmente, el tercer paso es propio de la mentalidad de una comunidad judeocristiana de entonces: pagano y publicano son paradigmas de aquellos cuyo trato hay que evitar, sin que signifique, empero, una condena definitiva, aunque si una exclusión con todas las consecuencias socioeconómicas que esto conlleva (cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo, Salamanca 2003).
 
Así, en lugar de que el pecador —o delincuente— acabe ante las instancias jurídicas existentes, Jesús quiere que el problema se resuelva en, precisamente, el seno de la comunidad lo que supone, de un lado, una crítica a las mencionadas instancias de justicia de entonces, y de otro una como declaración de autonomía propia del horizonte del Reino de Dios en el que no he de inmiscuirse cualquier dinámica social, menos si esta es, insisto, injusta en su naturaleza. Cabe insistir con énfasis que el mandato del Señor no supone la creación de una institución de justicia paralela a aquéllas de la sociedad constituida  —asunto harto peligroso en cuanto que podría prestarse al encubrimiento de algún delito cometido por algún miembro de la comunidad—: la propuesta de justicia de Jesús de Nazaret es una traducción de la fraternidad propia del Reino de Dios —que ha de estar por encima de la mera impartición de justicia más si ésta es discrecional— para encontrar una solución amable al mismo tiempo que firme para los problemas que, de manera natural, se derivan de la condición humana.
 
La dimensión y el significado del perdón de Dios
 
24° Domingo Ordinario
14 de septiembre de 2008
 
Mt 18,21-35
Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
«Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes.’ Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.’ Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»
 
 
¿Perdonar siete veces?, pregunta Pedro a Jesús siendo el número siete un término cultural de entonces que se refiere a mucho. Setenta veces siete, entonces y según la respuesta del Maestro Galileo, supone que, dentro del horizonte del Reino de Dios, el perdón simple y sencillamente no conoce límites. La parábola que viene a continuación de este diálogo, según el texto que me ocupa, viene a explicitar, justamente, la idea del perdón de Jesús de Nazaret.
 
El ambiente de la parábola —conocida como “El siervo sin entrañas”— es, según Joachim Jeremias (Las parábolas de Jesús, Estella 1997), la corte de algún rey en la que, según la costumbre del Oriente Antiguo, los altos funcionarios que forman su “familia” son llamados siervos. Llamados que son a rendir cuentas, se infiere que el primer siervo que comparece ante su señor es un gobernante de provincia que ha mal manejado los impuestos: sólo así puede aproximarse una explicación a la suma exorbitante que adeuda —diez mil talentos: siendo un talento equivalente a seis mil denarios, arrojan la friolera de sesenta millones de denarios, algo así como seiscientos millones de dólares, para poner una referencia actual y común—. Sea como fuere, se trata de una deuda impagable cuya promesa de restitución, hecha en medio de postraciones, habrá provocado sin duda la sonrisa de los primeros oyentes del relato. Y más si se tiene en cuenta que Jesús ironiza puesto que el castigo al deudor sólo puede darse en una corte pagana, o en la de Herodes el Grande, poco afecto como era al cumplimento de la Ley judía: y es que el derecho judío contempla la venta de varones únicamente en caso de robo, aunque de ningún modo la venta de mujeres y niños. De cualquier modo y tomando en cuenta que un esclavo cuesta entre 500 y 2,000 denarios, poco recupera el rey defraudado: se trata, en cualquier caso, de una muy fuerte expresión de ira, de donde resulta harto sorprendente que, movido a compasión, condone una tal deuda.
 
Lo anterior prepara el contraste así fuerte de la escena siguiente: el recién perdonado ahoga a quien habría de ser un subordinado suyo aunque con calidad de par y que le adeuda ¡cien denarios! Y si bien es cierto que la conducta del ahora agraviado es lo corriente de entonces, “la condonación de lo inmenso convierte en escándalo la negación de lo mínimo […] el antecedente pone de relieve la usual brutalidad de lo cotidiano; esa brutalidad parece ahora como algo en verdad indignante [ya que] lo que era corriente en la vida cotidiana resulta intolerable a la luz del perdón desbordante…” (así U. Luz, El evangelio según san Mateo, Salamanca 2003).
 
Una posible explicación de la conducta del rey se desprende del código honor-vergüenza que rige las sociedades del mundo mediterráneo del siglo I. Siendo el deudor considerado familia del acreedor, en un primer momento, la incapacidad de pagar la deuda resulta motivo de vergüenza para quien le confiara el dinero. Con todo y dando un paso más dentro de la misma lógica, el rey no sólo recupera sino que acrecienta su honor al hacerse cargo de la deuda de quien es percibido como parte de su familia. No deja de ser, de cualquier modo, un gesto por lo demás regio por magnánimo la condonación de una deuda y más si ésta, como es el caso, resulta cuantiosa. En suma: el acreedor agraviado —y deshonrado— por una deuda no saldada tiene dos posibilidades de recuperar su honor: castigando a quien le ha humillado o, insisto, recurrir a la magnanimidad y cancelar el débito (cf. B. J. Malina, R. L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996)
 
Resulta, pues, harto contrastante la actitud del deudor perdonado con quien está en una situación similar a la suya siendo, además, un miembro también de la misma familia. Y es que muy a diferencia del rey, el siervo perdonado elige la primera posibilidad para recuperar el honor perdido por, también, una deuda impagada: la cárcel para su deudor, esto es, la pena que a él no le vino impuesta. Hay en la actitud del siervo perdonado algo más que ruindad: se evidencia un como desprecio a la magnanimidad de la que él resulto beneficiado, como una la burla al rey que le perdonara y que se traduce en una ofensa patente al honor del rey más grave todavía que la deuda que no pudiera pagar al negarse a asumir una actitud semejante a quien, al perdonarle lo que debe, le concede la rehabilitación social a los ojos de los demás. En otras palabras, el perdón del rey hubo de traducirse en un imperativo para que el siervo perdonado asumiese una actitud tan magnánima como la suya: de este modo, el siervo, pudiendo comportarse como un rey, se mantiene —patéticamente— en su condición de siervo: el perdón recibido, en su caso, vino a limitarse a la mera cancelación de una deuda con la consiguiente rehabilitación económica, sí, pero sin haber conseguido una rehabilitación total traducible en los términos de entonces en la adquisición de un honor semejante al del rey misericordioso.
 
Tal es el sustrato socioeconómico que explica el traslado de la imagen de la deuda de dinero a la deuda del pecado, y la relación entre el deudor y el acreedor a la situación del hombre pecador ante Dios llegando a ser términos intercambiables, tal y como se lee en la versión del Padrenuestro del evangelio de Lucas (11,4): «y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe…».
 
Tal es, también, la idea de Jesús de Nazaret en relación con el perdón: como la condonación de una deuda, el perdón restituye el honor y, correlativamente, el lugar ocupado en la sociedad, puesto que si una acusación tiene el poder de destruir, el perdón tiene el poder de restaurar. Y puesto que el cristiano experimenta de manera continua la magnificencia del perdón de Dios y, por consiguiente, queda teológicamente restaurado, ha de actuar necesariamente de un modo análogo: privilegiando la rehabilitación social del ofensor por encima del agravio a tal punto que la venganza —aún si justa a los ojos del mundo: 1 Co 6,1-8— acaba evidenciando la ausencia de Jesucristo que llama a otorgar un perdón ilimitado: a cancelar “setenta veces siete” lo que impida la dignidad, el honor pues, a que todo ser humano tiene derecho por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.
 
La insoportable justicia de Dios
 
25° Domingo Ordinario
21 de septiembre de 2008
 
Mt 21,1-16
«En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.’ Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’ Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado.’ Díceles: ‘Id también vosotros a la viña.’ Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.’ Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.’ Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»
 
 
El contexto natural de la parábola que me ocupa es la situaci