PARA PENSAR EL DOMINGO:
UNA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DOMINICAL
 
Como complemento al intento de reflexión cristológica que supone esta página, mi comentario al Evangelio dominical pretende actualizar, semanalmente y a partir de los temas propuestos por la liturgia, algunos rasgos de Jesús de Nazaret.
 
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO A 2007-2008
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO B 2008-2009
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO C 2009-20010
 
 
EL EVANGELIO DE HOY: 17º DOMINGO ORDINARIO, 25 DE JULIO DE 2010

La Oración de Jesús: escuela de lucidez

17º Domingo Ordinario
25 de julio de 2010

Lc 11,1-13
Estaba él orando en cierto lugar y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.» 
Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: ‘No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite.» 
«Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

 

Conviene partir del hecho de que los Evangelios son la puesta por escrito de la predicación de los testigos de Jesús de Nazaret —«Por tanto, es preciso que uno de los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo, uno de ellos tiene que ser con nosotros testigo de su resurrección» (Hch 1-21-22)— y, posteriormente, de los predicadores de la Iglesia en el transcurso del siglo I. Es, pues, en el contexto de la Iglesia donde se genera el género literario evangelio, dentro del cual los textos de Marcos, Lucas y Mateo vienen a conformar lo que se conoce como tradición sinóptica por las múltiples semejanzas que guardan entre sí. Dentro de esta tradición, Mateo y Lucas comparten un cierto material común —textos prácticamente iguales— que los exégetas atribuyen al hecho de ser ambos deudores de un documento previo conocido como Q. Es así que el llamado documento Q —del alemán quelle: fuente— es una hipótesis a la que se llega por inferencia derivada de la  comparación de éstos dos textos: así existen dos versiones del Sermón de la montaña (Mt 5-7) o de la llanura (Lc 6,20-49); dos versiones del Padrenuestro (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4) y más (cf. J.M. Robinson, et al, El documento Q, Salamanca 2002, que propone una reconstrucción de Q).

Así y en relación con la Oración del Señor, aunque la versión de Mateo (6,9-13) ha venido a ser privilegiada tanto por la tradición como por la piedad y la liturgia, aquélla más breve de Lucas —que me ocupa— se remonta con mayor proximidad al mismo Jesús: Mateo ha ampliado el Padrenuestro tal y como se estilaba en los ambientes judíos en los que fue compuesto su Evangelio. Por otra parte, la versión lucana, en su sencillez deja entrever una como estructura piramidal de la plegaria: “en la cima sólo el Padre; luego, por debajo, sus dos bienes, su nombre y su Reino; finalmente, abajo, en orden descendente, nuestras tres realidades, el pan, las faltas perdonables y la tentación final…” (así F. Bovon, El evangelio según San Lucas II, Salamanca 2002).

Se trata, además, de una plegaria judía que remite, sin duda, a Jesús de Nazaret: una buena muestra de ello es, entre otras oraciones, el qaddish o doxología: “Ensalzado y santificado sea tu nombre excelso en el mundo […] Surja de nuevo su reino en vuestra vida y en vuestros días, y en la vida de toda la casa de Israel, pronto y sin demora” (citado por G. Theissen y A. Merz, El Jesús  histórico¸ Salamanca 2000). Añádase que, por su estructura lingüística, es de suponer que su origen venga a ser más bien arameo que hebreo. Y es que, si bien hay judíos piadosos en la Palestina del siglo I —así los de Qumrán— que rezan en hebreo, esta lengua ha quedado entonces restringida al culto y, correlativamente a una élite —como sucediera con el latín en la Iglesia preconcilar—: en relación con esto, bien afirma François  Bovon (op. cit.): “No veo bien a Jesús, el amigo de los pobres y los sencillos, encerrando su plegaria en la forma hierática de una lengua que ni él ni ellos practicaban cada día.”

Sí, en cambio, resulta más que factible pensar en el Maestro Galileo iniciando su plegaria paradigmática con un vocativo ¡Padre!, término que, en sí, encierra no sólo ni tanto la piedad personal de Jesús, cuanto la síntesis de lo que viene a ser su pensamiento teológico. En efecto, el abbá —padre mío, querido padre— tan propio de Jesús retoma la potencia del monoteísmo judío del Antiguo Testamento, sí, pero con una dimensión inédita de proximidad que viene expresada, precisamente, en la calidad de un término de intensa connotación familiar: no se trata tan sólo del balbuceo del bebé, sino de una forma empleada por hijos adultos para dirigirse al paterfamilias. Ahora bien, el uso de la referencia patriarcal —por motivos obviamente culturales e históricos, pero que tanto escozor causa en las y los feministas que han llegado a proponer cambiar el inicio del Padrenuestro por un “padre/madre” — para dirigirse a Dios no remite únicamente al varón como origen de la vida, sino que se refiere a quien, efectivamente, tiene y ejerce la autoridad, sí, pero también “cuida y protege a los suyos, a la familia, está en la brecha para todo y es consejero. Es el centro de toda la familia, todo gira en torno a él, y por medio de él se forma una comunidad” (así E. Schillebeeckx, Jesús. Historia de un viviente, Madrid 1981).

En este sentido, la santificación del nombre, en tanto que el nombre es en el pensamiento judío la realidad misma de la persona, es la expresión del deseo de Jesús que su concepto de monoteísmo —Dios como Padre universal que “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45)— venga a ser aceptado para bien mismo del hombre: bien que se reitera en el deseo de la venida del Reino. Y es que si Dios como Padre es —como apunté arriba— la síntesis del pensamiento teológico de Jesús, el Reino de Dios, valga decir, el reinado del Padre es la causa de su misma existencia. El Reino de Dios, esto es, Dios Padre como referencia absoluta y trascendente —correlativamente como única instancia crítica— genera en el hombre la esperanza cierta que la fragilidad propia de su condición no habrá de ser obstáculo para la plenitud a la que, por su naturaleza, aspira: le habrán de ser perdonados sus pecados y esta certeza de la gratuidad del Padre habrá de provocar, a su vez, que el hombre a partir de la conciencia de perdonado, esto es, de incluido gratuitamente en el Reino, acabe con los obstáculos a la fraternidad igualitaria —las deudas— y espere, más que razonablemente, un futuro de bienestar nunca interrumpido por el mal.

Es así que el Padrenuestro no sólo resulta ser la oración que, ante todo, remite al pensamiento teológico de Jesús de Nazaret, además de ser, luego, el paradigma de la plegaria de los discípulos del Maestro Galileo, sino que viene a ser un ejercicio de lucidez en cuanto que sitúa al hombre en su dimensión justa y humilde de criatura ante un interlocutor que todo lo abarca y que todo lo sustenta, en tanto que trabaja desde las entrañas más profundas del universo como la fuerza que impulsa el siempre activo y actuante proceso evolutivo, pero con quien se puede hablar, ora alabando, dando gracias o pidiendo, ora exponiendo las propias quejas y, ¿por qué no?, rebelándose con indignación.