PARA PENSAR EL DOMINGO:
UNA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DOMINICAL
 
Como complemento al intento de reflexión cristológica que supone esta página, mi comentario al Evangelio dominical pretende actualizar, semanalmente y a partir de los temas propuestos por la liturgia, algunos rasgos de Jesús de Nazaret.
 
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO A 2007-2008
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO B 2005-2006
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO C 2006-2007
 
 
EL EVANGELIO DE ESTE DOMINGO: 16° DOMINGO ORDINARIO, 20 DE JULIO DE 2008

 

Hablar de Dios como de una mujer…
 
Mt 13,24-43
Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.’»
Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»
Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»
 
 
La presencia de unas cuarenta parábolas en la tradición sinóptica habla por sí misma de la preferencia de Jesús de Nazaret por esta forma literaria en su predicación del Reino de Dios. Y no es que la parábola resultase una forma rara en los métodos de enseñanza propios del Oriente Antiguo, incluyendo desde luego tanto al Israel del Antiguo Testamento como al mundo judío del siglo I, sino que el uso que el Maestro Galileo le da constituye, en cierto modo, una novedad: a diferencia de otros maestros que emplean la parábola como una mera ilustración de alguna orientación moralista, Jesús usa las parábolas para hablar de Dios, esto es, para revelar los “misterios del Reino”, para —¡atención!— expresar su idea de Dios. De suyo, el redactor del texto en cuestión así lo considera: “Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: ‘Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’”.
 
Las parábolas, pues, en Jesús vienen a ser instrumento de revelación orientada al pueblo llano en cuanto que se caracterizan por la sencillez de las imágenes en ellas empleadas: vale insistir que del catálogo de cuarenta parábolas, según Joachim Jeremias (Las parábolas de Jesús, Estella 1997), sólo tres de ellas tienen asunto religioso (cf. Lc 12,16-21; 16,19-31; 18,9-14): las demás toman sus temas de la vida cotidiana de la Palestina del siglo I: son, por así decir, “mundanas”. Pero más todavía, cuatro parábolas tienen como protagonistas o figurantes a mujeres, cosa importante de subrayar en un mundo que, dominado por el varón, excluye a la mujer: así “El juez inicuo” (Lc Lc.18,1-8), “La dracma perdida” (Lc.15,8-10), “Las vírgenes prudentes y las necias” (Mt 25,1-13), y la parábola de “La levadura” (Mt.13,33; Lc.13,20s) que me ocupa. En este punto vale recordar que los subtítulos de los textos en la Sagrada Escritura son cosa de los editores de las diferentes versiones: así y sin pretender rebautizar las parábolas mencionadas ¿acaso no podrían ser llamadas “La viuda que protesta”, “La mujer que barre”, “Las buenas amigas” y, por último, “La mujer que hace pan”? Y es que el contexto de ésta última es, justamente, una de las actividades más propias del rol femenino del mundo mediterráneo del siglo I: hacer el pan.
 
No resulta una cuestión menor hacer el pan: se trata, ya se sabe, del alimento primordial de entonces. De trigo en la mesa de las clases pudientes, el pan común suele ser de cebada; y es que a pesar de su menor contenido de gluten, su digestión difícil y su sabor bastante inferior al de trigo, el pan de cebada es más barato que el primero: el pan de flor de harina de trigo cuesta dos veces más que el de cebada. Añádase que la cebada necesita menos agua que el trigo y es menos sensible a la salinidad del suelo y se tiene un cultivo harto adecuado para las zonas áridas —y pobres— del mundo mediterráneo. La confección del pan comienza con el proceso de molido del grano que suele hacerse por la noche: para una familia de cinco o seis miembros y suponiendo una ración diaria de medio kilo de pan, se necesitan unas tres horas de trabajo en la molienda. Sigue el horneado que, según la posibilidad de tener combustible se haría en la propia casa: esto no suele ser problema para las familias ricas, pero para el común de la gente es necesario madrugar para llevar la masa fermentada al horno comunal que, por cierto, solamente es accesible a las mujeres. Es raro usar los servicios de horneado del panadero del pueblo mismo, según el tamaño y el nivel económico de un colectivo, provee de pan a quienes pueden adquirirlo y evitarse el engorroso esfuerzo de la molienda (cf. B. Malina y R. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Estella 1996).
 
Y también el trabajo de la fermentación, cosa que supone un cierto arte y que viene a ser el contexto propio de la parábola en cuestión. Para fermentar la masa fresca se le añade a ésta un pedazo de levadura que, para entonces, consiste en un poco de masa previamente fermentada; luego de añadir la levadura, se cubre la masa con un paño y se deja reposar toda la noche para, en la mañana, ya fermentada toda la masa, ponerla a hornear. Qué tan fermentada ha de estar la levadura y cuánto se habrá de poner a la masa es cosa que una mujer aprende desde niña, cuando las hijas ayudan a las madres a hacer el pan. Es, empero, el hecho de que la sabrosura del pan habrá de depender tanto de la habilidad para moler el grano como del conocimiento del tanto justo de levadura que la masa necesita para fermentar: en el caso de la parábola, las “tres medidas” mencionadas por Jesús resultan hiperbólicas: serían alrededor de 120 litros de harina, mismos que se convertirían en pan para una 100 personas (cf. J. Jeremias, op. cit.).
 
Dada su calidad de textos abiertos, las parábolas de Jesús de Nazaret dejan innumerables posibilidades de reflexión. En el caso de la parábola de “La mujer que hace pan” lo primero que hay que apuntar es que el Maestro Galileo no tiene la menor intención de consagrar los roles ora femeninos, ora masculinos u otros propios de la sociedad de su época. En sus parábolas, Jesús habla de siervos y amos, de latifundistas y jornaleros, de padres consentidores e hijos granujas, y más, sí, pero en otros momentos critica de manera harto aguda las relaciones asimétricas como contrarias a la voluntad de Dios (cf. Mc 10,41-45). En el caso concreto de las mujeres, no sólo no aplaude sus roles tradicionales: alaba lo contrario cuando, por ejemplo, en el caso de las hermanas Marta y María esta última asume un rolo propio de varones —el rol de discípulo— cosa que Jesús encomia en medio del enojo de Marta (cf. Lc 10,38-42). A mayor abundancia, Jesús admite cabe sí a un grupo de mujeres emancipadas, por así decir: mujeres atípicas en el mundo judío que, como discípulas, siguen al Maestro Galileo, y como personas autónomas, ponen sus bienes al servicio de la causa del Reino (cf. Lc 8,1-3). Así y sin aspavientos feministas, Jesús cuestiona la desigualdad basada en el género no sólo con su relación personal con las mujeres, sino también, como en el caso de las parábolas arriba mencionadas, usando la figura femenina para expresar su idea de Dios.
 
Porque es eso y no otra cosa lo que el Maestro Galileo hace: si, como se presume, el Reino de Dios es como una dracma, como una lámpara lista para iluminar, como un grito de justicia, o como, tal el caso, un pedazo de levadura, son femeninas la garganta que grita así como las manos que cuidan la luz, que barren o que amasan el pan. ¿Hay que decir algo más para una sociedad y una Iglesia dominadas aún por el sexismo?