PARA PENSAR EL DOMINGO:
UNA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DOMINICAL
 
Como complemento al intento de reflexión cristológica que supone esta página, mi comentario al Evangelio dominical pretende actualizar, semanalmente y a partir de los temas propuestos por la liturgia, algunos rasgos de Jesús de Nazaret.
 
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO A 2010-2011
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO B 2008-2009
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO C 2009-2010
 
 
EL EVANGELIO DE HOY: 4º DOMINGO ORDINARIO, 29 DE ENERO DE 2012

Pero, ¿existe el diablo?

Mc 1,21-28
Llegan a Cafarnaún. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.» Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.» Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

 

Pocas cuestiones han inquietado tanto al hombre, desde que tiene conciencia de sí, como el enfrentar la realidad del mal, presente, como está, en todos los ámbitos de su existencia. Este enfrentamiento —que durante siglos se ha dado en el terreno de la experiencia religiosa hasta el surgimiento del pensamiento racionalista-positivista que, por cierto, no acabó nunca de dar una respuesta del todo satisfactoria— tuvo en el mundo antiguo, como solución común, la creencia en elementos sobrenaturales —o dioses— con diferentes atributos, hasta decantarse en la dualidad bien-mal, encarnada en dos divinidades siempre en un conflicto dialéctico en medio del cual se encuentra, irremisiblemente, el hombre. Empero, esta cuestión vino a darse de una manera harto diferente en la tradición teológica de Israel donde, al menos en sus orígenes, el monoteísmo radical rechaza por principio la existencia de cualquier dios paralelo a Yahvé: no de balde la Shemá, —texto que expresa la mejor esencia del monoteísmo del Antiguo Testamento— reza: «Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé» (Dt 6,4-9). Este monoteísmo radical —con toda su potencia aglutinante en cuanto que brinda un sustrato unitario y unificador al hombre tanto en términos personales como sociales— tiene como correlato necesario el considerar a Dios como la causa única de cuanto acontece en el devenir humano: «Yo soy Yahvé, no ningún otro; yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahvé, el que hago todo esto» (Is 45,6-7).

Ahora bien, cuando en el proceso teológico del monoteísmo judío se va generando una idea de Dios derivada del ideal helenista de perfección —entendida ésta como ausencia de defecto alguno—, la realidad de Yahvé como causa única acaba siendo un tanto chocante: como que contradice a la idea de perfección el hecho de ser el origen de lo que ahora se considera negativo o deficiente, aunque antes se entendiese como parte de la condición humana. La solución —indudablemente sincretista y con base en elementos tomados del pensamiento religioso persa— es admitir junto al único Dios la existencia de entes que, aunque subordinados, vienen a ser los responsables de la existencia del mal en sí y de la calamidad humana en tanto que son inductores al mal (así en el libro de Job; cf. H. Haag, El diablo, un fantasma, Barcelona 1973). Vale subrayar que el concepto de perfección originalmente asociado al Yahvé de Israel consiste tanto más en el amor absoluto traducido en una presencia incondicional y fiel en todos los avatares de la existencia humana, cuanto en la ausencia de lo que se considera defecto o deficiencia: a esta idea de perfección se atiene Jesús de Nazaret cuando propone: «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos […] Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,44-48).

Es, ni más ni menos, con esta idea de Dios con la que Jesús comienza la praxis del Reino tal y como recuerda el texto que me ocupa. Así, luego de apuntar el núcleo de su predicación y narrar el llamado a los primeros discípulos, el relato pone en escena la visita del Maestro a la sinagoga de Cafarnaún. Y es allí, en el contexto de la lectura, el comentario y la reflexión de la Escritura, donde Jesús es desafiado por un “espíritu inmundo”, forma semita, por demás interesante, pera referirse a lo que el pensamiento griego llama demonio: y es que no deja de haber en esta manera de llamar al mal un cierto vestigio del monoteísmo radical: el espíritu, aliento que, proviniendo de Dios, da vida al hombre (Gn 2,7; Sal 104,29-30), puede, como en este caso, estar lleno de inmundicia pero sin dejar, del todo, su origen.

Así, el “espíritu inmundo” de marras reta a Jesús intentado, primero, ahuyentar su presencia: el “qué tenemos nosotros contigo”, en efecto, es una fórmula común en el Antiguo Testamento que indica rechazo e indignación (cf. Jue 11,12; 2 Sam 16,10; 1 Re 17,18); y, luego, tratando de conjurar el poder de Dios presente en Jesús con la mención de su nombre y de su realidad más profunda —Jesús de Nazaret, el Santo de Dios—, dichos como encantamiento para adquirir poder sobre el mismo Jesús (así J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, Salamanca 1999). Vale, en este punto, traer la descripción que en sus Antigüedades judías (8,42) hace Flavio Josefo —historiador judío del siglo I—de un rito de exorcismo propio de la época: “Conocí a un tal Eleazar, compatriota nuestro, quien en presencia de Vespasiano, de sus hijos, de tribunos y también de gran parte del ejército, libraba de los demonios a los que estaban poseídos por ellos. El método de tratamiento de curación era del siguiente tenor: acercaba a la nariz del endemoniado el anillo que tenía debajo del sello una raíz del árbol que Salomón había indicado y luego, al olerla el enfermo, le extraía por las fosas nasales el demonio, y, nada más caer al suelo el poseso, Eleazar hacía jurar al demonio que ya no volvería a meterse en él, mencionando el nombre de Salomón y recitando los encantamientos que aquel había compuesto. Y Eleazar, en su interés de persuadir e infundir en los presentes el convencimiento de que él tenía ese poder ponía un poco antes un vaso o una pila llenos de agua y ordenaba al demonio en el momento de salir de la persona posesa que los volcara y permitiera reconocer a los espectadores que había dejado a la persona posesa.”

Pues bien, la respuesta de Jesús al desafío del “espíritu inmundo”, lejos de enredarse en las complejas fórmulas de exorcismo de entonces, viene plena de poder en forma de orden breve y taxativa: «Cállate y sal de él», de donde puede inferirse que, si bien Jesús participa de la cultura y del pensamiento de su época, no se somete al antropomorfismo con el que sus contemporáneos han revestido la realidad del mal, sino que, sin negarla, la reduce a un ente manejable en cuanto que está supeditado a Dios que, ahora como Padre, se hace presente en Él para librar a los hombres no sólo de la esclavitud de cualquier fuerza negativa, sino también de las ideas del mal que, al ponerlo casi al nivel de Dios, acaban impidiendo al hombre a callarlo y echarlo fuera como lo hace Jesús de Nazaret.

En relación con esto último —la idea del mal— resulta interesante el análisis que propone Richard A. Horsley (Jesús y el Imperio. El Reino de Dios y el nuevo desorden mundial, Estella 2003) cuando identifica el mal al que Jesús vence, con el imperio romano —y con todas las consecuencias que su ocupación supone en la Palestina del siglo I—; más aún, el exorcismo es, junto con la liberación de la persona de la influencia del mal, la revelación de la índole, por así decir, del propio mal. Y es que la identificación de los espíritus impuros con seres de carácter sobrenatural —por las influencias religiosas arriba mencionadas— acabó protegiendo en cierto modo al pueblo llano al inhibir intentos de rebelión contra una potencia ante la que no tenían, ni remotamente, los recursos económicos y militares para vencerla: “El modo popular galileo de considerar su sujeción a fuerzas extranjeras asumió la forma de posesiones demoníacas individuales y la creencia en su subyugación a fuerzas extrañas” (así. R. A. Horsley, op.cit.). Desde esta perspectiva, cuando Jesús propone abiertamente que es el Reino de Dios lo que acaba con el poder del mal, lo contrapone implícitamente al reino del César de Roma: “Estaba expulsando un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, rompió a hablar el mudo y la gente se admiró. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa los demonios.» Otros, para ponerle a prueba, le pedían un signo del cielo. Pero él, conociendo sus intenciones, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado y una casa se desploma sobre la otra. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?... porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos.»” (Lc 11,14-22; cf. Mt 12,24-32). Vale hacer notar que el lenguaje usado en esta perícopa —casa, reino, palacio— en la que, de algún modo, el Maestro Galileo explica el trasfondo de sus exorcismos, remite directamente a la esfera política, como en el caso narrado en Mc 5,1-20 el nombre dado al espíritu impuro es, curiosamente, “Legión”, término que remite justamente al ejercito romano de ocupación.

Por otra parte, resulta pertinente notar que los efectos de la posesión pueden resumirse como una conducta antisocial y autodestructiva (Mc 5,2-5; 9,18) cosa que, desde una perspectiva psicológica, bien puede entenderse como una especie de refugio buscado por quien se experimenta a sí mismo como rebasado por la desgracia y la calamidad; y si se toma en cuenta que lo que se dice del individuo puede afirmarse también del cuerpo social —al menos en algunos casos (y considero que éste es uno de ellos)— no resulta, pues, extraño observar sociedades literalmente enfermas o “poseídas “ por un espíritu de destrucción. En suma, la posesión por espíritus impuros puede entenderse, tanto a nivel individual como colectivo, como el sometimiento a fuerzas y actitudes de signo negativo como consecuencia de  un sentimiento —profundamente experimentado— de derrota y de impotencia.

De un modo análogo a los discípulos del Maestro Galileo que, entonces, no tuvieron la ingenuidad de pensar que Jesús buscaba enfrentar y derrotar al imperio romano, pero que la llegada del Reino de Dios anunciaba su fin, los discípulos de hoy habremos de estar atentos a cuanto hace retroceder el mal, tanto en las personas como en los pueblos, y leerlo como signo del Reino que continuamente viene y que, por honestidad y fidelidad al Maestro, hemos de apoyar: “Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.» (Mc 9,38-40).