PARA PENSAR EL DOMINGO:
UNA REFLEXIÓN DEL EVANGELIO DOMINICAL
 
Como complemento al intento de reflexión cristológica que supone esta página, mi comentario al Evangelio dominical pretende actualizar, semanalmente y a partir de los temas propuestos por la liturgia, algunos rasgos de Jesús de Nazaret.
 
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO A 2007-2008
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO B 2008-2009
 
DOMINGOS DEL CICLO LITÚRGICO C 2009-20010
 
 
EL EVANGELIO DE ESTE DOMINGO: 3º DOMINGO DE CUARESMA, 7 DE MARZO DE 2010

Jesús rechaza el chantaje en nombre de Dios

3º Domingo de Cuaresma
7 de marzo de 2010

Lc 13,1-9
En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.»
Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala; ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’ Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, 9 por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.’»

 

En la más pura dinámica desafío-respuesta, correlativa al código honor-vergüenza, Jesús de Nazaret es retado, tal como recuerda el texto que me ocupa, en su calidad de galileo. Y es que, para entonces, ser galileo es un honor en cuanto que se es parte de un colectivo judío caracterizado por su apertura, por su tendencia constante a la libertad, por su autonomía intelectual respecto al pensamiento político-religioso que, generado en Jerusalén, pretende ser dominante en el mundo judío del siglo I. El honor de ser galileo, como cualquier otro rasgo de honor —vitalmente decisivo para el estatus existencial del individuo en el mundo mediterráneo del siglo I—, viene a ser puesto a prueba continuamente en lo que puede llamarse el juego desafío-respuesta del que saldrá airoso aquel que, no solamente da la respuesta adecuada al desafío, sino que a su vez lanza un otro desafío al retador con la intención de dejarlo en vergüenza (cf. J. Neyrey, Honor y vergüenza, Salamanca 2005).

En efecto, de repente traen a Jesús la cuestión —quizá bastante candente— de unos galileos asesinados por el gobernador romano, Pilato, en el Templo de Jerusalén. Es cierto que de este crimen no se conserva información alguna ni siquiera en las obras de Flavio Josefo (La guerra de los judíos, Antigüedades judías, Contra Apión y Autobiografía) que da cuenta en más de una ocasión de los hechos sanguinarios de Pilato, por los que fuese finalmente removido de su cargo por la autoridad imperial no precisamente sensible a los atropellos de sus representantes (cf. Antigüedades XVIII, 4,11-2). Puede, con todo, inferirse que la referencia alude a algún grupo de zelotas que, por alguna revuelta de las que suelen darse entonces por la fiesta de la Pascua, acaban siendo degollados junto con los corderos que se sacrifican en el Templo (cf. F. Bovon, El evangelio según san Lucas II, Salamanca 2002).

Pero la cuestión tiene más fondo: con el asunto no sólo es desafiado Jesús en su condición de galileo, sino en algo que le resulta, desde luego y sin duda, más vital: su idea de Dios. Y es que la cuestión de los galileos asesinados lleva, de manera subyacente, la aseveración de que los rebeldes muertos lo han sido por castigo de Dios, así el brazo ejecutor de la punición haya sido alguien tan ajeno al Yahvé de Israel como el mismísimo Pilato. En otras palabras, a Jesús, Maestro Galileo, se le recuerda, de manera nada sutil por cierto, la posible calidad de pecadores de los galileos y, correlativamente, el castigo de Dios del que son merecedores.

Pues bien, en lo que viene a ser como el inicio de la respuesta de Jesús de Nazaret al desafío lanzado por sus interlocutores, éste les asegura que los galileos muertos no son más pecadores de los demás; con todo, la respuesta al desafío como tal resulta la alusión que Jesús hace a otra catástrofe que victimara a un grupo de jerosolimitanos: el derrumbe de la torre de Siloé —¿por accidente debido a un terremoto, o como represalia romana a alguna de las tantas y frecuentes revueltas?— del que tampoco hay noticia extra bíblica alguna. Con lo anterior, Jesús de Nazaret sale más que airoso del desafío, y, más aún, no solamente se rehabilita a sí mismo y a sus coterráneos, sino que acaba igualando a estos dos segmentos de Israel —jerosolimitanos y galileos— en una lectura muy diferente de la historia, esto es, de los acontecimientos de la vida del hombre, calamidades  y desgracias incluidas, pero lo que resulta más interesante desechando una idea de Dios caduca, para proponer, ahora sí, la idea de Dios que sostiene el Maestro Galileo en su praxis del reino de Dios.

Para esto, para hablar de su idea de Dios radicalmente contraria a aquélla que insiste en ver al Yahvé de Israel como resentido y vengador, Jesús se vale de una pequeña y hermosa parábola que refiere la decisión de un propietario de cortar una higuera estéril plantada en su viña. Las palabras del viñador en defensa de la higuera son bellamente conmovedoras, pero más aún, esperanzadoras: «Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.»

Así, el Dios del que Jesús habla es el Dios de la paciencia que espera siempre la conversión. Porque es, justamente, la conversión el núcleo de la respuesta de Jesús, vale decir, de su interpretación de la calamidad humana venga ora de causas naturales, ora de la intervención del hombre contra el hombre. La conversión, que se genera cuando el hombre toma conciencia lúcida de haberse apartado de Dios como Padre y, correlativamente, de la genuina felicidad. Esta toma de conciencia, consecuencia de un análisis atento al interior del yo, ha de llevar, más tarde, a la decisión de enlazar de nuevo con el Señor de la vida y de la historia, decisión facilitada por la predicación de Jesús de Nazaret que insta a la confianza en la misericordia ilimitada del Padre. Por último, el retorno a Dios en términos del Evangelio, habrá de traducirse en la exigencia de una solidaridad humana sin condiciones a partir de la percepción de la igualdad radical entre los hombres: no más distinciones entre galileos y jerosolimitanos.

De este modo, Jesús rechaza la imagen de Dios corriente en su época —y quizá también en la nuestra—, según la cual la calamidad ha de ser considerada como castigo al pecado por parte de Dios (cf. Jn 9,1-3): sin negar la responsabilidad humana, Jesús “se opone a la concepción de la justicia divina ciega y cruel, y confiesa a un Dios que entra en diálogo con los seres humanos. A una doctrina objetivante y descomprometida, opone una fe que reconoce sus fallos y se vuelve hacia Dios, es decir, que lleva a cabo la metánoia, el ‘arrepentimiento’, la ‘conversión’.[…] Su intervención es profética; integrando la información, la aprovecha para hacer una advertencia” (F. Bovon. op. cit.).

Y es que, desde la perspectiva teológica de Jesús de Nazaret, resulta inadmisible el utilizar a Dios como instrumento de chantaje: si el Maestro Galileo responde al desafío con una respuesta devastadoramente inteligente, es, finalmente, para reivindicar no sólo ni tanto su propio honor, cuanto el honor de Dios que acabaría sumido en la vergüenza en tanto que se pretenda —desde un horizonte de miseria moral— manipularlo para coartar, inhibir o reducir la autonomía del hombre, despojando así a Dios como Padre de su calidad de estímulo para la conversión, esto es, para el proceso más acabado de humanización de la persona.